INTEMPERIE

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Es cierto que el paisaje de Torrijos que se observa desde la ventana del tren siempre me pareció el lugar que más se aproximaba al ideal infantil de la aldea y el campo: el solitario olivar a la salida del pueblo, las lomas doradas que añoran el cereal, la vía del tren degollando el ejío, las cumbres de las montañas como un azul y lejano telón de fuga…Una estampa campesina de colores cambiantes a poco de llegar al marasmo de la gran ciudad, o al poco de volver de ella. No es extraño que Torrijos fuera entonces el lugar que pudiera inspirar el escenario de la novela ‘Intemperie’ de Jesús Carrasco, que he leído en una tarde tras ceder a mi cerrazón de no conceder tiempo (al menos durante su vorágine) a lo aclamado. Y desde luego la obra del escritor de Olivenza ha sido aclamada con la desesperante y grandilocuente rutina en la que se esfuerzan los grandes medios y creadores de opinión en este país, deseosos de encontrar revelaciones y hombres creativos que apuntalen la perfectibilidad de sus criterios y las lecciones de sus, por lo demás, mediocres gurús.

‘Intemperie’ me resulta muy cercana como lector, esencialmente por su rigor en la descripción del contexto etnográfico en que se desarrolla: una trama de palabras, plantas, animales, arquitecturas, oficios, pertrechos, recipientes, usos y costumbres rurales tan literarios como cotidianos en según qué planetas. El mío, por ejemplo. Y el de autores como Víctor Chamorro, maestro de aquello que se llamó ‘tremendismo’ y también difusor de un realismo social que en la novela de Carrasco está incorporado a lomos del arquetipo: el del héroe del ‘western’, de la novela de caballería o de la ciencia ficción apocalíptica. Su exageración es tal -particularmente en la capacidad de resistencia física de los dos héroes- que solo cabe entender el ‘realismo’ en términos de alegoría, de fábula moral. Personalmente, cuento con que esta obra narra un tiempo posterior a la monarquía de Juan Carlos I, una época apenas anacrónica, desgarrada por la presión sobre la naturaleza y la degradación del ser humano por las élites detentadoras de los recursos, algo semejante a lo apuntado por Coetzee en su inolvidable ‘Esperando a los bárbaros’. Ello me lleva -con la ayuda de las declaraciones del propio autor, rendido a la pluma de la narrativa norteamericana de Carver o Ford- a asimilar el parecido con otras obras (de primer nivel, desde luego) con las que la novela guarda semejanza: relatos con pocos personajes, didácticos, inverosímiles y reflexivos de Cormac McCarthy como ‘Meridiano de sangre’ (el personaje del alguacil es una referencia obvia) o la propia ‘La carretera’, novela ésta de la que diverge, quizás irónicamente, en la capacidad de supervivencia y maña entre un niño criado en Torrijos frente a otro de, pongamos por caso, Minnesota. En cualquier caso la cita a McCarthy es producto tanto del argumento como de la preeminencia actual del autor de Providence sobre lectores y escritores.

Novela con fuerza en su representación del ingenio del héroe condenado a la huida (expresada de la mejor manera en las escenas del muladar); simplista en su redentorismo, pues son básicas, diríase que modelos de tramoya, las referencias al pecado y la pérdida de la inocencia ante la costra de desalmada violencia que sufre el niño protagonista; previsible en sus trucos para el ‘gran público’ (el empleo como bisagra de la figura del perro, ancla de lo sentimental; la cinéfila venganza armada desde el quicio de la puerta del cabrero, ángel de la guarda autóctono, exiliado tutor moral del protagonista, al tiempo su ‘alter ego’ ya anciano; la sagacidad del malvado, que aferra la obra al tópico del salvajismo a partir de la obsesión pedófila y, por extensión, a la crueldad de lo llano, de lo yermo), es ‘Intemperie’ literariamente mortal (en contraposición a inmortal) también por la evidencia de su simbolismo, el más explícito el de la lluvia purificadora, no menor que el Cristo de las tres potencias que corona la fortaleza (el castillo arturiano) en la que se instalan los fugitivos durante un lapso de su aventura. Memorables son, por el contrario, la alegoría de la naturaleza como auténtica madre de un ser humano en eterna orfandad ya en la apertura del relato, con ese nicho de arcilla que remite al útero primigenio, o el personaje lisiado hasta el surrealismo, tan propio del horror ante el monstruo (la bestia que conduce a la trampa del alimento) de los cuentos infantiles. No en vano estamos ante un cuento infantil (la versión embarrada del ‘Alfanhui’ de Ferlosio)…llevado a la lógica del creador contemporáneo -que apenas se permite la bifurcación narrativa al desviarse a contar, precisamente, las pesadillas del niño, ‘negativo’ onírico del exagerado ‘positivo’ en que transcurre la tragedia-: una fórmula en la que hacer congeniar ingredientes universales y reconocibles (el ‘dibuja tu aldea y pintarás el mundo’ de Tolstoi), no dejar al azar la cohesión de los elementos, ajustar un ritmo apropiado y que en algún momento trepide, y dentro del caos y la confusión más sangrienta, no poner límite a la esperanza. Además, por supuesto, de ‘transferir’ o poner al día las ceremonias de los clásicos y usar un ‘lenguaje propio’ (en este caso, la reivindicación del conocimiento de los nombres y el uso de lo pastoril) que destemple e impacte en el medio urbano… No es, en cualquier caso, tarea fácil. Pero la mejor fortuna es encontrar el sitio oportuno y el momento justo para ser aclamado allí donde a tantos otros, por lo mismo, se les vistió de olvido.

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