Mes: enero 2014

O’Brien

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En las últimas elecciones generales votaron 24.590.557 personas, de entre las cuales la friolera de 17.804.573 apostó por los dos partidos que se reparten el gobierno desde hace más de 30 años. Otros 6.785.984 votaron por alguna de las 59 restantes candidaturas (si bien 3.835.315, más de la mitad, se repartieron en IU, UPyD y CIU). La abstención y los votos nulos y en blanco supusieron el 31% del censo, la mareante cifra de 10.361.756, aún así 468.937 personas menos de las que votaron al partido ganador.

Esas son las cifras. Aunque más de un tercio de la población no está representada en el Congreso -aún más si se toman en cuenta los votos que no propiciaron escaño alguno-, en realidad todos los días es fácil coincidir con alguna, de entre los más de veinte millones de personas, que apoyó y aún apoya un sistema corrupto y a una clase política que, según las encuestas sociológicas, son -al mismo tiempo- las principales preocupaciones de los españoles. ¿Cómo se explica esta absurda contradicción? Haberlas haylas, las explicaciones.

Recuerdo los tiempos de mi propio bachillerato, tiempo ha, en un colegio privado. De entre las personas que allí estábamos, en plena formación, rara es aquella que no ha ocupado su nicho social, predestinado. Podrías haber apostado el culo de que así sería: La familia convencional, el trabajo usual, los gustos mayoritarios, las costumbres ordinarias, la residencia habitual, el voto acomodado, el desdén ante el compromiso social, las obligaciones de consumo, el rechazo a la incertidumbre y al cuestionamiento, el pensamiento conservador. ¿Cómo se explica este determinismo? Haberlas haylas, las explicaciones. Interesados, pregunten por un tal O’Brien, miembro del Partido.

INTEMPERIE

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Es cierto que el paisaje de Torrijos que se observa desde la ventana del tren siempre me pareció el lugar que más se aproximaba al ideal infantil de la aldea y el campo: el solitario olivar a la salida del pueblo, las lomas doradas que añoran el cereal, la vía del tren degollando el ejío, las cumbres de las montañas como un azul y lejano telón de fuga…Una estampa campesina de colores cambiantes a poco de llegar al marasmo de la gran ciudad, o al poco de volver de ella. No es extraño que Torrijos fuera entonces el lugar que pudiera inspirar el escenario de la novela ‘Intemperie’ de Jesús Carrasco, que he leído en una tarde tras ceder a mi cerrazón de no conceder tiempo (al menos durante su vorágine) a lo aclamado. Y desde luego la obra del escritor de Olivenza ha sido aclamada con la desesperante y grandilocuente rutina en la que se esfuerzan los grandes medios y creadores de opinión en este país, deseosos de encontrar revelaciones y hombres creativos que apuntalen la perfectibilidad de sus criterios y las lecciones de sus, por lo demás, mediocres gurús.

‘Intemperie’ me resulta muy cercana como lector, esencialmente por su rigor en la descripción del contexto etnográfico en que se desarrolla: una trama de palabras, plantas, animales, arquitecturas, oficios, pertrechos, recipientes, usos y costumbres rurales tan literarios como cotidianos en según qué planetas. El mío, por ejemplo. Y el de autores como Víctor Chamorro, maestro de aquello que se llamó ‘tremendismo’ y también difusor de un realismo social que en la novela de Carrasco está incorporado a lomos del arquetipo: el del héroe del ‘western’, de la novela de caballería o de la ciencia ficción apocalíptica. Su exageración es tal -particularmente en la capacidad de resistencia física de los dos héroes- que solo cabe entender el ‘realismo’ en términos de alegoría, de fábula moral. Personalmente, cuento con que esta obra narra un tiempo posterior a la monarquía de Juan Carlos I, una época apenas anacrónica, desgarrada por la presión sobre la naturaleza y la degradación del ser humano por las élites detentadoras de los recursos, algo semejante a lo apuntado por Coetzee en su inolvidable ‘Esperando a los bárbaros’. Ello me lleva -con la ayuda de las declaraciones del propio autor, rendido a la pluma de la narrativa norteamericana de Carver o Ford- a asimilar el parecido con otras obras (de primer nivel, desde luego) con las que la novela guarda semejanza: relatos con pocos personajes, didácticos, inverosímiles y reflexivos de Cormac McCarthy como ‘Meridiano de sangre’ (el personaje del alguacil es una referencia obvia) o la propia ‘La carretera’, novela ésta de la que diverge, quizás irónicamente, en la capacidad de supervivencia y maña entre un niño criado en Torrijos frente a otro de, pongamos por caso, Minnesota. En cualquier caso la cita a McCarthy es producto tanto del argumento como de la preeminencia actual del autor de Providence sobre lectores y escritores.

Novela con fuerza en su representación del ingenio del héroe condenado a la huida (expresada de la mejor manera en las escenas del muladar); simplista en su redentorismo, pues son básicas, diríase que modelos de tramoya, las referencias al pecado y la pérdida de la inocencia ante la costra de desalmada violencia que sufre el niño protagonista; previsible en sus trucos para el ‘gran público’ (el empleo como bisagra de la figura del perro, ancla de lo sentimental; la cinéfila venganza armada desde el quicio de la puerta del cabrero, ángel de la guarda autóctono, exiliado tutor moral del protagonista, al tiempo su ‘alter ego’ ya anciano; la sagacidad del malvado, que aferra la obra al tópico del salvajismo a partir de la obsesión pedófila y, por extensión, a la crueldad de lo llano, de lo yermo), es ‘Intemperie’ literariamente mortal (en contraposición a inmortal) también por la evidencia de su simbolismo, el más explícito el de la lluvia purificadora, no menor que el Cristo de las tres potencias que corona la fortaleza (el castillo arturiano) en la que se instalan los fugitivos durante un lapso de su aventura. Memorables son, por el contrario, la alegoría de la naturaleza como auténtica madre de un ser humano en eterna orfandad ya en la apertura del relato, con ese nicho de arcilla que remite al útero primigenio, o el personaje lisiado hasta el surrealismo, tan propio del horror ante el monstruo (la bestia que conduce a la trampa del alimento) de los cuentos infantiles. No en vano estamos ante un cuento infantil (la versión embarrada del ‘Alfanhui’ de Ferlosio)…llevado a la lógica del creador contemporáneo -que apenas se permite la bifurcación narrativa al desviarse a contar, precisamente, las pesadillas del niño, ‘negativo’ onírico del exagerado ‘positivo’ en que transcurre la tragedia-: una fórmula en la que hacer congeniar ingredientes universales y reconocibles (el ‘dibuja tu aldea y pintarás el mundo’ de Tolstoi), no dejar al azar la cohesión de los elementos, ajustar un ritmo apropiado y que en algún momento trepide, y dentro del caos y la confusión más sangrienta, no poner límite a la esperanza. Además, por supuesto, de ‘transferir’ o poner al día las ceremonias de los clásicos y usar un ‘lenguaje propio’ (en este caso, la reivindicación del conocimiento de los nombres y el uso de lo pastoril) que destemple e impacte en el medio urbano… No es, en cualquier caso, tarea fácil. Pero la mejor fortuna es encontrar el sitio oportuno y el momento justo para ser aclamado allí donde a tantos otros, por lo mismo, se les vistió de olvido.

1914

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Y llegamos al centenario del año funesto. Desde luego que leí ’14’, la novela breve de Jean Echenoz sobre la Gran Guerra y sus conflictos humanos. Siendo una novela contundente, quizás refleja los modos de nuestra propia época, la simplificación hacia la brevedad, como demanda la sociedad de mercado. En el caso del autor francés es estilo, pero personalmente nunca acepté aquello de que dos veces mejor lo que ya de por sí es bueno y breve: podría ser el caso, pero la infame violencia, la atroz barbarie, la insolente impunidad de aquel tiempo no pueden, en mi opinión, ser contados en su inmensidad en unos pocos folios, por explícitos que sean. Tampoco una colección de fotografías o un documento sonoro y visual bastarían. De aquel estallido con el que terminó lo poco que nos quedaba de humanidad aún me sobrecogen ‘El fuego’ de Henri Barbusse; ‘El miedo’, de Chevalier; ‘Adiós a todo eso’, las memorias de Graves; ‘Sin novedad en el frente’ de Remarque o’ Tempestades de acero’, de Junger. Echenoz se aproxima más a la austera serenidad del Rouaud de ‘Los campos del honor’ o al clasicismo victoriano de Edith Wharton de ‘Un hijo en el frente’, o incluso, aún en su mayor dramatismo, al pragmatismo de ‘Adiós a las armas’. Las terribles experiencias narradas por los soldados/novelistas que las vivieron en primera persona aún me provocan pesadillas y una obsesiva culpabilidad por su sacrificio, proveniente, debe ser, de alguna vida anterior o bien de la sensación de que nunca se hizo justicia desde nuestro bienestar. Algo semejante a lo que ocurre con las víctimas de la guerra española. Solo en los tremebundos lances de ‘Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros’ de Steinbeck; la represión brutal de ‘Meridiano de sangre’ (Cormac Maccarthy) o la inaudita solemnidad de lo sangriento en ‘Los hombres del mar’, de Hansen he encontrado parangón (literario) con la brutalidad de una época, el verano de 1914, que es heredera y a su vez canal definitivo de milenios de violencia irracional en pos de algún cielo caprichoso.