PEPYS EN ST. OLAVE’S

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Londres es tumulto, incluso en una semana perdida en noviembre. Pero lugar tan enorme propicia la alternativa de pequeños sucesos prósperos. La fortuna de que una boda -con apenas una veintena de personas en la ceremonia- deje abierta hasta tarde la pequeña Saint Olave Church, donde descansa para siempre Samuel Pepys, el autor de aquellos célebres ‘Diarios’ -su vida cotidiana en el XVII-, que convierten la ciudad en algo tan cercano. La parroquia desde la que Pepys contemplaba el gran incendio está hoy literalmente enterrada entre la arquitectura prepotente y fea -en comparación con el resto- de la City. En otro rincón, un cartel en la Immaculate Conception de Farm Street nos conduce a asistir esa misma noche a un prodigioso ‘Requiem’ de Mozart, para coro y orquesta, en la Westminster Cathedral. Quedamos absortos ante un ritual musical tan potente como nada ceremonioso, ese lastre de la música ‘culta’. Cerrando los ojos, podías transportarte al tiempo en el que el vienés causara admiración en la corte de Jorge III, sobre cuya estatua de Cockspur Street se cagan hoy los pájaros, aún no con la suficiente inquina con que deberían hacerlo sobre la horrenda efigie de Ronald Reagan en Mayfair, ante la embajada estadounidense, en cuyo vecino parque se besan sensual y eternamente -sospechosamente, vamos- una pareja que parece recién salida de un filme de Tomas Alfredson.

Así, gastando suelas a troche y moche pudimos llegar a tiempo para adoptar a un ornamentado camello de madera que aguardaba, tan bello, a la puerta de un hogar de Ledbury Road,  al pie de una nota manuscrita: “I need a home, please take me’. Afortunadamente, al hermoso sabueso que olisqueaba los equipajes en el aeropuerto no le despertó interés alguno tan metafórica pieza, así que definitivamente viajó hasta su nuevo hogar desde esa esquina cercana a All Saints, de Notting Hill, una iglesia poco o nada convencional donde en largas mesas de burrillas se servía bebida caliente a los parroquianos. Muy cerca un gatazo desconfiaba de mi gusto por retratarlo delante de su policromada vivienda, consciente quizás de ser de los pocos capaces de aguantar estoicamente la multitud que recorre el mercado de Portobello, de precios tan disuasorios como 36 € un álbum de vinilo de segunda mano. No menos apabullante para el burgués meridional que las hileras de casas de Pimlico puede ser contemplar cómo los colegiales de uniforme, traje y corbata, juegan al fútbol inventado por sus ancestros, embarrándose sin dudarlo en medio del interminable césped cercano al Serpentine, mientras llovizna en Hyde Park. En Farm Street, el bullicioso sonido del patio del colegio Saint’s Georges se convierte en el silencio de un sepulcro en el mismo instante en que suena la campana del fin del recreo…dejándonos atónitos y meditabundos. Justo al pasar por delante de Sotheby’s, venden un Francis Bacon por un precio récord: nos pilla la noticia sopesando la calderilla para un Double Expresso. La exquisita amabilidad con la que nos enfrentamos al preguntar o conversar (sean párrocos, agentes, transeúntes, comerciantes…) acaba por convencernos de que noviembre es el mes ideal para toparse con gente atenta, y en el caso de Londres, con el esplendor otoñal del  Ginkgo Biloba, el árbol que resistió a la bomba atómica. En la exquisita Mount Street, uno de los bancos del parque está dedicado a la memoria de Alfred Clark, pionero de las grabaciones musicales y que residió en ese misma y coqueta calleja arbolada. Un detalle melómano en una ciudad musical hasta en los pasos de cebra. El Albert Hall programa estas semanas a Van Morrison, Bryan Ferry o Bob Dylan, tropa inverosímil para un servidor, o ideales para emular el anuncio de loterías español, para un cockney escéptico.

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Finalmente cedemos ante la exigencia de las distancias (solo después de haber andado desde Paddington hasta Temple tras cruzar Westminster Bridge, ante la estupefacción del recepcionista del hotel) y el metro nos conduce hasta el proverbial Kew Gardens, el irresistible destino de cualquier amante de lo vegetal. Cerca, el tenderete de panes británicos a cien pasos del supino jardín botánico huele -y sabe…- al espejismo de una paz universal. Todo un premio volver en el Underground comiendo pan solo, para pasmo de los turistas gaditanos que, en nuestro silencio, toman por londinense costumbre el tentempié. Es el del Kew un barrio rico de tiendas de toda la vida (barberías, librerías, instrumentos musicales, floristerías, carnicerías…) donde la zapatería la atiende una joven periodista madrileña que prefirió dejar su trabajo en ‘El Mundo’ para ejercer de exquisita dependienta emparejada con un biólogo inglés…Ejemplo, diría alguna gobernanta de ingrato recuerdo, de ese ‘espíritu aventurero’ que, según ella, mueve a la emigración a los españoles, en este caso a esta metrópoli del consumo. Y no precisamente topamos con cualquiera, sino con ex-ciudadanas de economías derrochonas: camarera catalana, camarera castellonense, dependiente madrileña, todas con licenciatura a cuestas, un inglés de primera y ninguna gana de regresar. 

“Nada importante ha sucedido hoy” dijo el mentado Jorge III en su diario el día que firmó la Independencia de los Estados Unidos. Por entonces ya estaría lejos de sus cabales… pero, como quien dice, suscribimos la frase del monarca. Nada importante, ni siquiera ver el Encephalartos altensteinii, la planta que ya conoció en su maceta del Kew la Revolución francesa, la Gran Guerra, Hiroshima o la aparición de internet…Si ella resistió las bombas de verdad, como no íbamos a resistir nosotros las de mentira, ese imperial culto al consumo que, detrás de la maravilla de sus parques, puede distraer a las multitudes de los pequeños obsequios de esta urbe colosal. El holandés Mondrian resumió esto -o algo semejante, o completamente distinto- en su Composition B (No.II) with Red. Visible en la Tate Modern, claro. Y por la voluntad…Los Museos magníficos son gratis, sí. El problema es costearse todo lo demás, a cinco euros la pinta de la insignificante Carling.

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