¡ACABEMOS CON EL ‘CINE ESPAÑOL’!

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El Gobierno continúa dándole a la gran familia del cine español donde más le duele: en la financiación pública de sus proyectos. Personalmente, estoy a favor del fondo y discrepo de las formas. Por decenas de motivos apruebo el estrangulamiento: no ha habido el menor atisbo de autocrítica; sus promociones se han apropiado de la referencia ‘cultura’ sin el menor rubor; la endogamia ha conducido a la esclerotización de las ideas hasta límites de asombro y se han quemado durante décadas los puentes para el aperturismo hacia otros modales y miradas, condenando al silencio absoluto quizás -y sin quizás- a lo más interesante de la producción nacional. La imaginación en la búsqueda de nuevas fórmulas creativas o financieras ha sido considerada bien un peligro en sí mismo, bien un elemento aspirable y, una vez aspirado, asfixiado sin piedad.

La calidad del gobierno (de los gobiernos sucesivos) ha estado sin duda a la pésima altura de los cineastas, considerando bajo esta denominación a todos los responsables en el quehacer de la industria. El ministerio de Cultura ataca de nuevo con la demagogia que caracteriza a los soberbios y a los ignorantes, y lo hace con el peculiar estilo de nuestros gobernantes: aplicando para los demás la medicina que rehusan para sí mismos. Es una obviedad que las formas son revanchistas e incómodas a la vista: la práctica totalidad de la actividad empresarial española es objeto de ayuda pública, y bien que se advierte sin necesidad de informarse. Sin embargo el mensaje píldora contra la subvención al cine es perfectamente digerible por los ciudadanos porque se ha convertido en un razonamiento cómodo, en un mensaje ideológico, en un agravio comparativo para determinados espíritus, tan insustancial en su argumentación como eficaz en su objetivo. Pero, suponga lo que suponga en términos comparativos, el ahogamiento del actual modelo del cine oficial en España es sin duda tan necesario como la propia desaparición del Gobierno. Que ya es decir.

Podría haberse hecho de otra manera, el cambio, me refiero, para ahorrarnos este escenario agónico y de mal gusto. Pero, curiosamente, nunca interesó a ninguna de las partes -fuera quien fuera el que gobernara-, por motivos diversos, con algunos de los cuales especulo, desde el hartazgo, al final de este texto. Bien, desde que se creó la fórmula mágica de financiación que consistía en la subvención directa -ideada por una cineasta, Pilar Miró- a través de comisiones ad hoc (esto es, al servicio del gusto y el interés de la familia), se esfumó cualquier expectativa de un futuro justo para los aspirantes a hacer cine en España. Al control maquiavélico y sistemático de los fondos públicos estatales por sus propios beneficiarios, se sumó el uso de las administraciones autonómicas y las televisiones públicas, especialmente TVE, como patas de beneficios para el productor, incluso antes del rodaje de un solo plano. Así se produjeron buena parte de la infame colección de películas de los ’80 y ’90, más un notable porcentaje de las de este siglo. El enriquecimiento de los productores y la conversión de los directores en sus propios financiadores, visto el escaso riesgo y con el consiguiente estímulo de sus ganancias, fue la característica esencial de un número cada vez creciente de los títulos realizados, al tiempo que se reducían las posibilidades de la periferia, de los excluidos por los acaparadores, cuyos nombres pueden consultarse en cualquier anuario cinematográfico desde 1977 hasta la fecha. El descuido de lo artístico quedó suplido con la generación de un estimulante empleo, del que pudieron gozar operadores, montadores, guionistas, eléctricos y sonidistas, más sus respectivos equipos y un buen número de empresas satélites, comprometidas con un modelo anclado en la picaresca más clásica, y a todas luces incómodo de reivindicar ante la opinión pública, como se demostraría con el tiempo.

La enfermiza situación empeoró con el apoyo sistemático de los programas europeos, como MEDIA, a los mismos proyectos que ya estaban bendecidos por las autoridades españolas (tanto políticas como corporativas), al aplicar principalmente criterios económicos para dar cobijo a la producción en cuestión, y más aún cuando se generalizó otra superchería: la compra de espacios y pantallas a través del pago a distribuidoras, para garantizar el cobro de más recursos públicos indirectos. Ello como consecuencia del pago a porcentaje de recaudaciones en taquilla, más que a menudo falseadas: así, el productor adquiría la cantidad precisa de localidades para asegurarse un botín superior a cargo del erario público. Las distribuidoras con más rango pasaron de ser compradoras de productos a influyentes recaudadoras, pequeñas centrales de tráfico cultural. También, en un alarde de estrategia en medio del sin sentido, se trabajó en pos de una simbiosis ordenada con los grandes grupos de comunicación, en un compinchamiento que exigía de la industria nacional el mantenimiento de una imagen corporativa al gusto de la gran audiencia, es decir, la apuesta por mostrar y perpetuar una réplica (casposa, esto sí) del star-system hollywoodense, aprovechando el desembarco exitoso de algunas estrellas españolas en California y Nueva York, y abonando aún más la semilla del desastre: a nadie le apetece ver desfiles de opulencia y glamour, o escuchar cifras y nombres millonarios al tiempo que se reivindica el fondo perdido de lo público como el oxígeno de un oficio. En este sentido, ni siquiera ha habido una campaña pedagógica desde el interior de la propia industria (la Academia o la FAPAE) que ayudara a difundir que la industria cinematográfica más poderosa del mundo, además de monopolística, es también la que cuenta con más ayudas públicas, esto sí, enmascaradas en abusivas políticas de protección acordes con su vocación ideológica y comercialmente imperialista.

Para colmo, la intervención de los canales privados de televisión vino a propiciar un modelo de argumentos aún más retrógrados, manteniendo el estilo elitista de producción, a lo que se añadió, como nuevo recurso o clavo ardiendo, la promoción -desde la propia industria y los medios- de los talentos capaces de imitar los moldes más costosos del orbe, al tiempo más cómodos de realizar y menos atractivos para la propia cultura cinematográfica: el cine de consumo al estilo contemporáneo estadounidense, repleto de aventuras de género fantástico, romántico, histórico, de catástrofes contadas desde la banalidad y el estruendo. Ello deja un campo abonado a que la élite de la dirección (el espejo de las nuevas generaciones…) sean personajes inmaduros, academicistas, inseguros, sentimentalistas, adictos a las tecnologías…y profundamente integrados en el status quo, que vienen a sumarse a la pléyade de maestros ya establecidos, capaces de perpetrar insignificancias muy personales ambientadas en la nouvelle vague, el neorrealismo, el cinema de qualité, el drama carcelario o el costumbrismo mariano. Los segundos a estas alturas no merecen ni comentarios, se bastan y se sirven para reivindicarse y progresar. Los primeros, los nuevos alumnos aventajados, firman un modelo imitativo que en otros países (como en Francia, o Alemania) también existe, pero que aparece sustentado en otro más exigente, arriesgado, incómodo y excepcional (cultural y creativamente hablando), y cuya financiación a través de herramientas fiscales y de inversión, ya testadas y a pleno rendimiento, aligera de presión al sector público y, lo que es auténticamente explícito, seducen al espectador, que apoya con entusiasmo (y dinero) tanto a unos como a otros. Ni siquiera son los grandes éxitos los que ayudan a los filmes de mayor exigencia y hondura: simplemente, coexisten, se complementan. Es más: ambos modelos se exportan con fluidez. En el caso español, salvo excepciones acaso honrosas, no sucede ni por asomo.

Sin embargo, la opción de piratear el modelo francés (amenazado por las presiones norteamericanas contra ‘la excepcionalidad cultural’, dicho sea de paso…) ha sido sistemáticamente descartada tanto por los gobernantes como por la gran familia, a pesar de su incuestionable éxito, y del consenso en la sencillez de su aplicación, habida cuenta del escaso gasto neuronal que llevaría implantarlo. Obviamente, su impulso nos pondría en condiciones de crear cine, de producir películas complejas, de abrir el campo a nuevos intérpretes, de ampliar el elenco de talentos, de técnicos, de empresas de servicios y de productores. Eso, en este país, es un riesgo que nadie quiere asumir. Y menos, el ‘cine español’. Sería tal la caída de los privilegios que ni nuestros políticos ni nuestros cineastas podrían estar por la labor. Y menos si se trata de salvar un oficio (y un negocio) que el amigo americano considera de su exclusiva incumbencia.

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3 comments

  1. desde siempre estoy contra la subvención a cine y circo…, llevo casi toa mi vida escribiendo, y bien, y nadie me ha subvencionao nada, y pinto también y NADA…, NI LO QUIERO, ¿EI?, no veo a qué tiene que pagarse del erario público el puto cine, ese artilugio que ahora es barato de hacer, y ha demostrado ser propaganda del Capital a tope, entre otros “bienes”…, y espero se entienda mi discurso o discurrir anticine, para poner las cositas en su lugarcito…, ya ya ya comprendo que hayn (sic) muchas familias, porque ahora no cuenta el individuo libre, cuentan las instituciones carcelarias: familia, gobierno, sindicatos de castas o costras, ayuntamiento, peña de deportes varios, esencialmente del fúGOL…,cuyo profeta progre es un tal Eduardo Galeano, que comen de eso, que también las debe haber de los asesinos a sueldo, o de otras “artes”, y no son subvencionadas, que se sepa, que lo mismo la de asesinos tamién (sic),
    y perdóseme que mi uso del lenguaje sea libertario y poco común, o nada común, al claro clero usual del mismo

    un saludo

  2. además abomino de casi toa esa pachanga que se muestra en la ilustración, to muy caro y mu malo a rabiar, salvo alguna excepción mu rarita, que no veo, pero el Perro Almorroba me parace malo, garrapata de ideas y tramas, aparte de conformar la progresía españolí, la peor que hay, y etc.
    salud

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