Mes: noviembre 2012

TITULARES PARA UN PAÍS DIFUNTO

Críptico: Las 8,9 millones de pensiones no subirán para compensar el IPC (El Mundo)
Nauseabundo: 6,6 millones de pensionistas, el 70% del total, tendrán una subida del 2% (La Razón)
Impropio: Atraco a los pensionistas (Público)
Inútil: El pensionista medio deja de cobrar 436 euros por la decisión del Gobierno (El País)
Contemporizador: Las pensiones de menos de mil euros subirán un 2% y el resto, sólo un 1% (La Vanguardia)
Pecaminoso: El Gobierno subirá en 2013 un 2% las pensiones de menos de 1.000 euros (Abc)
Sin escrúpulos: Las pensiones inferiores a 1.000 euros subirán un dos por ciento (El Correo Gallego)

Inexacto: El Gobierno no actualizará las pensiones con el IPC (Hoy)

Explícito: El Gobierno dejará las pensiones sin el incremento del IPC (El Periódico)

Periodístico (a pesar de todo): El Gobierno no actualizará las pensiones conforme al IPC (El Diario)

ALLÍ

Nunca viene mal una semana de descanso. Siempre sabe a poco, en cualquier caso. Y más cuando nosotros, que no somos muy viajeros, pisamos Atenas. Después de sobrevolar el Egeo y poner pie en tierra (a Grecia debería irse por mar…), parece que llegamos para quedarnos. Aunque el aeropuerto es idéntico a todos los demás, el Areópago no lo es. Aquella luz de poniente lo ilumina todo de un modo sublime, irreal, desde los adolescentes que se arrullan hasta el oriental paisaje de una ciudad blanca que se extiende en la lejanía hasta atrapar a la isla de Salamina. Aquí, todos los nombres son leyenda. Dos días de huelga general nos esperan y tres más de transportes, razón por la cual tenemos que preguntar cual es el color de los taxis, que no circula ni uno, e incluso podemos recorrer a pie las avenidas presuntamente infectadas de tráfico. En la plaza de Syntagma, la infantería de los manifestantes se emplea al tran-tran contra los antidisturbios, que solo repelen a la muy minoritaria minoría que les envía cócteles ardientes. El resto aguarda pacífico (100.000 personas arriba o abajo) mientras descerraja un chaparrón que dura cuatro horas. Subidos a la verja de los Jardines Nacionales, intercambiamos impresiones con Antonios, padre de familia de profesión liberal cuyo sueldo ronda los 700 € al mes. Su enorme indignación es la propia de un tranquilo varón de más de cincuenta años que habla tres idiomas más que yo, que solo chapurreo el materno. A la mañana siguiente, el rastro de la manifestación es un velador de cristal roto alrededor del cual se arremolinan los ‘informadores’, mientras la normalidad de los transeúntes, los vendedores de prensa y los policías de paisano apostados en las esquinas atestigua que los medios han perdido ya los papeles por igual en todas partes. Y desde luego, los policías son cada vez más jóvenes.

Un pie tras otro, nos enfrentamos cada mañana a la vida del turista que no se arrepiente de nada. Comemos y cenamos donde nos apetece, a veinte grados de media. La ocupación de las hermosas y delicadas terrazas que abundan por doquier es mínima, pero la calidad de las viandas suprema, como la atención exquisita de los aburridos, o alarmados por la falta de público, restauradores. Bien es cierto que es noviembre, asi que comer cordero, ensalada griega, yogur con miel, su vino del país, la cerveza ‘Mythos’ y el correspondiente ouzo al pie de la Acrópolis (en la ‘Taberna de la Acrópolis’ propiamente dicha), mientras aprovechas para alimentar a los gatos del local, es una experiencia que para nuestro carácter representa el culmen de una vida civilizada, quizás alejada de la trascendencia de las palabras de Aristóteles, pero sin duda imbuida por el espíritu helénico… No es el único lugar en el que repetimos, pero resulta embriagador que de noche y de día, a cualquier hora, puedas disfrutar de una buena comida en un ambiente grato, servida con el único criterio de satisfacer con amabilidad. Los camareros de la citada taberna nos despiden la última tarde al grito de ‘¡¡No pasarán!!’, en castellano en el original, lo cual viene a decirlo todo de nuestra causa común, y del estado de las cosas al pie del Erecteion.

Vistos y disfrutados la Acrópolis, el templo de Zeus, el Keramikos y el Ágora en el silencio asombroso de la casi total ausencia de visitantes (irreal resulta que el toque de silbato para abandonar las instalaciones se dirija casi exclusivamente a nosotros…), disfrutamos también del ocaso en el monte Lycabeto, el Knyx y la colina de Filopapos, donde dejamos huella de nuestro asombro, que no cesa, cual rayo de Miguel Hernández. Perros toman el sol a sus anchas por ‘el gran olivo’, como llaman aquí a la ciudad, sueltos, bien educados, alimentados por los vecinos, incapaces los animales para la agresividad, mientras los gatos hacen lo propio, tomar el sol, en particular en Anafiotika, cada uno posando para una postal. Estampas asombrosas para cualquier español, para quienes perros y gatos callejeros son animales huidizos, sacos de pulgas en permanente lucha por su supervivencia…Aquí son cuidados por las comunidades e incluso por los encargados de las innumerables iglesias bizantinas que les permiten hasta tomar asiento en las sillas de su interior. Asistimos embobados a algunas de sus liturgias corales en Plaka o en Mitropoleos. Y la gente conversa con nosotros cuando descubre nuestra nacionalidad, unos en perfecto castellano para quejarse del trato vejatorio a las mujeres inmigrantes procedentes de los Balcanes o de las antiguas repúblicas soviéticas (el señor había estudiado en Cuba y viajado por su trabajo -que detestaba- por todo el mundo), otros en muy útil francés para enseñarnos Kapnikaréa. De nada nos valen las sucintas frases aprendidas en griego ni el lastimoso inglés para conseguir un café con leche a nuestro gusto. A los pocos días arrojamos la toalla y, personalmente, me dispongo a imitar la costumbre local y tupirme de posos.

Por necesidad, dedicamos dos jornadas al Museo Arqueológico nacional, cuyo contenido es sobrenatural. Cualquier descripción es inútil. Decir que embarga una sensación de plenitud y punto. El Museo de la Acrópolis aparenta una soberbia arquitectónica que en su interior se aplaca. Curiosamente, el edificio resuelve de forma ejemplar aquello a lo que aspira, mostrar la riqueza de sus colecciones y avergonzar a los británicos que robaron los frisos del Partenón. El Museo Benaki es todo grandilocuencia, el de Folklore y Cultura Popular todo humildad. El ambiente del Mercado Central de abastos resume a ambos y el excepcional Museo de Keramikos de arte funerario resume de por sí la existencia de la Grecia clásica y del ser humano en particular.

A la vuelta, queda la sensación de que en algún momento salimos de allí, pero fue mucho antes de que viajaramos a Atenas.

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

¿Qué esperamos aquí, en la plaza reunidos?

A los bárbaros, que hoy llegan.

¿Por qué tal calma en el Senado?
¿Por qué los senadores, sentados, no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Los bárbaros ya nos darán sus leyes cuando vengan.

¿Por qué el emperador se levantó tan de mañana
y se sienta en su trono, ante la puerta
mayor de la ciudad ciñiendo la corona?

Porque hoy llegan los bárbaros.
Y el emperador espera para recibir
a su jefe. E incluso tiene listo
un pergamino para dárselo en el que
ha escrito muchos títulos y nombres.

¿Por qué nuestros dos cónsules y todos los pretores
salieron hoy con sus togas recamadas y rojas?
¿Por qué llevan brazaletes con tantas amatistas
y anillos con brillantes esmeraldas cristalinas?
¿Por qué empuñan hoy bastones preciosos
de oro y plata tan ricamente cincelados?

Porque hoy llegan los bárbaros,
y estas cosas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué los buenos pretores no vienen como siempre
a decir sus discursos, a hablar tal como suelen?

Porque hoy llegan los bárbaros
y a ellos no les gustan retóricas y alocuciones.

¿Por qué ha empezado de improviso esa intranquilidad
y esa confusión? (Los rostros se han tornado todos graves.)
¿Por qué se han vaciado tan de prisa las calles y las plazas
y todos regresan a sus casas tan cabizbajos?

Porque se ha hecho de noche sin que lleguen los bárbaros
y algunos que han venido de la frontera
van diciendo que ya no existen bárbaros.
Y ahora, ¿qué será de nosotros sin bárbaros?
Esta gente eran de algún modo una solución.

Constantin Cavafis