LIMPIARSE EL CULO

La escena me resultó primero incómoda y después chocante: los ruidos en el aseo de caballeros de la estación de servicio evidenciaban que un varón había terminado de cagar. Durante los veintitantos segundos que tardé en mear, aquel señor parecía limpiarse el culo de forma furibunda, tiraba del rollo de papel higiénico de forma continuada, y cada vez empleaba mayor cantidad en la natural tarea, enrollando a modo de tomo el útil de celulosa hasta que, a juzgar por el paisaje sonoro, daba cuenta de lo restante. Durante el tiempo que me llevó lavarme las manos, el método siguió hasta cautivar por completo mi atención, y daba por hecho que, a tal ritmo, el rollo no podía durar. El hombre continuó así todo el rato, al menos hasta que salí del baño tras una pausa, boquiabierto. Desde la puerta aún se oía el rumor, hasta que, claramente, un agónico estertor metálico daba cuenta del fin de aquel monopolizado rollo de papel. Mientras me alejaba sonó la cisterna, y aún sigo sin comprender cómo es posible gastar tanto en la higiénica gestión, y sobre todo, si tal dispendio sería usual en su propia casa durante los mismos menesteres. Me pareció que sigue habiendo mucha gente que no se da por aludida, que aún concibe el interés propio como motor del mundo, aunque ni siquiera tenga idea de qué es aquello que va en su propio interés. El hombre surgió al fin en medio de otro escenario común pero más discreto, el asfalto, montó en su 4×4 y enfiló la autovía como si nos lo hubiera hecho pagar.

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