GÉVORA ARRIBA

Hace mucho calor a las tres de la tarde en La Codosera, pero es soportable. Iniciamos la ruta ‘Aguas Arriba’ (PR-BA-127) del río Gévora desde la calle Félix Rodríguez de la Fuente, para comprobar enseguida que la brutal sequía convierte en un timidísimo charco el paso del río por las afueras del pueblo. De ahí, las señales del sendero conducen a un eucaliptal donde nos acechan la sombra de los koalas y el espíritu de un conselleiro de la Xunta. Abandonamos el secarral y siguiendo las marcas, llegamos a otro, una llanura de prados segados y paisaje lunar que nos aconseja poner pies en polvorosa hasta sumergirnos en la arboleda para continuar andando al borde del río. Allí, una pareja de cabreros alienta a pastar a tres hermosos ejemplares y a nosotros, con cierta y natural displicencia, a no abandonar el sentido de la marcha. La vegetación atempera la temperatura y el silencio lo rompen los galápagos al zambullirse a nuestro paso, quizás también algunas nutrias. Diminutos jarabugos se dispersan en el lecho del río al refrescarnos los pies en el agua, aunque, a buen seguro, más nos sorprende su presencia a nosotros que a ellos la nuestra. El río se esfuerza por correr, breve e irreductible, como si no molestáramos.

Tras superar todo el trecho sin apenas dificultad, aparecemos ante la piscina natural que corona la ruta, donde asistimos estupefactos al espectáculo de la carpetovetonia: individuos merendando o tumbados sobre sus toallas y rodeados de inmundicia: plásticos nadando a decenas sobre las aguas de baño, contenedores vacíos rodeados de basura, papeleras repletas al pie de murales con consejos de comportamiento sistemáticamente masacrados. El viento hace volar los plásticos como en un centenar de trailers de ‘American beauty’. Los adultos cagan o han cagado por doquier, justo al lado de donde han follado, dejando para el espectador decenas de indiscretos pañuelos de papel con variados residuos de las consumaciones. Los aseos están impracticables, no había visto nada tan cochino sin mediar motivos profesionales. Los niños y niñas reciben una buena descarga de realismo sucio de cara al final de su inocencia: difícilmente ninguno recordará estos parajes como el idealizado edén del que mi propia infancia me proveyó por estos lares, hasta su fin ayer mismo.

Los restos de los azucarillos del bar se asemejan a una extraña nevada y las latas de cerveza y refrescos decoran el último tramo de la ribera, donde un joven con buen gusto toma el sol desnudo, pero extrañamente despreocupado de la basura que le rodea. Se cubre el culo a medias tirando del resorte educacional del español precavido, mientras damos la vuelta y retrocedemos ribera abajo, para retornar por ese pequeño paraíso discreto, transitable por la falta de humedad y aún no invadido por la turba. Poco antes del pueblo, un padre y su hijo recogen la cosecha de maíz mientras llevan a un hermoso rebaño de cabras a un prado verde por efecto del riego. Su mastín blanquinegro nos saluda juguetonamente, componiendo una escena del todo bucólica, que arrastra consigo el desasosiego del espectáculo anterior. Va cayendo el sol y apenas refresca, solo las tórtolas y los mirlos se dejan ver y escuchar. Es domingo, parece día libre de la pajarería. Acabamos la subida bajando, como es natural. Al final, incluso un tubo de Mahou sabe a gloria.

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