NUNCA ES TARDE

Desde que allá por 1988 leí ‘El Pasmo’, conocer a fondo la obra de Víctor Chamorro se convirtió en una encomienda ineludible. Aparte del placer de haberle conocido, y haber con ello podido disfrutar de la luz de la persona que ha dado savia a su frondosa literatura, mis mejores recuerdos son aquellas búsquedas de sus escritos por librerías de allá donde iba (la de Hervás, allí al fondo de la trastienda dormían serenas varias de sus obras editadas en los últimos sesenta, o una enorme en Madrid, donde conseguí por intercesión de un descomunal dependiente varios ejemplares descatalogados, que regalé ávidamente) y, por supuesto, las horas invertidas en la lectura de una obra temperamental, incomparable en el uso de una prosa de ceramista y orfebre, de cátedra y cantina, incisiva, clara, condenada al conflicto entre lo espontáneo del hombre humilde y la retórica del opresor. De hosco y tierno realismo, según se cuide de narrar el contexto o a sus personajes, de sensible pedagogía e idealismo, las novelas de Víctor consiguieron tanto serenarme como indignarme, y me apasionaron por la lectura, si es que no estaba ya condenado a ella por los que leí antes y me lo recordaban. La amabilidad del autor al prestarme el manuscrito de ‘Los alumbrados’ (2008), cuando aún se llamaba ‘Los marqueses del infierno’, provocó uno de mis hitos personales como lector. En cualquier caso, estamos, hemos estado siempre, ante un enorme escritor. Si de John Fante leo en su edición española que puede compararse a Dovstoievski o Steinbeck, no dudo en recordar a Baroja, Ferlosio, Pinilla o Cunqueiro a la hora de aguantar los palos del sombrajo de la literatura española junto al propio Chamorro. Faltaría más.

No deja de ser una ironía, bastante explícita acerca de la historia de la cultura y la sociedad extremeña, que reciba la Medalla de Extremadura en 2012, a sus setenta y pico años y bajo un gobierno del Partido Popular. Su persona da lustre al engrosarla a una lista absolutamente desprestigiada por la elección de personajes que, lejos de merecer tal acreditación, provocaron el ridículo de las distinciones. Aún así, si alguien merece ser reconocido por sus paisanos, ese es Víctor Chamorro. El autor de ‘El joven Werther’ (1997), ‘La venganza de las ratas’ (1967), ‘Reunión patriótica’ (1994), ‘La hora del barquero’ (2002) o ‘Guía de bastardos’ (2007) es esencial para medir nuestras cumbres. Hace falta esfuerzo para verle ahí, enmedallado. Porque, a diferencia de tantos, sus alas no se hicieron para encogerse de hombros. De ahí que todo le costara tanto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s