EN LA COLINA DE LOS QUEMADOS

Siempre pospuesta, emprendemos por fin la visita a Córdoba, eso sí, en plena ola de calor. Poco tranquilizador el primer comentario de nuestro amable anfitrión cordobés, dueño de un excelente y familiar alojamiento, ‘El Antiguo Convento’, cuando dice que él no lo haría en agosto, esto es, viajar a Córdoba, ‘ni loco’. Su esposa, incluso más amable aún en su desvelo por el viajero, adjunta que, en tales fechas, no iría pasado el mediodía a Medina Azahara ‘ni jarta de güisky’. Revelador. El acogedor hostal, de envidiable relación calidad-precio (sobre todo para los que tenemos que alojarnos habitualmente en Extremadura…), suculento desayuno servido en patio abierto y huéspedes franceses más adaptados al calor que nosotros mismos (que no conseguimos adaptarnos…) exhibe en sus paredes unas formidables litografías, originales de Hugo Pratt, dibujadas a su paso por la ciudad, de cuando parecía dispuesto a anclar al Corto Maltés en una aventura en Córdoba y, sorprendentemente, el ayuntamiento le negó hospedaje y el menor interés. Una rocambolesca historia que proporciona una soberana sorpresa a quienes llegan al Antiguo Convento y, al tiempo, admiran a Pratt.

En cualquier caso, Córdoba es una sauna monumental. El imponente recuerdo de la infancia (más de treinta y cinco años atrás) se desvanece ante la realidad mucho más humana del bosque de columnas y arcos de la Mezquita, reducido su valor impropio de este mundo por la parodia del catolicismo embutida en su interior a modo de santuario del feísmo. Fuera, Maimónides observa desde la Plaza de Tiberíades cómo los japoneses, norteamericanos, más franceses (por todas partes…), catalanes y otros viajeros de la Carpetovetonia nos derretimos entre la cal y las macetas de las calles de la Judería, ante la actitud contemplativa y ejemplarizante de los nativos. De noche, no pocos se dejan ver en gayumbos en camas que dan a la calle, olvidadas inclusos las abundantes celosías de madera. El combate contra lo tórrido del clima se establece pronto y el recuerdo de la Colina de los Quemados (singular y sabia elección del nombre para el lugar donde nació la ciudad) será para nosotros las excelentes cervezas de ‘Siena’, en la Plaza de las Tendillas: una Alhambra de caña fría como el demonio, tiradas en copa de medio litro resistente contra el sol por una extraña alquimia nunca antes vista (al menos, en España: inverosímil resultado obtienen también en Ponte do Sor, Portugal). Resultado: enamoramiento del local, del gambeteo de los camareros, y regresos contínuos. El precio además, es no ya competitivo, sino bajo, sobre todo teniendo en cuenta el espectáculo ciertamente gratuito de ver bañarse en las fuentes de la plaza a todo quisque, menos a los cordobeses, que se plantan a charlar en medio de la calle a pleno sol. ¿De qué materia está hecho este personal?, piensa uno que creía que el bochorno de Badajoz o la canícula en el Sáhara eran topes para el ser humano…También meten los pies los turistas en la fuente de la Plaza de Jerónimo Páez, justo encima de donde estaría el escenario del Teatro Romano y justo enfrente también del peculiar Museo Arqueológico, espléndido en piezas y dotación, y diseñado por algún cachondo, que obliga al visitante, merced al regodeo en variar el orden cronológico de la exposición, a no dudar de los evidentes vínculos del responsable en cuestión con el extraordinario vermut que sirven en la terracita adjunta al Museo, la de ‘La Cavea’, atendida (como en todos los casos, sin excepción) por un personal tan amable y pinturero que nos recuerda el trato a capotazos que a menudo sufrimos en casa, por esos bares y restaurantes al extremo del Duero.

En fin, las bellezas mulatas de la calle Rey Heredia se empeñan en llamarme ‘nene’ cuando ando solo ante la puerta de sus pintorescos lupanares, y tampoco dudan en desdeñarme con sus miradas cuando camino emparejado…Sorteamos como podemos a las vendedoras de romero, andamos y andamos por Alfaros y Lineros, donde un señor nos enseña, despechugado, la Calle del Viento, un callejón que da a la ribera del Guadalquivir y dónde, bien cierto, se dejaba sentir la única corriente de la que podemos dar fe en un montón de horas. Atemorizados por algunos precios de asombro (‘Melón con jamón y Espárragos de Aranjuez, postre y pan, 15 €” reza un despiadado cartel en el Mesón Dandi, merecedor de investigación por la Fiscalía), y bien advertidos de la crisis que invita a competir contra el turismo de alpargata, procuramos, entre litros y litros de agua y cerveza, ir conociendo lugares y comiendo algún ‘flamenquín’. En un pequeño colmado nos venden una lata de refresco más litro y medio de agua por 80 céntimos. “¿No se equivoca?”, le digo al hombre. “No, quienes se equivocan son los demás”, sentencia, muy cercana la Plaza de Séneca.

La luz se pone sobre el Guadalquivir verdiblanco, echan a andar las ruidosas noches donde no solo el calor impide dormir, y los ‘santorrostros’ se alinean de once en once sobre las fachadas blancas. Salimos huyendo al tercer día, con la certeza de que estando tan cerca no podemos volver a dejarla tan lejos. Aunque solo sea porque, puestos a gastar por beber y comer alrededor de la historia, a este lugar le sobra clase para defenderse del resto.

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