LA TELA INVISIBLE

Durante ocho años los ciudadanos extremeños han estado cautivos por una persona senil, sin el menor cultivo ni educación, profundamente irrespetuosa. El magnate Gallardo ofreció ayer una rueda de prensa a la que acudieron como uno solo los ‘medios’ extremeños, profundizando en el dolor que provoca ver a un anciano ofreciendo argumentos absurdos y soberbios. Si calificar la Via de la Plata como ‘algo que está ahí’ y ‘es muy antiguo’, al medio natural como ‘unos cuantos peñascales’, o valorar como un ‘paisaje bonito’ a un polo petroquímico no fuera de por sí propio de un analfabeto, colocar a ¡¡Dios!! en la tesitura de garante de su palabra, amén de insinuar que los empresarios agrícolas de la comarca prefieren ‘seguir explotando’ mano de obra barata a dar de comer a las familias ajenas, es suficiente para colmar las gotas del vaso del patetismo que ha acompañado durante tanto tiempo a una situación anacrónica e injustificada, el decimonónico empeño de este muerto viviente por imponer su voluntad y salvar su empequeñecido ‘imperio’ a costa de un proyecto inviable. Decia el naturalista Jean Agassiz, auténtico benefactor de la humanidad, que ‘no podía perder su tiempo’ en ganar dinero. Qué frase tan explícita. Que personas con criterio, trayectoria y una elemental educación hayan seguido y apoyado como borregos ambiciosos los planes del personaje ‘gagá’ que ofreció ayer sus palabras entrecortadas y sus apologías del delito, carece de cualquier justificación, y en los modos y los gestos del tal Gallardo quedan retratados. Cabría pensar en todo lo que carecen para haber llegado a tan esperpéntica situación. Afortunadamente por mi experiencia personal y laboral, sé positivamente que nunca representarán la sabiduría y el infatigable empeño de los extremeños por desprenderse de sus males históricos, óbices perfectamente encarnados por la parte perdedora de esta lucha contra el proyecto refinero. Y esto no es hacer demagogia. Después de oír hablar al empresario más beneficiado por la Administración autonómica durante décadas, al mayor polucionador, al empresario que cotiza su fiscalidad en Holanda, al supino ignorante que es este señor, solo cabe pensar en que la tela invisible del traje del emperador desnudo no es que solo puedan advertirla los sabios, es que ni siquiera hace falta repasar los cuadernos de preescolar. Ni tampoco el catecismo para rogar humildemente a ese curioso Dios suyo para que se lleve consigo y pronto a este hombre, le absuelva de sus pecados de codicia e ira y convierta este planeta en un lugar más cordial para el ser humano, las plantas y el animal.

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