LA FACHADA

Hace mucho tiempo, cuando yo tenía menos años de la mitad de los que hoy tengo, el actor y productor Juan Luis Galiardo publicó en un diario extremeño un artículo en el que, ya por entonces, me calificaba de ‘ignorante’ y ‘don nadie’. El motivo de los exhabruptos fue un artículo previo en el que le acusaba, a él y a su productora llamada ‘Penélope’, de saquear dinero público extremeño aprovechándose de su amistad con altos cargos y en beneficio de producciones de ínfimo nivel, que él producía junto a cineastas socios y colegas como Giménez Rico, García Sánchez o Mercero. Nunca dejó de acudir al reclamo, décadas después arañó lo que supo de ‘Marca Extremadura’ para seguir con sus aires de grandeza. Tiempo después de aquel artículo, fue uno de sus fieles quien, durante la celebración de un mercado audiovisual en Catalunya, nos obsequió, ya personalmente, con las mismas o parecidas calificaciones, dejándonos para la posteridad frases del calado siguiente: “Yo me acerco a Extremadura a pegar unos tiros con Juan Carlos (sic) y consigo más que vosotros en vuestra puta vida”. No lo dudamos, ni en su momento, ni siquiera ahora. La lección aprendida entonces (después vendrían amenazas de demanda de otros ‘grandes’ del cine español, por muy parecidos motivos, su uso de esta región como caladero económico a expensas de la inmoralidad y la ignorancia de sus gobernantes) está bien presente aún: de hecho, seguimos siendo unos ‘don nadie’, tras veinticinco años de profesión, pero jamás fuimos ignorantes, y menos por conveniencia. Así, la muerte sorprende a todos por igual. Hasta llegar a ella, unos eligen durante su vida presumir de haberse follado todo lo que se movía a costa de prometer el oro y el moro, de ser siempre de allí donde deja su sombrero a la hora de acostarse, de haber disfrutado de un talento de sacamuelas y haberlo ejercido en lo alto de un bandera, de haber empleado todos los resortes para trepar por encima de cualquier hombro, de no haber desfallecido en seguir adelante siempre con la misma cantinela. De ofrecer un rostro y ser el contrario. Era un estilo. A mi, personalmente, esos modos nunca me parecieron ni siquiera respetables. Y aunque pase el tiempo y solo quede el recuerdo, lo volvería a escribir. Al fin y al cabo, yo también me voy a morir. Y de todo eso, no quisiera presumir.

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