CRISIS

Hemos llegado a una situación de malestar difuso, de permanente zozobra…aparente. Todavía contenemos la respiración a la espera de noticias, como si en algún momento pudieran dejar de ser irritantes. Nos comportamos como huérfanos recientes. Salvo quienes no tienen nada, expósitos de antiguo. Algunos ya habíamos adecuado nuestra existencia a la permanencia en la incertidumbre, como árboles perennes a la espera del agua que haga nacer el fruto, como ateos convencidos del milagro. Muchos encontrarán en estos días asideros tradicionales, la familia o los ahorros, esa presa mayor del consumo, del nuevo orden. Otros estarán ya empanados en el dorado reboce de una rapiña perpetrada durante lustros, probablemente sin legalidad y a buen seguro sin legitimidad… No son pocos: la corrupción vive de los pequeños amaños y nunca dimite ante los grandes. A partir de ahora hay que aprender a vivir como nunca antes lo habíamos hecho, y a los de menos de setenta años me refiero. Construiremos un tiempo convirtiendo en oscura la nostalgia que, ingenuos, portábamos blanca a la espalda tras asesinar a la memoria. Lo que hemos vivido no tenía cura. Como el amor. Ya no es tiempo de explicaciones ni de exámenes. Es tiempo de recordar que bastante suerte tuvimos ya, habida cuenta de todo lo que ganamos, y perdimos, por el camino.

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