Mes: junio 2012

PIRLO

Para lo de Pirlo no te prepara nadie, ni cuando recuerdas que vistes el penalty de Panenka en su día, en directo por televisión. Asombra pensar que entre tantos millones de personas como habitan Italia, solo exista una como él, capaz de jugar al fútbol de esa manera. Habrá talentos semejantes ocultos, sin duda, como hay artistas en todos los ámbitos de la vida. Este señor lo es en el suyo. Y, mientras no se demuestre lo contrario, se sabe solo. Y capaz de alumbrar su oficio hasta dejarte inundado de admiración.

LA FACHADA

Hace mucho tiempo, cuando yo tenía menos años de la mitad de los que hoy tengo, el actor y productor Juan Luis Galiardo publicó en un diario extremeño un artículo en el que, ya por entonces, me calificaba de ‘ignorante’ y ‘don nadie’. El motivo de los exhabruptos fue un artículo previo en el que le acusaba, a él y a su productora llamada ‘Penélope’, de saquear dinero público extremeño aprovechándose de su amistad con altos cargos y en beneficio de producciones de ínfimo nivel, que él producía junto a cineastas socios y colegas como Giménez Rico, García Sánchez o Mercero. Nunca dejó de acudir al reclamo, décadas después arañó lo que supo de ‘Marca Extremadura’ para seguir con sus aires de grandeza. Tiempo después de aquel artículo, fue uno de sus fieles quien, durante la celebración de un mercado audiovisual en Catalunya, nos obsequió, ya personalmente, con las mismas o parecidas calificaciones, dejándonos para la posteridad frases del calado siguiente: “Yo me acerco a Extremadura a pegar unos tiros con Juan Carlos (sic) y consigo más que vosotros en vuestra puta vida”. No lo dudamos, ni en su momento, ni siquiera ahora. La lección aprendida entonces (después vendrían amenazas de demanda de otros ‘grandes’ del cine español, por muy parecidos motivos, su uso de esta región como caladero económico a expensas de la inmoralidad y la ignorancia de sus gobernantes) está bien presente aún: de hecho, seguimos siendo unos ‘don nadie’, tras veinticinco años de profesión, pero jamás fuimos ignorantes, y menos por conveniencia. Así, la muerte sorprende a todos por igual. Hasta llegar a ella, unos eligen durante su vida presumir de haberse follado todo lo que se movía a costa de prometer el oro y el moro, de ser siempre de allí donde deja su sombrero a la hora de acostarse, de haber disfrutado de un talento de sacamuelas y haberlo ejercido en lo alto de un bandera, de haber empleado todos los resortes para trepar por encima de cualquier hombro, de no haber desfallecido en seguir adelante siempre con la misma cantinela. De ofrecer un rostro y ser el contrario. Era un estilo. A mi, personalmente, esos modos nunca me parecieron ni siquiera respetables. Y aunque pase el tiempo y solo quede el recuerdo, lo volvería a escribir. Al fin y al cabo, yo también me voy a morir. Y de todo eso, no quisiera presumir.

CRISIS

Hemos llegado a una situación de malestar difuso, de permanente zozobra…aparente. Todavía contenemos la respiración a la espera de noticias, como si en algún momento pudieran dejar de ser irritantes. Nos comportamos como huérfanos recientes. Salvo quienes no tienen nada, expósitos de antiguo. Algunos ya habíamos adecuado nuestra existencia a la permanencia en la incertidumbre, como árboles perennes a la espera del agua que haga nacer el fruto, como ateos convencidos del milagro. Muchos encontrarán en estos días asideros tradicionales, la familia o los ahorros, esa presa mayor del consumo, del nuevo orden. Otros estarán ya empanados en el dorado reboce de una rapiña perpetrada durante lustros, probablemente sin legalidad y a buen seguro sin legitimidad… No son pocos: la corrupción vive de los pequeños amaños y nunca dimite ante los grandes. A partir de ahora hay que aprender a vivir como nunca antes lo habíamos hecho, y a los de menos de setenta años me refiero. Construiremos un tiempo convirtiendo en oscura la nostalgia que, ingenuos, portábamos blanca a la espalda tras asesinar a la memoria. Lo que hemos vivido no tenía cura. Como el amor. Ya no es tiempo de explicaciones ni de exámenes. Es tiempo de recordar que bastante suerte tuvimos ya, habida cuenta de todo lo que ganamos, y perdimos, por el camino.

HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO…

…básicamente por sostener la impunidad de financieros y políticos, y por preferir la palabrería caliente de los publicistas a la dura advertencia de los sabios. Por no leer. Por egoísmo y por disfrutar del sin sabor ajeno. Por atisbar dioses donde solo hay máquinas, por humillar a los animales y a las plantas, a los científicos. Por especular sin conciencia. Por ser felices consumiendo y por preferir volar lejos a caminar cerca. Por mantener en sus púlpitos y poltronas a los mismos que nunca pagan sus culpas. Por no tener memoria. Por no disfrutar de las enormes posibilidades de un ser vivo. Y sobre todo, por dejarse sobar por la ‘cultura de la transición’: nada puede ser tan agotador como hacerse pasar por listos tanto tiempo seguido, cuando tan solo se ha dejado de servir a un patrón para caer en las garras de otro. Y así continuamente, continuamente, continuamente…

BRADBURY

“Me los comía como si fueran ensalada, los libros eran para mí el sándwich del almuerzo, la merienda, la cena y el bocado de medianoche. ¡Arrancaba las páginas, me las comía con sal, las ensopaba con deleite, mordisqueaba las costuras, pasaba capítulos con la lengua! Docenas, cientos, billones de libros. Llevé tantos a casa que anduve años jorobado. Filosofía, historia del arte, política, ciencias sociales; nombra el poema, el ensayo, la obra de teatro que quieras; me los comí todos. Y después….después…-la voz del jefe de bomberos se apaga. Montag lo apremia: -y después? -Bueno, me sucedió la vida. –El jefe cierra los ojos para recordar. –La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor que no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rápidas de amigos que no lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre… una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la represa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, perder o encontrar un símil. Hacia el final de los treinta años, al borde ya de los treinta y uno, recogí mis pedazos, cada hueso roto, cada centímetro de carne escoliada, magullada o herida. Me miré en el espejo y perdido bajo el asustado rostro de un joven vi un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra la que sea y la maldeciré, y abrí las páginas de los magníficos libros de mi biblioteca y ¿qué encontré? ¿qué, qué? Montag se aventura: -¿Páginas vacías? -Premio! ¡Sí, en blanco! Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningún significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni amor verdadero, ni cama, ni luz. Montag recuerda: -Hace treinta años…. Las quemas finales de bibliotecas…. -Acertado. –Beatty asiente. –Y como no tenía trabajo, y era un romántico fracasado, o lo que fuese, me presenté para la primera clase de bomberos. Primero en subir los escalones, primero en entrar en la biblioteca, primero en ese horno, el corazón ardiente de sus compatriotas siempre en llamas, ¡rocíenme con kerosene, pásenme la antorcha!”