A SOLAS CON ROMA


Pasar, por primera vez en la vida, por delante del romano Palazzo Grazioli la mañana de la dimisión del caimán, asediado por una nube de cámaras como Anita Ekberg en “La dolce vita”, no tiene precio. ¡Oh!, el azar…Tanto tiempo suspirando por su caída y héte aquí que nos convidan al hecho como dos piedritas con alma, rodeados por las unidades móviles de la AP News. Mucho más hermoso es asistir al vuelo de la luna llena sobre el Foro Imperial, y contemplarla allí, solemne, y nosotros solos, desde el balcón del Tabularium, al final de una tarde en los Musei Capitolini, donde duermen el Espinario o el guerrero gálata moribundo, entre tantas otras maravillas, que te recargan de la misteriosa energía que solo ofrece la plenitud de la belleza, más cuando apenas dista un metro del cuerpo. Y no es posible olvidar el poder acercarse, solos también, al Moisés de Michelangelo, poder ver su rostro aparentemente pétreo bajo la dulzona luz de noviembre, allí visible su humanidad en San Pietro in Vincoli, donde el mendigo a la puerta te agradece la pobre limosna con un acento memorable, como de Moretti en filme de Moretti. Es tan arrebatadora la estatua de la tumba inacabada como la visión del lado oculto de la Loba Capitolina. En San Luigi degli Francesi, asistimos al dibujo de la luz de La conversión de San Pablo, nuestro primer Caravaggio en Roma, el primero de todos aquellos que perseguimos con entusiasmo, hasta los primorosos Descanso en la huida hacia Egipto y Magdalena penitente, en la Galería Doria Pamphilj, dos días después del sensual San Juan Bautista de los Capitolinos, apenas horas desde la visión del Martirio de San Pedro en Santa María del Popolo, o del demoledor David vencedor de Goliath de la Galería Borghese. Este David pintado por Michelangelo Marisi aparece incómodo, seguro de sí mismo pero renuente a celebrar su triunfo, y recuerda a tanta buena gente que permanece en pie, contra la dificultad y ante el éxito, sin presumir de sí mismos. Hasta trece cuadros embolsamos de nuestro idolatrado pintor revolucionario, el que tiró de navaja en Campo di Fiori, el lugar donde Giordano Bruno, hoy quieto en forma de sobrecogedora estatua, preside la plaza en la que ardió su cuerpo y sobrevivió su razón. Contemplamos arder los cuerpos, pero de otra forma, de los enormes gatos de la enorme colonia felina en el Largo di Argentina, rodeada de tráfico como una isla de acomodados robinsones castrados.

Fuimos los únicos en coronar, ¡andando desde el Corso!, las profundidades de la capilla de San Sebastian en las catacumbas, y poder así presumir de andares ante quienes llegaban en bus, sobre todo porque andar te permite pisar al lado de la sorprendente ruina del restaurante “Quo vadis”, justo enfrente a la iglesia construida en el lugar donde, al parecer, el Mesías encontró a San Pedro, posiblemente el único sitio no ampuloso y sí olvidado de esta ciudad ampulosa e inolvidable. Invadida de turistas y viajeros dispersos por doquier, casi imposible toparse con un romano. Ahora, solo yo perturbé la paz del orondo gato negro que se asomaba hacia Via Celio Vibenna tras el cierre vespertino del Coliseo, una hora antes de anochecer, y en Roma anochece muy temprano. No hay palabras para describirlo, ni al gato ni al apabullante monumento de una antigüedad muy próxima, muy familiar, como tampoco hay prosa para hacer comprender lo que supone contemplar, en la semisoledad del Palazzo Doria Pamphilj, la Anunciación de Filippo Lippi, a pocos metros de la Salomé con la cabeza del Bautista de Tiziano, la Batalla en el puerto de Napoles y Los patinadores de Pieter Brueghel, o la Visión de San Eustaquio de Durero, alrededor todos del retrato de Inocencio X, pintado con vitriolo por Velázquez, visible en una estancia vacía de visitantes, sola para nosotros, de nuevo. Cerca de allí, la Pelea de amores de Guido Reni reabre el apetito de pasiones y, en el Palacio Barberini, el retrato de Enrique VIII de Holbein rivaliza con el de Erasmo de Massys, próximos a la colección de azules celestes de Garofalo o a los frescos de Pietro de Cortona en el techo de la inmensa sala a la que da nombre, sola para nosotros, para variar.

Hermosa hasta el fin, en Roma Bernini aparece siempre que silbas, cuando Proserpina es víctima de un rapto, o exhibiendo el éxtasis de Santa Teresa (en Santa María de la Victoria, iglesia puerta con puerta con nuestro pintoresco y acogedor hotel), o haciendo cerrar los ojos al Nilo en Piazza Navona, escenario de mercadería de pinturas que, por comparación, elevan el nivel, si ello es posible, de las increíbles pinacotecas y capillas de la urbe. A su lado tampoco palidecen, en el Vaticano, el Apolo del Belvedere, que arrastró a Goethe en su viaje por Italia, o el divino Laocoonte, que nos impresiona bajo la lluvia que cae en el claustro que le sirve de apropiado decorado.

En la Capilla Sixtina, el tiempo se paraliza y todo asombra, como la inmortalidad. Me resultó curioso comprobar que nunca me había imaginado este lugar como realmente es. La gente mira y muchos salen deprisa, agobiados, presumiblemente por la incómoda sensación de no valer de mucho que provoca la visión, o quizás por la sensación de misión vital cumplida.
Después de la tormenta, y para nosotros solos, en esta ocasión gracias al comprensivo guardia que nos franquea el paso como últimos visitantes del día, la Piedad del genio Buonarotti contrasta, en el interior de San Pedro, con la opulencia de un recinto indefendible, enorme, brutal. Salimos, pues, los últimos, con aspiración de ser los primeros en algún otro reino cuyo espíritu, como diría el mismo Goethe, no se hubiese desaprovechado de tan evidente manera.

El Arco de Septimio Severo en perpendicular al de Tito y la Basílica y el Arco de Constantino imponen su esplendor y altura, como el obelisco de Tutmosis, que desafía a su vez, triunfante, a la excesiva San Giovanni de Laterano, cuyo claustro in restaurazione sí sobrecoge, claustro que visitamos, en un extraño por supuesto, completamente solos. Al caer de otra tarde, la Isla Tiberina soporta nuestro íntimo desfile hacia el laberinto de Trastevere y, andando, andando, volvemos hacia el oeste, dejando atrás el recuerdo de San María de Trastevere y del riguroso campanario románico de Santa María in Cosmedin, cuya boca de la verdad calla a cinco metros de un torno que pone orden en las visitas y, es de suponer, en las mentiras. Besando la orilla del río, y con la sensación de que Cellini nos puede caer encima en cualquier momento, en su pachanguera huida del Castel de Sant’Angelo, acabamos envueltos en el rumor de agua y gentio de la Fontana de Trevi. Apechugamos con el mito y nos cenamos muy cerca un espléndido saltimbocca alla romana, triunfante plato de nuestra ruta culinaria, en franco empate con los spaghettis al pesto ingeridos cerca de Via Conciliazione, o con la sorprendente lasagna de verdure de una aparentemente vulgarísima trattoria de la Piazza Esquilano. Por no citar los penne alla rabiatta de un local de tan escasa presencia como suculenta oferta, frente a San Clemente, por otro lado decepcionante basílica, críptica, incluso por el descompensado coste de sus biglietti, apenas menor que lo que cuesta visitar la Galleria Borghese. En fin, volviendo al tema del condumio, dice Montalbano, el comisario de Andrea Camilleri, que en Roma es imposible comer mal. Suscribimos: casi tan imposible como comer barato. Pero, para ambiente y romanticismo, Piccolo Arancio, en Vicolo Scanderberg, lugar apropiado para brindar a la luz de las lámparas de fuego que iluminan la calle, quizás mientras el presidente Napolitano repasaba, en el vecino Palazzo del Quirinale, los últimos desastres de ese histórico día que culminó la noche siguiente en Grazioli. Y no lo dice Montalbano, pero hay que reconocer que caminar y, al tiempo, observar el trafico (y exponer el pellejo frente a él) en Roma es uno de los espectáculos que más perplejidad puede provocar en una persona con un mínimo de responsabilidad, vial o no. Sin embargo, el sentido común (o la diosa fortuna) parecen prevalecer para evitar daños a cada paso, de tal manera que te acostumbras enseguida a exponerte a la sorprendente dramaturgia de ese tráfico delirante, horrísono, monótono, increíble número de utilitarios, motos e intrépidos ciclistas. Tras días de dar por hecho de que ibamos a ser testigos de un accidente a cada paso, resulta que el primer y único encontronazo lo vemos al llegar en tren a Cáceres, en el aparcamiento de la estación. Estupefaciente.

Que Italia tiene problemas lo evidencia el precio de la cerveza (¡5 €! el botellín de 20 cl en los restaurantes, tiendas de souvenirs y bares, motivo por el cual cabe aprovisionarse en los supermercados a un precio semejante al español), y la bien conocida pobreza de su producción nacional en este género, insustancial hasta el pasmo. Ahora, el vino es exquisito por doquier, y mejora sustancialmente el precio de su competencia. Nada que ver con nuestros peleones vinos de cada casa, con los que te agreden sistemáticamente en los menús. Pero para tomar un bianco como aperitivo en una terraza (abundancia absoluta en pleno noviembre, acondicionadas para frío y lluvia) de la Via della Pace es preciso sueldo de ministrable, si bien una vez en la vida merece la pena, como acercarse a fotografiar al Pasquino, origen de las críticas libertarias al poder y germen bien obvio de los pasquines que más de uno nos hemos visto forzados a imprimir en contra de la autoridad. Muy cerca, nuestro monumento favorito, el Panteón de Agripa ventila las aguas y da de beber al sediento de maravillas, si es que aún no se ha saciado. En él no estuvimos a solas, porque ello ha de resultar, en verdad, imposible, dada su conversión (enésima) al culto preponderante. Ello en el caso de que, veramente, quede algún imposible por construir en Roma. Personalmente, me permito dudarlo.

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3 comments

  1. ¡Madre mía, el Coliseo! No había visto nada semejante. Había cuatro o cinco mil personas viéndolo por dentro y parecía que estábamos solos…Hay que ir, yo he quedado admirado. El día que llegamos cogimos en el aeropuerto un 'taxi' pirata que nos llevó a la puerta del hotel: a nosotros nos cobró 20 y al trío de ucranianos que subió a la vez, 50 por cabeza. El tío flipaba, porque les había pedido 60 y le pagaron 150…Tanto que dio un rodeo con una sonrisa como el arco de Tito ,para que viéramos el Coliseo desde el coche, mientras la mujer que conducía echaba pestes del tráfico. Genial, puro Dino Risi.

  2. El 'taxi' era una Ford Transit todo asientos. Aparcada en el parking del aeropuerto, por supuesto. La pareja al cargo hablaba por los codos, todo el trayecto de media hora. El guiaba -improvisaron el trayecto por el miedo a las manifestaciones- y ella conducía como una posesa por las calles del centro. A la vuelta, otro que tal: una Mercedes Vito para tres catalanes y nosotros, a 25 euros pareja (los taxis piden 45-60). De este tirón pasamos miedo: no bajó de 170 en la autopista ni de 90 en la ciudad. Según el recepcionista, hacen al menos 8 viajes de ida y otros tanto de vuelta, al día, como mínimo. Y eso en noviembre…

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