Mes: noviembre 2011

A SOLAS CON ROMA


Pasar, por primera vez en la vida, por delante del romano Palazzo Grazioli la mañana de la dimisión del caimán, asediado por una nube de cámaras como Anita Ekberg en “La dolce vita”, no tiene precio. ¡Oh!, el azar…Tanto tiempo suspirando por su caída y héte aquí que nos convidan al hecho como dos piedritas con alma, rodeados por las unidades móviles de la AP News. Mucho más hermoso es asistir al vuelo de la luna llena sobre el Foro Imperial, y contemplarla allí, solemne, y nosotros solos, desde el balcón del Tabularium, al final de una tarde en los Musei Capitolini, donde duermen el Espinario o el guerrero gálata moribundo, entre tantas otras maravillas, que te recargan de la misteriosa energía que solo ofrece la plenitud de la belleza, más cuando apenas dista un metro del cuerpo. Y no es posible olvidar el poder acercarse, solos también, al Moisés de Michelangelo, poder ver su rostro aparentemente pétreo bajo la dulzona luz de noviembre, allí visible su humanidad en San Pietro in Vincoli, donde el mendigo a la puerta te agradece la pobre limosna con un acento memorable, como de Moretti en filme de Moretti. Es tan arrebatadora la estatua de la tumba inacabada como la visión del lado oculto de la Loba Capitolina. En San Luigi degli Francesi, asistimos al dibujo de la luz de La conversión de San Pablo, nuestro primer Caravaggio en Roma, el primero de todos aquellos que perseguimos con entusiasmo, hasta los primorosos Descanso en la huida hacia Egipto y Magdalena penitente, en la Galería Doria Pamphilj, dos días después del sensual San Juan Bautista de los Capitolinos, apenas horas desde la visión del Martirio de San Pedro en Santa María del Popolo, o del demoledor David vencedor de Goliath de la Galería Borghese. Este David pintado por Michelangelo Marisi aparece incómodo, seguro de sí mismo pero renuente a celebrar su triunfo, y recuerda a tanta buena gente que permanece en pie, contra la dificultad y ante el éxito, sin presumir de sí mismos. Hasta trece cuadros embolsamos de nuestro idolatrado pintor revolucionario, el que tiró de navaja en Campo di Fiori, el lugar donde Giordano Bruno, hoy quieto en forma de sobrecogedora estatua, preside la plaza en la que ardió su cuerpo y sobrevivió su razón. Contemplamos arder los cuerpos, pero de otra forma, de los enormes gatos de la enorme colonia felina en el Largo di Argentina, rodeada de tráfico como una isla de acomodados robinsones castrados.

Fuimos los únicos en coronar, ¡andando desde el Corso!, las profundidades de la capilla de San Sebastian en las catacumbas, y poder así presumir de andares ante quienes llegaban en bus, sobre todo porque andar te permite pisar al lado de la sorprendente ruina del restaurante “Quo vadis”, justo enfrente a la iglesia construida en el lugar donde, al parecer, el Mesías encontró a San Pedro, posiblemente el único sitio no ampuloso y sí olvidado de esta ciudad ampulosa e inolvidable. Invadida de turistas y viajeros dispersos por doquier, casi imposible toparse con un romano. Ahora, solo yo perturbé la paz del orondo gato negro que se asomaba hacia Via Celio Vibenna tras el cierre vespertino del Coliseo, una hora antes de anochecer, y en Roma anochece muy temprano. No hay palabras para describirlo, ni al gato ni al apabullante monumento de una antigüedad muy próxima, muy familiar, como tampoco hay prosa para hacer comprender lo que supone contemplar, en la semisoledad del Palazzo Doria Pamphilj, la Anunciación de Filippo Lippi, a pocos metros de la Salomé con la cabeza del Bautista de Tiziano, la Batalla en el puerto de Napoles y Los patinadores de Pieter Brueghel, o la Visión de San Eustaquio de Durero, alrededor todos del retrato de Inocencio X, pintado con vitriolo por Velázquez, visible en una estancia vacía de visitantes, sola para nosotros, de nuevo. Cerca de allí, la Pelea de amores de Guido Reni reabre el apetito de pasiones y, en el Palacio Barberini, el retrato de Enrique VIII de Holbein rivaliza con el de Erasmo de Massys, próximos a la colección de azules celestes de Garofalo o a los frescos de Pietro de Cortona en el techo de la inmensa sala a la que da nombre, sola para nosotros, para variar.

Hermosa hasta el fin, en Roma Bernini aparece siempre que silbas, cuando Proserpina es víctima de un rapto, o exhibiendo el éxtasis de Santa Teresa (en Santa María de la Victoria, iglesia puerta con puerta con nuestro pintoresco y acogedor hotel), o haciendo cerrar los ojos al Nilo en Piazza Navona, escenario de mercadería de pinturas que, por comparación, elevan el nivel, si ello es posible, de las increíbles pinacotecas y capillas de la urbe. A su lado tampoco palidecen, en el Vaticano, el Apolo del Belvedere, que arrastró a Goethe en su viaje por Italia, o el divino Laocoonte, que nos impresiona bajo la lluvia que cae en el claustro que le sirve de apropiado decorado.

En la Capilla Sixtina, el tiempo se paraliza y todo asombra, como la inmortalidad. Me resultó curioso comprobar que nunca me había imaginado este lugar como realmente es. La gente mira y muchos salen deprisa, agobiados, presumiblemente por la incómoda sensación de no valer de mucho que provoca la visión, o quizás por la sensación de misión vital cumplida.
Después de la tormenta, y para nosotros solos, en esta ocasión gracias al comprensivo guardia que nos franquea el paso como últimos visitantes del día, la Piedad del genio Buonarotti contrasta, en el interior de San Pedro, con la opulencia de un recinto indefendible, enorme, brutal. Salimos, pues, los últimos, con aspiración de ser los primeros en algún otro reino cuyo espíritu, como diría el mismo Goethe, no se hubiese desaprovechado de tan evidente manera.

El Arco de Septimio Severo en perpendicular al de Tito y la Basílica y el Arco de Constantino imponen su esplendor y altura, como el obelisco de Tutmosis, que desafía a su vez, triunfante, a la excesiva San Giovanni de Laterano, cuyo claustro in restaurazione sí sobrecoge, claustro que visitamos, en un extraño por supuesto, completamente solos. Al caer de otra tarde, la Isla Tiberina soporta nuestro íntimo desfile hacia el laberinto de Trastevere y, andando, andando, volvemos hacia el oeste, dejando atrás el recuerdo de San María de Trastevere y del riguroso campanario románico de Santa María in Cosmedin, cuya boca de la verdad calla a cinco metros de un torno que pone orden en las visitas y, es de suponer, en las mentiras. Besando la orilla del río, y con la sensación de que Cellini nos puede caer encima en cualquier momento, en su pachanguera huida del Castel de Sant’Angelo, acabamos envueltos en el rumor de agua y gentio de la Fontana de Trevi. Apechugamos con el mito y nos cenamos muy cerca un espléndido saltimbocca alla romana, triunfante plato de nuestra ruta culinaria, en franco empate con los spaghettis al pesto ingeridos cerca de Via Conciliazione, o con la sorprendente lasagna de verdure de una aparentemente vulgarísima trattoria de la Piazza Esquilano. Por no citar los penne alla rabiatta de un local de tan escasa presencia como suculenta oferta, frente a San Clemente, por otro lado decepcionante basílica, críptica, incluso por el descompensado coste de sus biglietti, apenas menor que lo que cuesta visitar la Galleria Borghese. En fin, volviendo al tema del condumio, dice Montalbano, el comisario de Andrea Camilleri, que en Roma es imposible comer mal. Suscribimos: casi tan imposible como comer barato. Pero, para ambiente y romanticismo, Piccolo Arancio, en Vicolo Scanderberg, lugar apropiado para brindar a la luz de las lámparas de fuego que iluminan la calle, quizás mientras el presidente Napolitano repasaba, en el vecino Palazzo del Quirinale, los últimos desastres de ese histórico día que culminó la noche siguiente en Grazioli. Y no lo dice Montalbano, pero hay que reconocer que caminar y, al tiempo, observar el trafico (y exponer el pellejo frente a él) en Roma es uno de los espectáculos que más perplejidad puede provocar en una persona con un mínimo de responsabilidad, vial o no. Sin embargo, el sentido común (o la diosa fortuna) parecen prevalecer para evitar daños a cada paso, de tal manera que te acostumbras enseguida a exponerte a la sorprendente dramaturgia de ese tráfico delirante, horrísono, monótono, increíble número de utilitarios, motos e intrépidos ciclistas. Tras días de dar por hecho de que ibamos a ser testigos de un accidente a cada paso, resulta que el primer y único encontronazo lo vemos al llegar en tren a Cáceres, en el aparcamiento de la estación. Estupefaciente.

Que Italia tiene problemas lo evidencia el precio de la cerveza (¡5 €! el botellín de 20 cl en los restaurantes, tiendas de souvenirs y bares, motivo por el cual cabe aprovisionarse en los supermercados a un precio semejante al español), y la bien conocida pobreza de su producción nacional en este género, insustancial hasta el pasmo. Ahora, el vino es exquisito por doquier, y mejora sustancialmente el precio de su competencia. Nada que ver con nuestros peleones vinos de cada casa, con los que te agreden sistemáticamente en los menús. Pero para tomar un bianco como aperitivo en una terraza (abundancia absoluta en pleno noviembre, acondicionadas para frío y lluvia) de la Via della Pace es preciso sueldo de ministrable, si bien una vez en la vida merece la pena, como acercarse a fotografiar al Pasquino, origen de las críticas libertarias al poder y germen bien obvio de los pasquines que más de uno nos hemos visto forzados a imprimir en contra de la autoridad. Muy cerca, nuestro monumento favorito, el Panteón de Agripa ventila las aguas y da de beber al sediento de maravillas, si es que aún no se ha saciado. En él no estuvimos a solas, porque ello ha de resultar, en verdad, imposible, dada su conversión (enésima) al culto preponderante. Ello en el caso de que, veramente, quede algún imposible por construir en Roma. Personalmente, me permito dudarlo.

MARATON

Hemos decidido darnos un festín maratoniano de películas, algunas de entre las que quedaron en los estantes, flirteando con la producción contemporánea entre clásico y clásico. Observo en “The Damned United” (Tom Hooper, 2009, GB) que quizás sea el primer filme cuyo argumento se basa en el fútbol y su puesta en escena es la propia de un buen lector de este deporte: la planificación de las secuencias del juego es excelente, así como el uso siempre complicado de los sobreentendidos, en un deporte tan sacrosanto con su liturgia (lo que provoca el sucesivo fracaso comercial de cualquier filme sobre el tema, excepciones aparte). La historia, un acercamiento a la personalidad del técnico Brian Clough, y a su paso por el Leeds de los setenta, tiene todo lo ideal del cine británico: exquisitez en el envoltorio artístico, guión e intérpretes convincentes y una destacada labor de ese montaje neutro que parece fruto del director y procede a buen seguro de un montador con oficio. “No se lo digas a nadie” (‘Ne le dis a personne’, Guillaume Canet, Francia, 2006) , es un polar o policíaco francés -motivo por el que nos dignamos a concederle audiencia- de argumento extraordinariamente rebuscado, empezando por una nueva revisión del falso culpable. El director se mantiene firme en conjugar el efectismo habitual del cine de acción -de esta época- con un cierto espíritu chabroliano, que los tonos pasteles del desenlace difícilmente sostienen. La película adapta a Harlan Coben, e incumple lo que promete en su arranque. Mucho más conseguida, película de ambiente boxístico y de barriada, es Virgil” (Mabrouk el Mechri, 2005, Francia) otro filme francés, una convincente obra de género y entretenimiento, rodada con energía y espléndidas decisiones de puesta en escena: el epílogo es magnífico, de una contención y lirismo apabullantes. La película tiene todo lo necesario para no triunfar: ingenio, grandes actores y sobriedad.

La noche siguiente apostamos por “El pasajero clandestino” (Agustí Villaronga, 1994, España-Francia), una película para televisión rodada por un inapetente Villaronga. Fría cual témpano, apenas concede al espectador un par de planos inquietantes durante todo su metraje, y además pertenecen al prólogo. Es decir, al final son un mero recuerdo. El decorativismo a lo James Ivory (pero sin contar con sus recursos) y la vulgaridad de los travellings reiterados para alargar el metraje dejan literalmente difunta a esta adaptación de nuestro adorado Simenon, una producción con un reparto imposible y destartalado a la que es difícil encontrarle más sentido que una mecánica comercial que aprovecha a un director por entonces enjaulado. “Les enfants du siècle” (Diane Kurys, Francia, 1999) resultó una pesada revisión de la biografía de Georges Sand previa a su encuentro con Chopin, es decir, durante su atormentada convivencia con el literato Alfred de Musset. De nuevo el espíritu Ivory fecunda (es un decir) un relato de época, pretencioso y deslabazado, para el que su directora cuida especialmente la ubicación de los candelabros por encima de su imposible dramaturgia. Prescindible filme, pese a ser francés y tener a Juliette Binoche. Desapasionado. Todo lo contrario de “Le Roi danse”, (Gerard Corbiau, 2000, Francia-Bélgica) protagonizada también, como la anterior, por un espléndido Benoit Maginel. Recreación de la vida de Jean Baptiste Lully durante su relación con Luis XIV, incluidas sus colaboraciones teatrales con Molière. La talla del filme es la adecuada a sus pretensiones: el lujo de su dirección artística es extremadamente útil para describir una época -y a su aristocracia- consagrada a sus propias preocupaciones estéticas. Exquisita de recursos (notable e ingeniosa la secuencia en que Corbiau sustituye una cruenta batalla por su recreación pictórica) y apabullante en lo musical y en lo danzante, se trata de la clásica película en la que se ve y se oye en pantalla hasta el último céntimo invertido, además de resultar evidente su mecánica, ciertamente talentosa a un lado y otro de la cámara, en particular en lo musical: no defraudan Musica Antiqva Köln. En otro caso, y aunque la esperábamos con ilusión, nos defraudó “Las playas de Agnes”, (‘Les plages d’Agnes’, 2008, Agnés Varda) especie de testamento fílmico de la gran Varda, si bien una obra de excesivo metraje, claramente autocomplaciente con su propia y autobiografiada figura. Aún con muchos elementos de gran interés para el cinéfilo (no digamos ya el cinéfilo progalo) y con no pocas originalidades en el discurso visual, este documental está a años luz de la pureza y franqueza de, por ejemplo, su saga de “Los espigadores…”. Para quitarnos el más bien fúnebre sabor a maitines, recuperamos “A bout de souffle” (Jean Luc Godard, Francia, 1960) con toda su significación: la cantidad de ideas nuevas que aparecen en el filme y que con posterioridad han sido arañadas, objeto de latrocinio u homenaje por terceros, son legión. La película, en sí misma, depende precisamente de esas brillantes ideas (y del artificio de su sonido, por supuesto) puesto que argumentalmente sigue sin identificarse más que como una simple coartada. Lo cual, pasados tantos años, la deja tan tranquila en su categoría de mito, como a Belmondo y la Seberg, y no digamos Godard.

“Promesas del este”
(‘Eastern promises’ David Cronenberg, GB-Canadá, 2007) merecería la pena solo por la interpretación, majestuosa, de Viggo Mortensen, perfectamente auxiliado por Naomí Watts y un reparto digno de condecoraciones. Filme intenso, sólido, de peculiar negrura, con escenas salvajes y una delicada exhibición en la elección de lentes de Cronenberg, asombra la nitidez dramática de su fotografía, propia del incombustible Peter Suschitzky. Un filme-noir de primera división. Cronenberg filma las películas que en la actualidad haría Hitchcock si viviese, y con el colmillo afilado. Lo que Hitchcock no podría jamás filmar es la intensidad de “El silencio de Lorna” (‘Le silence de Lorna’, 2008, Jean Pierre & Luc Dardenne, Bélgica) uno de los mejores títulos que uno pueda echarse a la cara en la actualidad. La aparente sencillez de la obra de estos dos grandes autores belgas rompe los esquemas de cualquier cineasta, o aspirante a cineasta, con pretensiones de estilo. Con un etalonaje soberbio, exigencia de una fotografía naturalista aún más soberbia, la historia de arrepentimiento y redención de esta Lorna, mujer albana, carne y sangre de mafia, viene a contarnos el círculo vicioso en el que nos movemos en la actualidad en esta Europa herida de muerte por su propia avaricia. Un filme dialogado y rodado con absoluta perfección para el género al que pertenece: el cine de verdad, con conciencia, y desgarrador de la indiferencia de la burguesía. A destacar el positivo retrato de los Dardenne de la sanidad belga (y si parte de ellos es que es creíble), a años luz de la nuestra.
Después de un filme de los Dardenne es complicado asomarse a otro de semejante estilo, y “Zona libre” (‘Free zone’, Amos Gitai, Israel, 2005) lo pretende. Iniciado con tres larguísimos planos-secuencia que alcanzan el cuarto de hora en conjunto, y a la búsqueda de conjugar soluciones visuales con sus pretensiones emotivas, la película acaba en tierra de nadie, ni apostando abiertamente por la coherencia narrativa de su planteamiento ni por el radicalismo emocional que pretende encerrar, no en vano narra el complicado viaje hasta Jordania de tres mujeres de diferente nacionalidad y condición (norteamericana, israelí, palestina). Gitai empiedra la película de buenas intenciones hasta resultar artificiosa, y la cierra con una metáfora evidente, mediante la cual culpa a uno de los personajes (la que representa a la voraz y frívola sociedad norteamericana) del mantenimiento de la situación de violencia. No le falta razón. Más contundente, aunque lastrada por su en exceso ambiciosa producción, es “Paradise now”, (Hany Abu-Assad, 2005, Holanda-Alemania-Palestina) una película de espléndido planteamiento y brillantísimas interpretaciones a la que su puesta en escena, fiel a los postulados del cine más industrial, casi entierran. Sin embargo, la poderosa atracción de este relato de dos activistas suicidas, sus reflexiones, temores y presiones, es suficiente material para construir un filme muy interesante. Sin los alardes de cámara -al parecer, decisión de su director para que el filme no recordará las tópicas imágenes de los informativos sobre la situación en la Palestina ocupada- estaríamos ante una obra ineludible, que aporta además complejidades en su trama que van más allá de cualquier maniqueísmo. Con su aspecto final, no es candidata al olvido por la orfandad en la que estamos sumidos de ficciones sobre la brutal opresión israelí sobre los naturales de Palestina.
“Zodiac” (David Fincher, EEUU; 2007) es un largo filme que mantiene su tensión e interés hasta que los condicionantes varios del omnipresente Hollywood le impiden progresar. Finalmente la bien construida trama sobre la desesperada búsqueda de un asesino en serie ilocalizable gira en favor de la, mucho menos interesante, obsesión de uno de los personajes por dar fin a esa búsqueda. La película se vuelve plana y obvia, y tampoco ayuda el simplista trabajo del reparto, ni los trucos algo bochornosos del guión. De interés, por supuesto, el hecho de que se trate de un filme de gran estudio rodado en video, tal y como revelan los extras del DVD, entre muchos otros secretos de la planificación del cineasta, básicamente convencional, y convenientemente teatralizada para las cámaras del ‘making off“. Clásica película que con menor presupuesto y más libertad de acción hubiera ganado sitio en la historia. A su lado, es sencillo advertir el no menor clasicismo de “That evening sun”, (2010, Scott Teems, EEUU) un melodrama sobre la extraordinaria cabezonería de varios personajes del sur estadounidense, un filme en la lógica teatral de tantas obras previas semejantes, ambientadas en una comunidad rural de algún profundo lugar de aquel país, incapaz de resolver las dificultades sin recurrir a la violencia. El debút del cineasta que la firma permite garantizar que hay miles de nuevos realizadores de su misma nacionalidad capaces de narrar, de la forma más adecuada posible a las convenciones, cualquier guión que se les aporte. La peculiaridad de este filme sería, en cualquier caso, la inexistencia de un solo personaje con buenas intenciones en todo su relato, que recuerda las historias de Russell Banks, salvando las enormes distancias.
“La jetée” (Chris Marker, Francia, 1962) continúa impresionando décadas después de su nacimiento, probablemente el cortometraje por excelencia. Compararla desde el tiempo pasado y sin prejuicios descubre aún que su apariencia y la extrema originalidad de su discurso, tan trascendente y conmovedor, dejan a la película en su exclusivo lugar bajo el sol. Más sumido en la sombra del tiempo, el octogenario Alain Tanner dejó de ser una referencia del cine de arte y ensayo hace ya cierto tiempo. El casi olvidado cineasta suizo fue el auténtico rey de los primeros años ochenta en este país, y sus filmes se estrenaban puntualmente en los casi únicos cines madrileños de versión original durante aquellos festivos años. Jonás, que cumplirá veinte años en el año 2000″ (‘Jonas qui aura 25 ans en l’an 2000, Suiza, 1975’) incluye buena parte de los planteamientos estéticos de su director, además de sus temores sociales, todos ellos no solo convertidos en certezas por el paso del tiempo, sino además aumentados y corregidos. Aparecen en este filme coral, que convierte a Tanner en un agorero a su pesar: la impotente lucha contra la crisis económica (la del 73), la necesidad de una nueva educación, la complicada solidaridad entre los desfavorecidos, la (por entonces) amenaza de la especulación, la expansión de las urbes que asfixia lo rural… El futuro del recién nacido Jonás se veía ya negro desde una Suiza en la que los personajes, cual filme de Rohmer, anuncian de palabra lo que Tanner subraya en imagen, con recursos tan ingenuos (soñar en blanco y negro, por ejemplo) que recuerdan a las canciones de Jeannette. Por cierto, los emigrantes que aparecen en barracones, el lumpen que trapichea con droga, son españoles.

Con “El demonio bajo la piel” (‘The killer inside me’ 2011, EEUU-GB, Michael Winterbottom) rescatamos al director de Blackburn, probablemente el cineasta más prolífico en estos últimos lustros. Adaptación de una novela de Jim Thompson, trátase de la descomposición de un agente de la ley, que carga con una semilla de violencia (no en vano vive en el sur estadounidense…) desde una infancia expuesta literalmente a brochazos por Winterbottom, como el resto de la acción, por otro lado. La película está construida con poca fe y es demasiado ceremoniosa, incluso cándida (a pesar de lo explícito de alguna secuencia, no precisamente de cama), para resultar enriquecedora, ni siquiera de la peculiar filmografía de este inglés a quien no le queda ya ningún palo que tocar, habiéndolo hecho a menudo (“Besos de mariposa”, “Wonderland”, “Welcome to Sarajevo”…) mucho mejor. Más nos gustó “Factótum”, (Noruega-EEUU, 2005, Bent Hamer) aproximación del director noruego Bent Hamer a la biografía de Charles Bukowski, en concreto el año previo a la primera publicación de uno de sus relatos, cuando sumaba ya cuarenta y nueve años. Coherentemente nórdica (el ritmo de la película es suave y liso, su interés o desafío el mismo siempre), merecen subrayarse la interpretación de Matt Dillon y Lily Taylor como su desfondada pareja protagonista. Producido por el responsable de los filmes de Jarmush, algo de huella en común existe en su aspecto. Pero la narración de Hamer es personal y limpia, y consigue describir de forma simpática y nunca vacilante las contradicciones personales del personaje, sin caer en la tentación a la que se expondría por exagerar o subrayar la alcohólica y miserable (también vitalista y entrañable) existencia del escritor en la época narrada.

“Reykjavik-Rotterdam” (Oskar Jonasson, Islandia, 2010) es un filme islandés, que perseguimos por proceder de ese país (de hecho, es el primero islandés que vemos…) y por tratarse de un guión del escritor Arnaldur Indridason, cuyas novelas gozan de cierto éxito en España, y en casa también. Si bien este filme no aporta prácticamente nada al bagaje cultural del país de Bjork ni al género negro en particular, tiene sus evidentes atractivos, no siendo el menor el descubrimiento de que el contrabando de alcohol forma parte de la vida cotidiana de ambos puertos. El filme no carece de brío, y ofrece además un humor muy peculiar, personificado en su doble y divertido epílogo, un sonoro chiste a coste de Jackson Pollock. La curiosa tendencia del escritor y guionista a apellidar de igual manera a sus diferentes personajes malvados, contribuye a desenmascarar, y muy pronto, al malo de la trama…de la misma manera que el trabajo de puesta en escena descubre que cineastas dotados para la acción hay semejantes e innumerables en todo el planeta.

Pero como Tomas Alfredson hay pocos. De hecho, su dirección de “Déjame entrar”( ‘Låt den rätte komma in’, Suecia, 2008, Tomas Alfredson) merece una especial atención y probablemente sea de las mejores, y más exigentes para un equipo técnico y artístico, que recuerde. Al nivel de Tourneur, desde luego, por comparar por arriba. Sujeta a un -diabólico- juego continuo con el foco, componiendo un porcentaje altísimo de sus planos en los límites de la profundidad de campo, personajes y objetos adquieren y ofrecen una sensación de alucinación, de fantasía, que cuadra exactamente con la propuesta argumental. Espléndida película de principio a fin, con la que se empatiza con suma rapidez, su exposición de la inocencia y la culpa, el deseo y la realidad, en un ambiente infantil y juvenil convierten a la película en una suculenta exaltación de los cuentos de horror. Además, su último plano es sencillamente genial.
“Vacaciones en Roma” (‘Roman holiday’, William Wyler, 1953, EEUU) evidencia qué mal han envejecido algunas películas de William Wyler, un director con el que, personalmente, crié mi primer gusto cinematográfico, hoy afortunadamente superado. Pretendido cuento de hadas, resulta en efecto inverosímil su retrato de la ciudad eterna en los cincuenta, sobre todo si establecemos una comparación con la profundidad del añorado neorrealismo y el nivel que por entonces evidenciaba el cine italiano. Que “Viaggo en Italia” de Rossellini y “Vacaciones en Roma” se rodaran a la par es la definición misma de contrasentido. La ingenuidad de la ficción de la Hepburn y Peck no casa tampoco con los aprietos con los que el macarthismo achuchaba Hollywood. Postal falsa como comedia romántica, sí hay que reconocer los prodigios que el clasicismo de Wyler y sus montadores llevaban continuamente a cabo para servir dos horas de metraje a un guión tan infame, fuera o no de Dalton Trumbo. En “El Ángel exterminador”, (Luis Buñuel, México, 1962) Buñuel se limita a sí mismo para no llegar hasta las últimas consecuencias en el devastador encierro de los náufragos de la calle Providencia. Con un arranque formidable del que participan los sirvientes para servir el enigma, el exceso de histrionismo en los intérpretes y de socarronería en la dirección acaban lastrando el interés tanto por la suerte de los personajes como por la trascedencia de la metáfora. De este filme se acumulan las referencias, las anécdotas y las vaguedades, como aquella misma de Buñuel, según la cual defendía a capa y espada que la simbología del filme, en caso de haberla, era meramente azarosa, lo cual resulta a ojos vista insostenible. En particular, lo especialmente reseñable es su valor como alegoría de la compleja relación del ser humano con la libertad, y su lección de ritmo narrativo, si descontamos el empacho de largos travellings en su primer momento, una danza de cámara que se interrumpe abruptamente, imprimiendo especial valor a la planificación del autor, dado que hay que suponer que no fue una decisión caprichosa. Los conflictos y obsesiones del cineasta con la iconografía del catolicismo son, como en otros casos, un lastre intelectual para su obra.

“The way back” (EEUU, 2010, Peter Weir) es el último trabajo del cineasta que más quiere ser David Lean, como demuestra la espléndida segunda mitad de este filme, una odisea entre Siberia y la India protagonizada por fugitivos de un gulag soviético. Aunque hiere la vista el lastimoso prólogo, y no menos el inútil epílogo, y como resulta evidente que a Weir, incluso en su calidad de co-guionista, le traen sin cuidado los tópicos del género -de tal manera que la fuga es casi una elipsis- hay que centrarse en el espléndido relato del enfrentamiento de los huidos con la naturaleza, con los espacios abiertos tan al gusto de Weir, con el tesón que les empuja y el drama físico que les exige su increíble itinerario. El filme está dedicado, como no podía ser menos, a quienes en verdad consiguieron llegar desde Siberia al Lago Baikal, de este al Gobi en Mongolia y de aquel al Tibet, para superar la cordillera del Himalaya y plantarse en la India, todo ello andando. La intensidad con que el cineasta se aplica a narrar lo extremo y épico del camino, frente a lo acomodaticio de las escenas de contextualización, evidencia cuál era su auténtico interés en esta aventura, producida, por cierto, por National Geographic, embarcada en la ficción. Se trata de otros de los filmes del australiano en el que los personajes encerrados necesitan, ansían aferrarse o se ven enfrentados a un cambio radical, poniendo en riesgo sus vidas, como en ‘Picnic en Hanging Rock’, “Único testigo’, ‘La costa de los mosquitos’ o más sutilmente, “El club de los poetas muertos’.


Para la última, dejo el referirme a la mejor película de este maratón, “Entre les murs” (Francia, 2008, Laurent Cantet), un prodigio de naturalidad y precisión, espontaneidad y arte, exigencia y recompensa, una película sobre la educación, profesores y alumnos, creada para que sus propios artífices se impresionen a sí mismos y, al tiempo, transmitan vivamente esa sensación. Una película sobre el contexto, como a mí me gustan. Como dijera Sean Penn al entregarle la Palma de Oro en Cannes, “an amazing picture”. Un cofre con la obra casi integra de Laurent Cantet (falta solo su primer filme), editado en Francia y con la versión subtitulada en castellano cuesta ¡¡16 euros!! en Amazon. La mejor inversión posible para educarse en cine y aprender de él alternativas para agitar la vida real.

MORIR MATANDO

Lo que pretende el primer ministro griego Yorgos Papandreu no debería haber sorprendido a nadie, no en vano es un gesto político tan habitual en la clase gobernante como puedan ser el traje y la corbata. Pero sorprende precisamente porque los gestos políticos (el encono contra el país adversario, la reivindicación de lo propio, el contraataque desarmado, la reacción electoralista…) han desaparecido del mapa europeo en beneficio de la obediencia ciega a la autoridad de las voraces corporaciones y ese mercado insaciable que mezcla bien a fantasmales especuladores con bien visibles financieros. La vergonzosa y pueril actitud de dirigentes sumisos como aquellos con los que cargamos en éste y otros tantos países, y su postura en pro de la conservación del status quo económico, político y social (haciendo oídos sordos a la multitud de señales, indignadas o no, que exigen, pronostican o cronometran su inevitable final: nada es eterno) nos lleva a una situación surrealista, al tiempo que contradictoria y autodestructiva: la demonización misma de la democracia directa y participativa. Contra ella, contra la decisión del dirigente griego de convocar un referéndum (esto es, morir matando) se ha alzado la política europea con su imperio mediático disparando desde los cuatro costados contra el indefenso ciudadano. Pero ello no cambiará la metástasis: El euro va a morir, afortunadamente y con él la pesadilla europea que ha engendrado esta sociedad encastillada y neurótica, capaz de generar gobernantes devastadores de la educación y lo social como Thatcher, Aznar, Major, Blair, Berlusconi, Merkel, González, Kaczyński, Barroso, Rasmussen, Chirac o Sarkozy, un elenco cuya frivolidad e impune gestión habla por sí solo de la necesidad de un cambio. Alemania y Francia han invertido mucho dinero y mucho tiempo en solucionar presuntos problemas en Grecia, Portugal , Polonia, Rumania o España, pero lo hicieron emboscados tras sus propios intereses: convertirnos a todos en consumidores, hacernos creer que las infraestructuras viarias o el poder volar como quien tiende la ropa nos saldría gratis. La realidad es bien otra: hemos vivido de limosnas a cambio de devolverlas rápidamente. Han sido cuatro gatos los que han trabajado en beneficio de la comunidad, el resto se ha limitado a ver venir las olas, procurando nadar poco y guardar bien las ropas. Hemos destrozado el granero y quemado la tierra sin detenernos a pensar. Papandreu ha leído el partido y sabe perfectamente que no existe arreglo posible en el resultado. Así las cosas, mejor que la responsabilidad recaiga sobre los griegos, no en vano ellos fueron y serán por siempre los padres de nuestra auténtica civilización, que no se fundó precisamente sobre las bases del neoliberalismo radical, sino sobre las de la democracia participativa.

p.D Conocida la marcha atrás en el referéndum, la cuestión es, básicamente, hasta cuando se prolongará la agonía.

VIAJE A ITALIA

“Los hombres no se muestran lo suficientemente agradecidos a quien quiere elevar sus necesidades más íntimas, a quien desea transmitirles una bella visión de si mismos y hacerles sentir lo que hay de magnífico en una existencia noble y verdadera. Pero cuando uno miente a estos pájaros y les cuenta cuentos, cuando uno les ayuda a pasar el día, se convierte en su hombre, por eso encuentran tanta aceptación en nuestros días. (…) Simplemente quiero constatar cómo son las cosas y no hay que admirarse, por tanto, de que todo sea como es.”

Goethe, Viaje a Italia (1786)

“…Ahora sólo busco la impresión de las cosas sobre los sentidos, que ni libros ni estampas pueden dar. Se trata de volver a tomar interés por el mundo, de probar mi espíritu de observación, de examinar los límites de mi sabiduría y conocimientos; si la luz de mis ojos es limpia y clara, cuántos objetos puedo percibir de golpe, si las arrugas que se han grabado en mi alma pueden eliminarse”