MOON

Con explícitas y despreocupadas referencias a “2001, una odisea del espacio”, o a “Solaris”, y otras menos obvias pero igual de excitantes a “Atmósfera cero” o a “Blade runner”, da gloria adentrarse en un filme como “Moon” (Duncan Jones, 2009, GB), un ejemplo en el que la ciencia-ficción retorna al espacio reflexivo, más allá de catastrofismos y monstruosidades. Dirigida por el hijo de mi admirado David Bowie (detalle del que me entero con posterioridad, haciéndome gozar, con ello, de aquel tiempo perdido en que miraba el cine con el nulo prejuicio de la sesión continua) este filme británico ingenioso y profundamente entretenido rememora los paisajes y pasajes literarios de un Stanislaw Lem, y deja para esa posteridad que anuncia (con un ancla muy cercana en nuestro hoy en día, la crisis energética y la impunidad de las corporaciones) algunas escenas de gran ingenio y dramatismo. El dolor existencial y la consiguiente construcción psicológica de los personajes crece sabiamente, de manera pulcra, gracias a un guión al que perfeccionan el impresionante actor Sam Rockwell y la puesta en escena de estilo conciso, en oposición a cualquier redundancia o exageración, claramente vinculada a un story-board o planificación previa muy exigente. La elección de una partitura sencilla y preciosista agranda el buen gusto de sus autores. La película, sobria como su título, funciona en todos los ámbitos, cuando se quiere burlesca y jovial, y cuando se pretende tensa y honda.

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