LOCALIZANDO

Dos meses después de iniciar su búsqueda, dos tercios de las localizaciones donde rodaremos “El mal del arriero” están elegidas, esto es, encontradas. Viajes obsesivos, anécdotas desarmantes, encuentros amables, investigaciones privadas, conversaciones sin cartón, diálogos cinéfilos, sobremesas eternas en pos de lugares apropiados para hacer visible un relato que, en buena parte, estaba previamente ambientado en sitios ya existentes, a los que hemos acudido -en algún caso, vuelto- para reconocer su salud. De hecho, buena parte de ellos fueron el origen del relato en que se basará la película, encontrados en su día entregados a los límites: el del abandono, el de la belleza, el de la tierra firme, el del azar… Un itinerario sentimental en el que descubrir, como se preveía, que donde la imaginación llega resulta, en ocasiones, imposible que llegue una cámara. Así, algunos de los monumentos a la memoria que aparecen en la novela en que se basa el filme no aparecerán en la pantalla, siendo sustituidos por otros que harán la vez de los originales. Alguno, incluso, ha llegado a desaparecer físicamente de donde supuestamente estaba, de donde debería haber estado, de haber sido fiel al recuerdo del perpetrador de la historia.

Las localizaciones nos han llevado por Extremadura, Galicia, Castilla y Portugal. Nunca es sencillo allanar el camino al rodaje, y menos en una historia como la nuestra, que es película de carretera, y por lo tanto, tan episódica como coral. Exteriores, interiores, parajes, paisajes…Llegamos empujados por el buen viento hasta Cabo Espichel, al antiguo monasterio y su arquetípico faro, rodeado de los acantilados donde acaba nuestra acción, en la ficción, que no en la búsqueda. Reconocimos el discreto barrio de Alvito, en la Floresta de Monsanto, encaramados frente al 25 de Abril de Lisboa, como símbolos de la supervivencia de un eslabón perdido entre el proletariado y la clase media. Planificamos, al norte, una de las secuencias principales en el sin par Lago de Sanabria, muy cerca de la localidad de El Puente, donde rodaremos otra escena en un hotel entrañable, con el comedor más fotogénico del norte. Y más al norte aún, el Atlas que soporta el mundo en la compostelana Praza do Toural nos servirá de apoyo para sacar adelante una complicada secuencia en medio de una de las calles más concurridas de la Península, donde organizarse es esencial como un cuenco para el Albariño.

Y ya en el sur, habrá escenarios en Herreruela, como no podía ser menos, un paseo por estas calles aún blancas y necesariamente tranquilas para mover actores de primera. También acudiremos a Aliseda, Carbajo y Valencia de Alcántara, volviendo además a nuestro hogar-fetiche, la cantera de El Cabezo, en Alcántara, donde acostumbramos a desnudar gente y a recargar energía a base de frío. El grueso de las localizaciones urbanas e interiores están ubicadas, en un principio, en Cáceres, mal que me pese, porque la ciudad sigue siendo hostil, con su amenaza de rotondas e impaciencia. Le concedemos, nosotros a ella, una nueva oportunidad. También escaparemos para un par de secuencias a Villafranca de los Barros, cortesía de los mejores amigos, y por medio, en Arroyo de la Luz y Casar de Cáceres, enseñaremos algunos de los lupanares y moteles que nos servirán de creíbles locales para nuestra planificación, ya que son difícilmente disimulables en su aspecto recio y superficial. Un relato como el nuestro, repleto de tópicos que hay, necesariamente, que subvertir.Y es complicado conseguirlo en lugares que parecen salidos del rodaje de un filme español. Las carreteras entre Portagem y Portoalegre, entre Brozas y Herreruela, entre Villamiel y San Martín verán el paso del coche de nuestro protagonista, un modelo de 1969 que deberá volver a acostumbrarse a las curvas. Ya lo estará, por edad, a los troncos de árboles encalados que, silenciosos en las cunetas, sobreviven en algunos lugares de Portugal como brotes verdes de un pasado enterrado por el asfalto y el vértigo de la especulación. Si un autómovil sintiera nostalgia, habría que llevarlo hasta Castelo de Vide.

Considerable gasto de neuronas, neumáticos, suelas, horas de reloj, novelas de bolsillo y trámites conlleva localizar. Al tiempo, es una tarea grata como pocas, de las que más agradan de este oficio de insensatos, donde el trabajo de cualquier día es inútil sin el del año anterior al completo. Me refiero, lógicamente, a nuestro trabajo, no al de otros cineastas que delegan hasta la promoción, como está ahora mandado. La película crece a golpe de brújula, apuntes, noches de pensión o albergue chic, y tachaduras en el papel mientras imaginas el procedimiento que convierta la realidad en ficción. Arte, fotografía, producción y dirección dependen de una elección adecuada, hecha con holgura de tiempo y un criterio flexible. Tan flexible como que la única exigencia es que nos valga para avanzar…En este caso, hemos tenido suerte. Avanzamos.

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