Mes: septiembre 2010

A CUESTAS CON EL CADÁVER

El tema refinería tendrá el mismo final que el tema capitalidad cultural, pero como no hay jurado de por medio, el entierro se pretende tan sonoro que sigue escandalizando. El disparate asombra (sigue asombrando, nuestra capacidad de aguante es la de Cassius Clay) cuando, en la prensa, se da vía a ministra, ministro o visitante que se tercie. La actual -le faltan dos telediarios, como a sus jefes- se despacha anunciando que Gallardo “ha pedido una prórroga” para la presentación de papeleo. Al tiempo dice que una Declaración de Impacto Ambiental es algo “totalmente reglado”. Lo cual no quita para que concluya que “(el proyecto de refinería es) una iniciativa privada que va presentando la documentación cuando decide o lo considere oportuno o tiene la oportunidad de presentarla”. Más o menos, la regla general ante la Administración Pública: barra libre de plazos. ¡Aún cuando Gallardo se ha cansado de decir que lo había presentado todo, todo! ¡Y los sucesivos Presidentes de la Junta, de adelantar una fecha de resolución! ¡y un alcalde socialista se plantó ante el Ministerio exigiendo la publicación de la DIA! De verdad, si esta gente ha llegado al poder, no quiero ni pensar en cómo discurren sus subalternos.

COMO ESTATUAS DE SAL

La panda de mangantes tendrá que inventar otro teatrillo para embolsarse la pasta fácil. No les costará trabajo: ellos inventan nuevas vetas en cada cena. La ciudad culta no tiene ni media hostia, ni la tendrá tampoco con semejante representación, semejante política y semejantes criterios ‘culturales’. Sus creadores están emigrados, abochornados, ninguneados, o todo a la vez. Ni que decir tiene que me cuento, afortunadamente, entre ellos. Más que una ciudad, es un sonrojo. Basta con ver el suelo de sus calles para compadecerse de ella. Consuelo de botellín…

Mucha disciplina
mucha dedicación.
Muchos están dormidos
muchos esconden la voz.
La calle una letrina
cultura en el cafetín.
Escuela de homicidas
consuelo de botellín.
Es verdad que te hierve la sangre
es mortal pero todo es mortal.
Dale más que la puerta se abre
es normal que te quieras largar.
Algo cuece.
Basta ya de la burra en el pesebre.
Algo cuece.
Aguantar como estatuas de sal.
Como escuece.
Ni ley ni misioneros
suele pasar
basta ya!
Normas militares
carne de batallón.
Autogestión.
Si no es inconveniente
se admite la oposición.
Autogestión.
Raza de lunares
historia en el paredón.
Autogestión.
Con suerte recadero
de un chorizo resultón.
autogestión
Es verdad que te hierve la sangre
es mortal pero todo es mortal.
Dale más que la puerta se abre
es normal que te quieras largar.
Algo cuece.
Basta ya de la burra en el pesebre.
Algo cuece.
Aguantar como estatuas de sal.
Como escuece.
Ni ley ni misioneros
suele pasar
basta ya!
Mucha disciplina
mucha dedicación.
Autogestión
Muchos están dormidos
muchos esconden la voz.
Autogestión
Raza de lunares
historia en el paredón.
Autogestión.

RIBADAVIA

La joven tendría veintitrés o veinticuatro años, el pelo rizado negro y la camiseta igual de negra pegada a un busto punzante. Bajo sus pantalones negros bullían dos piernas que no paraban quietas, unidas a la tierra por sus pies y a su lecho por una desinhibida conversación. Tenía absolutamente de los nervios a su compañera, al servicio de la clientela del restaurante como ella, pero mujer de más años, con el pelo rubio de peluquería vespertina recogido, y el tránsito enérgico de quien tiene aún mucho quehacer mientras otros hablan, fuera lo que fuera lo que la irresponsable expusiera, o no ocultara. A la joven de la barra la escuchaba un caballero entrado en años, vestido con ése mismo atuendo de camisa y pantalón, uniforme de todos los padres desde hace décadas. El caballero tenía en el rostro, en el murmullo de sus monosílabos y en el gesto corporal de las piernas en tijera la indiscutible esperanza de enjaular su pene en alguna parte de aquel cuerpo que le hablaba sin parar, precisamente de aquello, de aquellas partes del hombre y la mujer, de sus noviazgos veinteañeros, de la incomprensión de los hombres con su adolescencia a cuestas, de lo aburrido de su vida en aquella ciudad de nieblas, que debía parecerle una muchedumbre en la oscuridad, donde los jovencitos que pretendía, y conseguía, eran de buena familia pero tan aburridos que más que sus inútiles amantes parecían sus hijos inútiles. Mientras discurría la cena que nos había llevado hasta allí, a ser los penúltimos clientes del local abierto a la carretera y a la pantalla con el fútbol, discurría también la conversación entre varón inquieto y hembra feroz. Ella oficiaba de postizo de mujer que apremiaba los consejos del hombre adulto y pedía de él su comprensión y su disposición al oficio de celestino. Él balbuceaba los clásicos de nuestra histórica paciencia, la recogida en los anales como la intuición de lengua hacia fuera del polvo rápido, incluso mantuvo la expresión cuando ella le preguntó la edad de su hijo (“32 tiene”, dijo él), contundente alusión que comprometía su esperanzada dignidad y rebajaba a quizás ninguna sus posibilidades. Yo miraba por todas partes la abundancia de la joven y la bajada en el contador de combustible de aquel meritorio, convencido de haber llegado a la edad en que, aunque ella me exigiera a solas, desnuda y mirando hacia la mismísima Pamplona, ese cuerpo no tenía ya nada que ver con ninguno de los míos. Y nos fuimos bien cenados, hablando largo tiempo de esa carne que llaman sexo y tan parecida era al amor.

LOCALIZANDO

Dos meses después de iniciar su búsqueda, dos tercios de las localizaciones donde rodaremos “El mal del arriero” están elegidas, esto es, encontradas. Viajes obsesivos, anécdotas desarmantes, encuentros amables, investigaciones privadas, conversaciones sin cartón, diálogos cinéfilos, sobremesas eternas en pos de lugares apropiados para hacer visible un relato que, en buena parte, estaba previamente ambientado en sitios ya existentes, a los que hemos acudido -en algún caso, vuelto- para reconocer su salud. De hecho, buena parte de ellos fueron el origen del relato en que se basará la película, encontrados en su día entregados a los límites: el del abandono, el de la belleza, el de la tierra firme, el del azar… Un itinerario sentimental en el que descubrir, como se preveía, que donde la imaginación llega resulta, en ocasiones, imposible que llegue una cámara. Así, algunos de los monumentos a la memoria que aparecen en la novela en que se basa el filme no aparecerán en la pantalla, siendo sustituidos por otros que harán la vez de los originales. Alguno, incluso, ha llegado a desaparecer físicamente de donde supuestamente estaba, de donde debería haber estado, de haber sido fiel al recuerdo del perpetrador de la historia.

Las localizaciones nos han llevado por Extremadura, Galicia, Castilla y Portugal. Nunca es sencillo allanar el camino al rodaje, y menos en una historia como la nuestra, que es película de carretera, y por lo tanto, tan episódica como coral. Exteriores, interiores, parajes, paisajes…Llegamos empujados por el buen viento hasta Cabo Espichel, al antiguo monasterio y su arquetípico faro, rodeado de los acantilados donde acaba nuestra acción, en la ficción, que no en la búsqueda. Reconocimos el discreto barrio de Alvito, en la Floresta de Monsanto, encaramados frente al 25 de Abril de Lisboa, como símbolos de la supervivencia de un eslabón perdido entre el proletariado y la clase media. Planificamos, al norte, una de las secuencias principales en el sin par Lago de Sanabria, muy cerca de la localidad de El Puente, donde rodaremos otra escena en un hotel entrañable, con el comedor más fotogénico del norte. Y más al norte aún, el Atlas que soporta el mundo en la compostelana Praza do Toural nos servirá de apoyo para sacar adelante una complicada secuencia en medio de una de las calles más concurridas de la Península, donde organizarse es esencial como un cuenco para el Albariño.

Y ya en el sur, habrá escenarios en Herreruela, como no podía ser menos, un paseo por estas calles aún blancas y necesariamente tranquilas para mover actores de primera. También acudiremos a Aliseda, Carbajo y Valencia de Alcántara, volviendo además a nuestro hogar-fetiche, la cantera de El Cabezo, en Alcántara, donde acostumbramos a desnudar gente y a recargar energía a base de frío. El grueso de las localizaciones urbanas e interiores están ubicadas, en un principio, en Cáceres, mal que me pese, porque la ciudad sigue siendo hostil, con su amenaza de rotondas e impaciencia. Le concedemos, nosotros a ella, una nueva oportunidad. También escaparemos para un par de secuencias a Villafranca de los Barros, cortesía de los mejores amigos, y por medio, en Arroyo de la Luz y Casar de Cáceres, enseñaremos algunos de los lupanares y moteles que nos servirán de creíbles locales para nuestra planificación, ya que son difícilmente disimulables en su aspecto recio y superficial. Un relato como el nuestro, repleto de tópicos que hay, necesariamente, que subvertir.Y es complicado conseguirlo en lugares que parecen salidos del rodaje de un filme español. Las carreteras entre Portagem y Portoalegre, entre Brozas y Herreruela, entre Villamiel y San Martín verán el paso del coche de nuestro protagonista, un modelo de 1969 que deberá volver a acostumbrarse a las curvas. Ya lo estará, por edad, a los troncos de árboles encalados que, silenciosos en las cunetas, sobreviven en algunos lugares de Portugal como brotes verdes de un pasado enterrado por el asfalto y el vértigo de la especulación. Si un autómovil sintiera nostalgia, habría que llevarlo hasta Castelo de Vide.

Considerable gasto de neuronas, neumáticos, suelas, horas de reloj, novelas de bolsillo y trámites conlleva localizar. Al tiempo, es una tarea grata como pocas, de las que más agradan de este oficio de insensatos, donde el trabajo de cualquier día es inútil sin el del año anterior al completo. Me refiero, lógicamente, a nuestro trabajo, no al de otros cineastas que delegan hasta la promoción, como está ahora mandado. La película crece a golpe de brújula, apuntes, noches de pensión o albergue chic, y tachaduras en el papel mientras imaginas el procedimiento que convierta la realidad en ficción. Arte, fotografía, producción y dirección dependen de una elección adecuada, hecha con holgura de tiempo y un criterio flexible. Tan flexible como que la única exigencia es que nos valga para avanzar…En este caso, hemos tenido suerte. Avanzamos.

TRISTE DESTINO


La Consejería de Cultura y Turismo de la Junta publica la adjudicación de la obra de “Actuación en el Alcázar del Castillo de Magacela”. Puesta en valor, pues, como nos tiene acostumbrados, eufemismo de liquidación. Afortunadamente, llega un año después de que rodáramos en el castillo “El sabio mudo”, y varios han transcurrido desde los episodios que le dedicamos en “El lince con botas”, incluido el titulado “De acompañamientos y entierros”, uno de mis favoritos por la turbadora majestad de los hombres y mujeres del pueblo al hablar de la muerte y de su antiguo calaverno. Las almas que moran en el camposanto de Magacela recibirán ahora otra molestia, a buen seguro la definitiva. El abandono vergonzante de las tumbas -salvo aquellas pocas, cuidadas y hermosas, que inspiraron el argumento de nuestro cortometraje- llega a su fin. Y con él, todo lo demás también. Una lástima: el lugar es, probablemente, de los más hermosos de esta tierra.

EN EL CORAZÓN DE LA MENTIRA

‘No existe una “nueva ola”, sólo existe el mar.’ Claude Chabrol

Hay mucha razón en el dicho de que hay personas que no deberían morir nunca. Una de ellas hubiera sido Claude Chabrol, cuyo magisterio en el cine de éste y el anterior siglo es comparable al de los más grandes. Un filme de Chabrol es una fiesta para la inteligencia. “Las ciervas” (1966), “Al anochecer” (1971), “Asunto de mujeres” (1988), “El infierno” (1994), “La ceremonia” (1995), “No va más” (1997) o “La flor del mal” (2003) son películas adorables, dentro de su rigurosa denuncia, ácida pero expresada casi sin despeinarse, de una sociedad maldita por su sumisión al dinero, y a las pérdidas que él conlleva. La película que elegiría para recordarle se llama “En el corazón de la mentira” (“Au coeur du mensonge”, 1999), una obra maestra rodada con el productor Marin Karmitz, el gran benefactor del cine contemporáneo y que ya desde su título refleja el sentido de la obra de Chabrol. En el corazón de la mentira que nos rodea se movió como pez en el agua. Y hay que ver el mérito que tiene haber sobrevivido.