Mes: octubre 2009

A REMOJO

Sentencia del Tribunal Supremo sobre el Polígono de las Aletas, en Cádiz. La Junta andaluza, el Ministerio de Medio Ambiente (y el Gobierno) y WWF Adena de por medio. Las cosas no son tan sencillas como se creen algunos. Los votos cautivos cuentan. Pero hasta cierto punto: no más allá de la razón, ni de la ley. Probablemente, gobierno y Junta reaccionaran como con el caso “Algarrobico”, haciendo caso omiso. Allá ellos. Hasta ahora se salen con la suya, a base de impunidad. Pero nada es eterno. Y menos tan visible.

MY BLUEBERRY NIGHTS

Nos arrimamos literalmente a “My blueberry nights” (2007), la cálida película norteamericana de Wong Kar Wai. Con el sugestivo atractivo de que su director de fotografía (Darius Kondjhi) ha estado trabajando hace unas semanas en España, y con el colega Juanjo “Txi” Rodríguez, que leerá estas líneas mientras saborea la propina del Alcorcón. Aún no repuesto de la impresión (encima es buena persona, el tipo) observamos que el filme de Kar Wai es básicamente una película de cámara, relectura esteticista de un cuento moral sobre personajes sin brújula, un drama de sentimientos apenas enunciados, pero expuestos con persistencia por una cámara inquieta, que filma a distintas velocidades a través de visillos, cortinas o floripondios. Actores en actuaciones excepcionales (incluido Jude Law, a quien hasta la fecha detestaba), actrices conscientes de estar bailando con un genio. Un cineasta que incluso cuando construye sombras las hace luz.
La magia del filme procede de sus caricias, incluidas las canciones jazzistícas de buen oír, una ondulante marea de música negra, resbaladiza. Ráfagas de ternura, batallas mínimas, estatuas bienhabladas. Por allí pulula de todo un poco. Una película a la que le sobraría incluso el guión (escrito por Kar Wai junto al prolífico escritor de novelas policíacas Lawrence Block), que no los diálogos. Pero lo enorme, lo estratosférico, es la originalidad de emplear para una película diferente la música de otro filme previo: aquí reaparece “Yumeji’s theme”, la arrebatadora melodía de Shigeru Umebayashi para “In the mood for love” (2000), del propio Wong Kar Wai. Lo irresistible del caso es que ¡”Yumeji’s theme” era el tema central de la pelicula “Yumeji” dirigida por Seijun Suzuki en 1991! Triple salto mortal. La versión para armónica, de Chikara Tsuzuki, incluida en “My Blueberry nights” es un sonido añorado, solemne, que nos separe y nos une. La amo.

http://www.goear.com/files/external.swf?file=42742bc

LA BESTIA POP

http://www.goear.com/files/external.swf?file=11ed4d3

¡A brillar, mi amor!, ¡vamos a brillar, mi amor! Un estribillo irresistible. Lo bueno de tener un veterinario generoso, argentino y melómano (el gran Renato Asprella) es que sabe de lo que habla: En la Argentina se tiene conocimiento de causa cuando se trata de rock en castellano. En la oscuridad de la carretera, recuperamos el álbum de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, “Gulp” (1985) que tuvo la amabilidad de copiarnos. Incluye esta maravilla llamada “La bestia pop”, con unos acordes en el solo que ya estaban en la melodía de “Lawrence de Arabia” escrita por Maurice Jarre. Pero no sólo. Adjunto una versión en vivo. Terciopelo rojo, oiga.

DAVID

David tiene buena prensa, pero para muchas personas su figura siempre es la del otro, nunca la propia. El ejemplo es el de los demás. David demuestra cada dos por tres, vestido siempre de otro, que la ilusión, la coherencia y el esfuerzo pueden convertir lo aparentemente imposible en realidad. Aunque sea de forma coyuntural, descubre las miserias del negocio, o las mentiras del sistema o la burla del capital. Mucha gente se alegra cuando el poderoso se inclina ante David, armado con una onda y una piedra frente al vil metal. Pero la alegría no es por ver caído al poderoso, ni por ver gozar al humilde vencedor. La alegría es porque ha sido otro. De lo contrario, no cabe una explicación: ningún Goliath podría, día tras día, vencer como vence. No frente a tantos millones de David.

HOMENAJE

El I.E.S Pérez Comendador de Plasencia, a partir de la iniciativa de su director José Mª Sánchez, ha organizado una jornada de homenaje a Agustín Sánchez Rodrigo, un personaje clave para la cultura extremeña del XIX y el XX. “Un hombre que ayudó a aprender a leer a varias generaciones de españoles…Un hombre que no trató de persuadir sino de convencer. Que no se levantó sobre los demás ni exigió reconocimientos ni honores, que ni aprovechó la ocasión, ni creó la oportunidad, ni sacrificó a la ambición todo el contenido de su existencia.Un extraño juglar, un hombre arruinado. Un creador. Quizás, simplemente, un hombre ilustre…”.
Víctor Chamorro noveló su biografía en “Sin raíces” y nosotros, modestamente, dedicamos un episodio de “El lince con botas” a glosar su obra como pionero. Durante la jornada del viernes, a las 11’30 horas en este instituto de Plasencia se proyectará “Agustín Sánchez Rodrigo, no habrá más penas ni olvido”, tras una mesa redonda en la intervendrán Gonzalo Sánchez Rodrigo, Teófilo Porras, el propio Chamorro y José Julián Barriga. El título del capítulo, obvia referencia al tango inmortal, le viene como anillo al dedo a la propia serie. Aunque algunos quieran enterrarla en vida, “El lince…” sigue presente como lluvia fina o, quizás como calabobos, que al fin y al cabo es lo mismo, pero no da igual. A nosotros, por ejemplo, nos gusta mojarnos. Aunque sea cosa de bobos.

EL CIELO ENNEGRECIDO

La mañana, ya casi en Todos los Santos, es agotadoramente cálida. No llueve, el campo agoniza y el ganado acude a cualquier silbido como un boxeador noqueado acudiría a su rincón. En los tesos no es que haya crisis, hay una tierra renegrida y estupefacta por la sequedad, en la que pugnan por sobrevivir los azafranes, como si no fuera con ellos. Por la noche, se han oído disparos. Los venados acuden a los prados cansados, saltando o tirando los muros de piedra. Para impedirlo, los paisanos cuelgan de las ramas de las encinas desde bolsas de plástico hasta cacharros de hojalata, incluso gorros rojiblancos de papá noel. Pero los venados regresan, en su ruidosa desesperación. Algunos les aguardan, salvajes, y arrojan lo que no quieren de sus cuerpos muertos junto a los muros. Allí, dónde quedan sus despojos, de buena mañana, como hoy, los buitres conceden un espectáculo de exhuberancia animal. Cómo dice el vecino, Ángel, al levantar el vuelo por nuestra presencia han ennegrecido el cielo. Me acerco más hacia dónde se encuentran como un estúpido entrometido, y les cuento: cincuenta y nueve sólo encima de mi cabeza, el más cercano apenas a siete u ocho metros, los restantes elevándose sobre la térmica. Diez o doce más permanecen en el suelo, como Suárez ante Tejero. Apenas nada queda ya del hermoso animal, matado contra la ley escrita. Al fondo comienza a oirse un sonido familiar, que se acerca enseguida: una bandada de grullas, más de cien, dibujando diez o doce uves en el cielo, sin confusión de sus alas con las de las rapaces. Enmudezco aún más. Más competencia para dar fin de las bellotas, caídas milagrosamente a millares de los árboles, no se sabe cómo. Son más de la diez y del cielo se esfuman las plumas. El calor agota ya la paciencia del avefría, que comienza a comprender.

EL MOMENTO

A las dos y media de la mañana del viernes, aún resiste la sonrisa del camarero (¿peruano?, ¿boliviano?) que nos atiende en el VIPS de Alcalá quinientos y pico. El guarda de seguridad del edificio (¿boliviano?, ¿peruano?) también sonríe al vernos volver, una hora y media después de lo previsto. Dan las seis y entonces salimos del estudio. A esa hora, poco menos, acabamos de ver, los cinco, el cortometraje terminado, su luz y su sonido consumados. Dando tumbos, con ánimos para comentar, alargamos un Madrid repleto de esquinas, y de coches que se diluyen a las siete de la mañana como por un hechizo gallego. Unos quedarán en Madrid, otro viajará a Alicante a enfrentarse al Doctor No con astucia y paciencia. Pero eso será después. Volveremos nosotros a casa tras pasar lo que queda de noche y el arranque de la mañana apurando el imposible silencio de una ciudad en la que un quiosquero cierra al alba mientras otro abre un segundo después, portando las mismas noticias ya muertas al amanecer.

Esa mañana del barrio de Salamanca me sorprende desayunando entre señoras férreas como tiestos en su homenaje al uniforme de una clase tan caduca como triunfal. En el apartamento prestado se duerme bien, pero las paredes son de papel de fumar y yo estoy ya acostumbrado a los muros de metro y medio. Comer, comimos estupendamente, pero da coraje hacerlo en una terraza a finales de octubre. Hablar, hablo mucho. Cómo será el siguiente, cómo adaptaremos la novela, qué tal nos irá. Daniel habrá amanecido junto a sus hijos Noa y Joel, y Juanjo renunciará al gimnasio sin saber exactamente cómo explicarse esa madrugada, intensa pero no la granadina que le había preparado el destino. Al volver, la tarde cae sobre Malpartida de Plasencia y entonces, hasta el toro de Osborne es hermoso a contraluz. Cuando llegamos a casa, esta película es historia. Pequeña, un pequeño silencio volcado en el asfalto. No ha llegado el momento de marcharnos.