Mes: junio 2009

RESACA

Consecuencia lógica de la celebración casera del solsticio de verano, con buena y mucha compañía, incluidos a quienes se echó de menos. En un momento dado aquello parecía una reunión tumultuosa, una revisitación familiar de la portada del Sergeant’s Peppers. Lo nunca visto. Si de lo que se trataba era de defender la alegría, cabe considerarla una nueva cima de aquello que podríamos llamar la defensa a ultranza del humorismo. Éxito predecible de la cerveza, e indiscutible de la danza, las canciones, Rubén Blades, las empanadas caseras, ¡Domenico Modugno!, los clásicos de siempre (más el “Psychokiller” de los Talkings) y los sacos de dormir, entre otras consumiciones, actividades y deleites, como la aparición de “Los púa verde”, adecuada la terraza como escenario para el debú. El masaje al pinchadiscos fue una novedad que, querida Chus, debería convertirse, ya, en ritual, antes de que se convierta en leyenda.

A GIRL LIKE YOU

Durante la jornada festiva, lúdico y reivindicativa en la orilla del Guadiana, el pasado 30 de mayo, una pareja de británicos instaló un tenderete en el que vendía compactos y vinilos a buen precio. Grabaciones de segunda mano y en algún caso, difíciles de hallar en la península. ¡Y héte aquí que apareció! Tras años buscándolo, infructuosamente, ahí estaba el álbum “Gorgeous George” del escocés Edywn Collins, una joya contemporánea al brit pop, con una producción que pulveriza los depósitos del funk y una voz tan Bowie que parece confundirse con el mismísimo Camaleón. El solo de guitarra de “A girl like you” -con su escandalosa distorsión- me sigue abrumando dos mil veces después. El disco incluye esta canción que me embriagó desde el mismo día que la escuché y a la que perseguí hasta convertirse en el primer tema que descargué con la “mula”. No había más remedio. El clip rodado por Gavin Evans es espléndido también: un uso adecuado de la postpo y su cacharrería emblemática de aquellos días, y un sensual guiño a la saga Bond. ¡Cinco euros! costó el compacto. Lo que me hubieran pedido. Por el disco y por el momento.

LA ENCUESTA

Leo en la cabecera del grupo Prisa una “información” acerca de una divertida encuesta de la empresa Metroscopia sobre el cine español, según la cual un porcentaje enorme lo considera “bueno” (sic), pero lo prefiere “ver en casa” (como Aznar con el catalán: no hay forma de demostrarlo). Y otro porcentaje aún mayor considera que el Estado debe perseguir con dureza “la piratería”, a pesar de lo cual se apunta que este país es el segundo del mundo en consumo de producciones “pirateadas”. Para más inri, se afirma que el público español (sic) expresa “su cansancio por los dramas sociales, las películas intimistas y las de posguerra”. Es decir, está cansado de Victor Erice, que no filma hace décadas, aún a pesar de tratarse de uno de los dos o tres auténticos artistas reconocidos del cine español desde su nacimiento.

En realidad, la audiencia carpetovetónica está cansada de sí misma, de sus contradicciones en materia moral, de ocio y de consumo -todos y cada uno llevamos un pequeño delincuente a cuestas, y raros son los que desperdician alguna oportunidad de ampliar su instrucción en picaresca-, pero no demuestra nunca el valor suficiente para tratar su crisis de confianza. En particular, y en el caso del cine, parte de la gente desconfía del personal que monopoliza la producción audiovisual en este país, incapaz de construir dramas sociales, películas intimistas y de posguerra como hacen en otras latitudes, y no necesariamente los estadounidenses. Y precisamente por las carencias de este grupúsculo: de talento, inicialmente; pero también de educación cinéfila y humanista en general, admirablemente presentes también en su público potencial y, sobre todo, en los dueños del mercado. Lo imposible de su aperturismo, su inaguantable docilidad y la facilidad de amarre de los recién ascendidos convierten en imposible que termine la perpetuación de la endogamia, el enchufismo, y el chantaje sexual como principales puertas de arribe a la profesión. El cine español, a nivel de producción, dirección y jefatura técnica, es, en la práctica, una secta tan inaccesible y perfeccionada como cualquier otra. Y la población husmea una evidencia que cualquiera que se dedique a esto ha descubierto al primer cuarto de hora.

La empresa encargada de la encuesta se cubre de gloria: toda ella es una contradicción insuperable. Existe un buen cine español, desde luego, pero metido en las neveras de decenas de cineastas ignotos y echados a perder, incluso antes de llegar a serlo, o con sus largometrajes a cuesta. Y ruedan además dramas sociales, películas intimistas y de posguerra también. De ese cine los encuestados no tienen, a buen seguro, ni la más remota idea. El problema es, precisamente, el grupo Prisa y el resto de exhibidores, teledifusores y distribuidores al servicio del mal (gusto) absoluto y de la estipulación de lo “mayoritario”, por supuesto dirigido, como fórmula básica para la perpetuación del pensamiento único y, de paso, la desinformación. Porque, ¿cuáles son los gustos del público? ¿Los comedias reprimidas, las películas extrovertidas y de la guerra de Secesión? ¿Los filmes fascistoides, hiperviolentos o las tv movies sobre el Alzheimer en Dakota del Sur? Más bien son esos los productos por los que se apuesta como vía única: a mis abuelos y padres les encantaba el cine mudo de Chaplin, Lloyd y las películas de terror de la Universal, considerados hoy en día epígonos de la calidad cinematográfica. Por entonces, eran también puro entretenimiento. ¿Se pretende entonces que el cine español, el europeo, adopte los argumentos del cine de consumo actual? Por ahí van los tiros desde hace lustros. La publicación de ésta y otras “informaciones” interesadas lo demuestra con total impunidad. La clase de películas que se promocionan de entre las producidas en España, otro tanto. Al final, todo se reduce a lo mismo: monopolio y obtención de dividendos económicos y políticos con el consentimiento o la incapacidad para oponerse de las gentes. Unos son agentes de ese poder, otros aspiran a serlo o aceptan vivir sometidos a aquellos, pues creen fervientemente en la imposibilidad de que la sociedad humana se organice de otro modo.

Uno de los problemas del cine español se acababa bien pronto (el del aperturismo y el del criterio del público, en particular) si se exhibiera cualquier película en su idioma original, soltando el lastre franquista del doblaje por imposición comercial, un particularismo español que ha dejado la educación y la cultura de este país hecha unos zorros desde hace más de setenta años. Ese cascabel no se lo pone ni dios al gato. Porque no lo soportaría el público, claro. Ni los cineastas que copan ahora su mercado. Y qué público, me pregunto yo. El que más roba o el que menos gasta. Y qué cineastas, me pregunto también: el que no sabe leer o al que no le apetece.

EL SIETE Y EL OCHO

Ajeno completamente a lo que se cuece en la televisión pública extremeña por motivos de bienestar personal, no lo soy sin embargo a una conversación entre amigos, a quienes llama la atención la conversión de su logotipo en pantalla, durante las emisiones, en un número “7” con sus colores corporativos, así, a la buena de dios. Peor aún sucede en la versión Pallero de esta emisora, Extremadura TV, en la que, al parecer, se incrusta un “8” al otro lado del logotipo habitual, el de “Marca Extremadura”, ante la evidencia de la imposible conversión de éste en un dígito por motivos institucionales. ¿La causa de este movimiento?: la “lucha por el dial” de los descodificadores domésticos de TDT, en la (absurda) creencia de que aquellos canales que no se vean agraciados por la decisión de las unidades familiares de ser incluidos entre los 10 primeros, sufrirán las consecuencias en forma de bajada automática de audiencias. Tal es el nivel que se adivina en la ciudadanía desde los despachos de estos ejecutivos, a todas luces a costa de compararse consigo mismos. En su día, Telemadrid abrió el fuego, indicando a sus espectadores que eligieran el número “7” para su cadena, mediante una cortinilla insistente. Después, Telecinco, directamente llamó “siete” a su canal gemelo, aún a sabiendas de que Cuatro y La Sexta desaparecerán en breve para fusionarse en un solo canal. Varias de las franquicias de Antena 3 compiten por lo mismo, los números “siete” y “ocho”. Y ahora, los cerebros de Canal Extremadura -que no tienen nada mejor a lo que dedicarse que “cautivar” a la audiencia, exactamente aquello que desaconseja su prontuario como servicio público- fusilan a la “competencia” generando tanto desconcierto como patetismo, con una decisión propia de su estilo: parecerse cuanto antes a sus hermanas mayores. La deuda, la caspa y la falta de respeto por la inteligencia ajena la llevan ya consigo, desde luego.

CAPITULO 6

“Son libres de cazar los cazadores. Tienen las armas, y poco importa la agonía que les rodea.
Igualmente, son libres de ganar los que tienen dinero.
¿Por un puñado de aves, de ciervos, de liebres o de conejos, quién va a impedir cazar a los cazadores? Vuelan las grullas gritando. Las mismas que perdieron al empezar el nuevo siglo gran parte de sus habituales dormideros y comederos de invernada, bosques del suroeste europeo sacrificados para convertir un último río en ganancias turísticas, campos de golf y piscinas en la costa alentejana. Bosques y campos salvajes no fueron suficientemente importantes para ser respetados.
La tierra, gritan por todos los medios las compañías que ganan, carece en sí misma de importancia. Que el clima se altere, que deje de llover o que caiga más agua, que aumente el nivel del mar o se detengan las mismísimas corrientes oceánicas, que se licúe entero un continente de hielo y todos los glaciares se vuelvan agua salada. Que la fertilidad decaiga. No pasa nada. Tienen las armas, controlan la información y la clave de nuestra supervivencia inmediata en sus grandes cajas de plástico. Vuelan seis grullas gritando, mientras los tiros resuenan en todos sus puntos cardinales. Son una uve de alarma que nadie ve en el paisaje. Arriba, el cielo anormalmente despejado surcado por los aviones se viste cada mañana sequía de otoño falso, castigo de aquellos seres que dependan de ese agua. Nada de todo esto saldrá en el telediario. Cumpliendo nuestros horarios, iremos a trabajar para seguir dando ganancias. Somos pollos de un mundo convertido en mera granja. Nunca ha sucedido nada semejante. Nuestra alienación alcanza cotas insospechadas, pues ya no poseemos ni el derecho a defendernos cuando perdemos lo que vitalmente necesitamos. Nuestra situación se parece a la del que es obligado a cavar su propia tumba y después a suicidarse. Es paradójico, pues ¿cómo se puede obligar a alguien a suicidarse? Evidentemente, convirtiendo en su único modo de vida posible aquel que le mata. Al ser humano lo mata en la actualidad su tecnología, y, evidentemente, su tecnología (dinero incluido, pues la producción del dinero es parte de la tecnología contemporánea) es su modo de vida.
Nuestra sumisión está garantizada, pues no en balde se llama poder al poder, y nunca el poder había alcanzado tan alto grado.
La llamada libertad política y la llamada seguridad jurídica están tan vacías de contenido que hasta sin vulnerarlas se nos puede hurtar todo intercambio y toda producción que quisiéramos o pudiéramos aún desempeñar espontáneamente para intentar autoabastecernos. Se nos condena a depender de modo absoluto de nuestros amos, los distribuidores de bienes, que controlan ambos extremos de la actividad económica: la producción y el consumo.
Naturalmente, ésta no es la percepción de la mayoría de las gentes. Se cree todavía en la legitimidad de gobiernos y empresas, y en el supuesto control de éstas por aquellos. Aunque sea cada vez más evidente que los gobiernos están gobernados, a su vez, por las empresas. Algo inevitable, por otra parte, pues, ¿qué gobierno podría prohibir algo a los dueños de la actividad económica?
El suicidio en masa se perpetra con el consentimiento o la incapacidad para oponerse de las gentes. Unos son agentes de ese poder, otros aspiran a serlo o aceptan vivir sometidos a aquellos, pues creen fervientemente en la imposibilidad de que la sociedad humana se organice de otro modo.

Y no es una creencia vana, pues seguramente el tren ya ha descarrilado”


“Antonio Maya. El legado”, inicio del capítulo 6.
Ana Baliñas

IBICENCA

Uno de los atractivos de la ciudad culta es el arriesgado ejercicio intelectual de repasar sus carteles y reclamos, pegados por lo general en los escaparates de las tiendas y comercios que naufragan. Sus ciudadanos saben a la perfección dónde medran estos anuncios intermitentes, tanto como conocen qué locales son, a ciencia cierta, favorables al fracaso y futuro pasto, pues, de los señuelos visuales. La Administración copa las marquesinas, lo alto de las farolas, la fachada de los palacios y las esquinas ilustres, y el intercambio entre particulares se busca la vida a salto de mata. Volviendo a los primeros, la inmensa mayoría son de espectáculos, conciertos y fiestas, en particular las universitarias. El diseño gráfico, salvo puntuales y excelentes excepciones, desmotiva por sí solo. En temporada alta, sin embargo, arrecian las oportunidades de avergonzarse. Esta mañana, por ejemplo, coqueteo con lo delirante: anuncio de “fiesta ibicenca” en una discoteca de Torreorgaz, población con sus notables atractivos, incluidas sus dehesas, sus cercanías serranas y lo que resta de arquitectura popular en el municipio, pero también secarral veraniego donde los haya (Valdesalor incluido). Según el cartel, entrada gratis para todo aquel que acuda vestido íntegramente de blanco. Y “un mojito” gratis por una prenda blanca en al atuendo. El coste de la entrada para semejante parodia no se especifica. No gana uno para sombreros, de tantos que hay que quitarse ante emprendedores con tal ingenio para la convocatoria, y su discreto humor. De ahí a una dirección general hay un paso.

BOHEMIA

6’2 de graduación, tostada, suave pero densa, de espuma domable, a veinte duros en los hiper, y en los super fronterizos. Complicada de hallar según se aleja uno de su capital, Lisboa. Muy fría es un manjar, incluso en abierta competencia con las afrutadas cervezas belgas, las imponentes alemanas y la contundente frescura de las catalanas. Portuguesa, por supuesto. Comercializada por Sagres. La encuentro hasta lúbrica, recomendable pues su engullimiento en disposición de concretar la sensualidad en fuegos artificiales.