AJUSTE DE CUENTAS

Presa mi voluntad, tengo que asistir al informativo de Telecinco de ayer lunes. Dentro de un cúmulo de insensateces imposible de describir (incluida una entrevista a un imputado por currupción que se queja a pecho descubierto de que le han robado un Mercedes), una de las noticias hace alusión a un asesinato en plena calle, en Barcelona. Amén de incluir un plano del finado tomado directamente de la PDA de un ciudadano enfermo, que retrató el cadáver, la redacción de la “información”, llevada a cabo apenas horas después del suceso, termina como era de esperar, y como había pronosticado yo mismo a mis compañeros de mesa: la hipótesis más señalada es que se trata de “un ajuste de cuentas”, dice la locución. Acabáramos. Al día siguiente ya se conoce la identidad del difunto, al que el medio de comunicación asociaba el día anterior, de forma tan frívola como aterradora, con algún hecho delictivo que le acarreara semejante liquidación. La muletilla del “ajuste de cuentas” es tan habitual en los medios (locales, provinciales y nacionales; escritos y audiovisuales) que, haciendo un seguimiento durante un año para construir un personaje de “El mal del arriero”, llegué a contabilizar que se aplicaba por la prensa en la práctica totalidad de los crímenes, excluyendo los achacables a la “violencia de género”, y al “terrorismo” a secas, y en particular durante las primeras informaciones, que al tiempo suelen ser también las penúltimas, o directamente las últimas relativas a cada caso. 

Semejante (y dramática) coincidencia solo evidencia síntomas de extrema confianza en la intuición y en las evasivas de algunos cuerpos de seguridad, amén de dejación profesional e incompetencia mayúsculas, unidas a una inhumanidad que solidifica la sangre. También al hecho de que, con policía científica y sin ella, el volumen de casos criminales -y en particular de desapariciones- envueltos por un denso velo de impunidad asombra por su cupo. Para ello, la colaboración de pseudoinformadores sin escrúpulos es forzosa. El “ajuste de cuentas”, válido tanto para rotos como para descosidos (de qué cuentas, me pregunto siempre), es una licencia para olvidar. Y a olvidar no nos gana nadie.
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