Mes: octubre 2008

CONGO

Lamentablemente, la realidad supera a la ficción. Ni siquiera hay que convertirse en un exigente, un erudito o rebuscar cual ratón de biblioteca en internet. Además del sentido común, basta con la lectura de una excelente novela de John Le Carré, escrita hace un par de años, para preveer, conocer y sentir muy cercano (intelectualmente hablando, por supuesto) el brutal drama del neocolonialismo conjunto de Estados y corporaciones, y en particular en el Congo del coltán. Y aún nos permitimos hablar de crisis, cuando arropamos en su mullidas poltronas a los mayores criminales que pisan, encorbatados, el planeta. Dichosos nosotros.


¿A quien beneficia la nueva guerra en el Congo?

“Dos años después de celebradas unas elecciones libres, democráticas y trasparentes en la República Democrática del Congo (RDC), el pueblo congoleño de las provincias del este del país, Kivu-Norte y Kivu-Sur, sigue viviendo una pesadilla de violencia, inseguridad y violación permanente de los Derechos Humanos. Los asesinatos, violaciones, saqueos, batallas, huída de la población, resurgen de nuevo y se multiplican, alejándose así toda esperanza de restauración de la paz, condición necesaria para comenzar a mejorar las condiciones de vida de una población sumida por décadas en la pobreza y la inseguridad.

El artífice de tanto sufrimiento es Laurent Nkunda, tutsi congoleño, dirigente de la guerrilla que asola esta zona de la RDC. Nkunda y sus hombres están apoyados claramente por el gobierno de Ruanda que, a su vez sirve los intereses de grandes potencias del Norte (Estados Unidos, Reino Unido, Bélgica, Holanda).

Pero ¿por qué se interesan estas grandes potencias por el este de la RDC? La respuesta es evidente: En esa zona existen importantes minas de coltán, casiterita, diamantes, wolframita…, minerales que salen del país en camiones y helicópteros, vía Ruanda, y terminan en las manos de las multinacionales de occidente.

En estos últimos días la situación se ha agravado. Dos batallones ruandeses han penetrado en territorio congoleño. El lunes, 26 de octubre, un numeroso contingente del ejército ruandés atacó la base congoleña de Rumangabo quedando a las puertas de Goma, capital del Kivu-Norte; se teme una gran ofensiva bélica ruandesa, con devastadoras consecuencias para la población. La preparación de esta acción de Ruanda fue denunciada la semana anterior en la ONU por el presidente congoleño, Joseph Kabila, quien se reunió también con la Asociación de países del Cono Sur africano (SADC). Estos le prometieron ayuda en caso de una invasión de Ruanda.

Lo que hasta hace poco era sólo una sospecha o parecían hechos aislados, ha ido tomando cuerpo gracias a las numerosas denuncias de la sociedad civil: la MONUC, (Misión de la Organización de Naciones Unidas), con 17.000 cascos azules en la región, no está cumpliendo con los objetivos de su misión de paz y de protección a la población. Fuentes fidedignas sobre el terreno acusan a estas “fuerzas de paz” de trasladar soldados ruandeses en sus helicópteros, entregarles uniformes de la MONUC, permitir el paso de la frontera a militares ruandeses y trasladarlos a los lugares donde están las guerrillas de Nkunda; les acusan, de permanecer inactivos cuando atacan las guerrillas, de no dar su apoyo al ejército gubernamental cuando éste más lo necesita… Ante todo esto se comprende que la población se haya manifestado estos últimos días contra las fuerzas de la MONUC acusándolas de apoyar al enemigo y pidiéndoles que se marchen de la RDC. La misma Colette Braeckman, en un artículo aparecido el martes, 28 en “le soir.be”, escribe: “¿Para qué sirve esta misión que absorbe mil millones de dólares al año? Dos batallones suplementarios ¿mejorarían las cosas? ¿No habría que ir pensando, urgentemente, en un relevo de la MONUC por una fuerza europea de disuasión o, por lo menos, una fuerza policial compuesta por observadores neutrales y creíbles?…”

Esta situación no ha sido ajena a la reciente dimisión del Jefe de la MONUC, Gral. Vicente Díaz de Villegas y Herrerías, después de apenas dos meses en su cargo. Si bien el Gral. Villegas alegó motivos personales parecen cada vez más verosímiles las sospechas que relacionan esta dimisión con la incapacidad o falta de voluntad política de la MONUC para cumplir su mandato originario en el Kivu.

Deberíamos preguntarnos cómo es posible que esta Misión de Naciones Unidas, que pagamos entre todos, esté actuando siguiendo las directrices del todavía presidente de los EEUU. ¿No tendremos que arrepentirnos –demasiado tarde- de haber permitido esta nueva guerra de agresión y saqueo? Sin embargo, la prensa occidental se limita a informar de la crisis humanitaria silenciando el nombre y los motivos de los verdaderos agresores. Los políticos y la ONU expresan su “gran preocupación por el aumento de la violencia en el Este de la RDC” y luego miran hacia otro lado… seguramente hacia los tablones de la Bolsa o los Bancos en apuros. Lo que les ocurra al más de un millón de refugiados que ya se agolpan sin medios para sobrevivir les parece “lamentable”, pero siguen apoyando o no ponen obstáculos a Ruanda en su afán por anexionarse esa riquísima zona del Congo.

¿Qué le está pasando a la Comunidad Internacional? ¿Cuántos muertos más serán necesarios para que actúe?”

Federación de Comités de Solidaridad con África Negra
29 de octubre 2008

EL PERIODISMO QUE IGNORA

Que se lleve a cabo en Cáceres (o en Extremadura, vamos) un “congreso” sobre “nuevo periodismo” viene a ser como si se hiciera lo propio en Kenya sobre la industria farmacéutica. En ambos casos se sufren las consecuencias, aquí las de la industria de la comunicación y allí, mucho más letales, las de las corporaciones químicas, además de todas las demás. Me temo, en cualquier caso, que ni habrá debate en la ciudad culta  sobre lo uno, ni a nadie en su sano juicio se le ocurriría irse a África con la que está cayendo. Aquí, sin embargo, no existe el juicio sano. De ahí que Marca Extremadura afloje nuestros bolsillos para que sendas empresas de comunicación y relaciones públicas, vinculadas a los sectores financieros y monárquicos (en fin), hayan atraído hacia la periferia a unos cuantos creadores de opinión, vividores todos a la sombra del sistema, para que den buena cuenta de nuestra ejemplar modernidad. 
La familiar bicefalia de nuestro gobierno autonómico (impuesta así, a estilo compadre), lleva a cosas tan sugerentes y surreales como que el conductor del autobús, caudillo al fin, prologue los contenidos perpetrando otra conferencia, así como la imagen pública de bonachón constitucionalista del segundo de a bordo (mientras no se demuestre lo contrario) propicia que otro miembro más de la corona española cargue con el pesado lastre de la medalla de Extremadura, que tienen que tener ya la pared del retrete colapsada de obsequios. Estos son desperdicios de la actualidad, desde luego. Ver a Ibarra hablar de periodismo viene a ser como si fuera el enemigo  el que telefoneara a Miguel Gila. 

Lo que no tiene desperdicio son los comentarios de algunos de los inscritos y presentes, hasta el día de difuntos, en nuestra geografía “lejos de la civilización” (no lo digo yo, el campo tiene las puertas abiertas y es lo que pasa, se llena de ignorantes): Adjunto el revelador comentario de Rosa Jiménez (y no es el único) en su diario de las jornadas, titulado gráficamente “¡Me quiero ir de aquí!:”. Las negritas son mías.


“En primer lugar, quiero pedir perdón a todos los que de alguna manera han decidido venir a Cáceres al ver lo mucho y bien que hablaba de este Congreso desde que sé de su existencia. Lo lamento. Siento profundamente haberme ilusionado y compartirlo con tanto entusiasmo.
Lo siento porque somos muchos los que hemos venido, nos hemos ilusionado, empleamos parte de nuestro tiempo y se falla en lo básico.
Nos llevan lejos de la civilización -pero luego se nos invita a pasear por las bonitas calles de Cáceres cuando no queda ni tiempo ni ganas- a cambio de una prometida conexión que no existe.
Durante un tiempo la excusa eran los barridos. Después de comer siguió casi igual.
Este Congreso no merece cobertura alguna. Dice ser de Nuevo Periodismo y no se puede comunicar ni con “Tam Tam”.
Si no juego con el tiempo de los demás, que no lo hagan con el mío. Si no juego con el trabajo de los otros, que tampoco lo hagan con el mío. Sinceramente, tengo cosas mejores que hacer. Venía a aprender y compartir experiencias, no para desesperarme de manera colectiva.
Me duele decir todo esto, pero es lo que en conciencia me pide el cuerpo. Me he involucrado en esto y he creído en ello. Se ha fallado en lo fundamental.
Era curioso escuchar el discurso de Ibarra hablando de lo obsoletos que están los medios, lo mal que lo hace todo el mundo cuando en su propia casa vamos de culo. Cuando no hay manera de crear debate o interacción. Sólo se pueden hacer discursos unidireccionales desde un atril. Seguimos en el mundo del pasado.

Pd.: Lo que más gracia me hace es que se hacen excepciones para “medios”. ¿No se trataba de que cualquiera era emisor? ¿No había democratización de la tecnología?”



Es de ignorantes poner ilusión en algo sin informarse primero del contexto, especialmente cuando uno se pretende informador. Sorprenderse sobre la marcha, no tiene calificación posible. En cualquier caso, la “civilización” a la que alude esta mujer  obviamente no me interesa. Su presencia, como la de todos ellos (evidentemente, la mayoría no se queja), solo puede ser tan perniciosa como la ración diaria de mensajes que, entre todos, nos vomitan encima. Y encima, se ilusionan. Quedaos en casa y de paso, llevaros a esta tropa. Haced el favor. 

EL DORADO

Mañana de asueto. Viajo con ella. Y mientras ella trabaja, yo vigilo que el pueblo en el que trabaja no se desprenda de la tierra y empiece a levitar. Tomo un café con leche en el bar donde acostumbro, el del camarero amable, que al dar los buenos días ya canta mi consumición. En el bar solo hay un lector y una jovencita que hace sudokus. El lector pasa las páginas del periódico y se arranca con un nombre: “Dolores Pallero”, dice, y me resulta imposible entender qué significa su tono de voz. A continuación emprendo el paseo. El pueblo es, a simple vista, una carencia. Ahora bien, se aferra a todo aquello que le puede sentar mal. Me llama la atención, como siempre, la disposición de su caserío, inarmónico, descompensado: ninguna de sus calles conserva un mismo nivel, la altura de las viviendas y los edificios es un contínuo más y menos que martiriza la vista. El aluminio insulta a los dinteles de granito, y eso en aquellas casas que no están vacías, con las ventanas desnudas mostrando las bóvedas abandonadas. Los comercios parecen portarretratos sobre un taquillón. El centro de salud se asemeja a un enorme molde para hacer cubitos de hielo, ensombreciendo las casas bajas con su pinta de anacronismo envalentonado. La inmobiliaria se llama El Dorado.

Me voy hacia las huertas, que miran a San Pedro, y saludo a ancianos que aprovechan la mañana alrededor de las coles, transitando al sol. Me miran, con mi librito y mi gorra, y sospecho lo que piensan de semejante desoficiado. No les culpo. Los granados compiten en belleza con enormes limoneros y espléndidas higueras. Los muros de piedra, cuando se derrumban, son apuntalados a casetón limpio. Llego al castillo por veredas embarradas, que se arrastran hacia la historia del pueblo soportando el bochorno de las cocheras que, por todas partes, parecen la única necesidad de la localidad. El castillo sufre abandono. Al parecer, pudo ser almohade. Al fondo de la calle, un cartel equivocado me desvía del Convento franciscano (“no, es por allí atrás, es que lo ha movido el aire”, se compadece una señora). Me giro y llego al convento rehabilitado, según atestigua el metacrilato. A su alrededor se improvisa un vertedero de cascotes y en la marchita pista de juegos cercana, todo roto, no hay nadie. Está cerrado. Pregunto a una señora, que me confunde con el lector de contadores de luz. El convento abre los martes y los jueves, me aclara. Hoy es miércoles. Al final de la calle Igualdad (también hay Calle Democracia) se desploma la cal blanca de una hermosa casa, dejando al descubierto el añil de los lupanares. Un gato me escapa por las callejas, mientras suena el martillo de la obra de una casa nueva en medio del antiguo olivar. Las mujeres se quejan del frío y el cartero huye en motocicleta del lugar de su último crimen.

Entonces vuelvo a por otro café, en otro bar. Y me fundo el Marca en un abrir y cerrar de ojos. La parejita de al lado hace lo propio con unas cañas y se burla del periódico regional, del grupo Z. Intuyo su oficio: para mí son transparentes. De repente, aparece el alcalde, que se reúne con ellos y, cuando se apercibe de mi presencia, me saluda amablemente. Un viejo conocido. Se alegra de verme. Le explico qué pinto allí. Me pregunta que qué tal, se refiere al trabajo, y le contesto que ya estará al tanto. “Por lo de la refinería”, dice. Pues entre otras cosas, le respondo. Rememora que estuvo en la entrega de premios en la Asamblea, pero entonces no nos saludó. La pareja de al lado es gente de una productora, me dice, viene a hacer un reportaje del teatro-cine municipal. Ya he visto la cartelera: echan “Los girasoles ciegos”, por supuesto. Y la semana pasada, “Ché”. Tampoco faltan ninguna semana las infantiles norteamericanas, pienso para mí. Munición pesada. El alcalde me invita a ver cómo ha quedado la rehabilitación del local, y le digo que no se preocupe, que ya lo he visto. Me invita asimismo al café, que es carísimo (un euro y diez céntimos). Se lo agradezco. Antes de irme, comentan que un equipo del programa “La tarde”, de la televisión pública, vendrá al pueblo a hacer un reportaje porque hay un bar allí que se llama “Obama”. Les digo que ya lo sé. De hecho, que lo sé todo. Nada me sorprende.

Trinco mi libro y me acerco a la orilla del Pontones, al otro lado de la carretera, mirando a la joven dehesa. El lugar es precioso. Las lagartijas corren perdiendo la cola por entre las tablas del embarcadero. Una garza se espanta, pero aterriza a unos metros. Hay decenas de gaviotas, una pareja de avefrías, muchas garcetas y aquello parece un cormorán. Hasta la hora de volver, leo apaciblemente con los pies fríos. La novela es espléndida y, mira por dónde, me trae a la imaginación una idea para un cortometraje, que vete a ver si se hará. Al cruzar la calle, coincido con las vendedoras de la mueblería, que terminan su turno y vuelven a casa. Una de ellas no irá mañana a trabajar: tiene cita con el médico. El conductor de un todoterreno agrede con su claxon a un joven en bicicleta. El bar “Obama” se prepara para la cita con sus cinco minutos de gloria. La mujer no parece enferma, parece sana y normal.

OMBLIGO

Resumen del anecdotario de la disidencia durante la celebración del festival perpetrado en la ciudad culta, durante cuatro fines de semana consecutivos, contado por los propios disidentes, de cuyos bolsillos, ejercicios, trabajos, ocios y aspiraciones también salieron los fondos para semejante verbena intoxicadora. Uno, que les conoce y admira -y aprecia- sabe muy bien de lo que hablan: censura, represión, miedo, quintacolumnismo, cerrazón, ignorancia, maldición, conspiración. Su voluntad forma parte del paisaje y me permite respirar. El cansado reino al que se oponen es el nuestro, el de todos. Si lo que cuentan no provoca vergüenza, considérese un cadáver. Y mi propio ombligo apesta.

“El sábado me escupió uno que teníamos que dejar la política; un profesor chiflado a grito pelado decía que teníamos que informar en nuestra mesa también del Sí a la refinería; un cámara nos contó que aunque grabase nuestra pancarta después, en producción, le iban a hacer cortar ese plano…”

“El viernes aprendí que existe secreta local. Nos hizo una visita a la mesa y nos prohibió vender camisetas. La verdad es que voy a terminar creyéndome que somos peligrosos.”

“También tuvimos algún problemilla con la policía, ya que el penúltimo día del festival nos apareció la policia secreta para decirnos que retirásemos las camisetas de la mesa (camisetas que se venden para poder pagar la multa impuesta a miembros de la PCRN, por el simple echo de manifestar legalmente sus ideas).”

“…tuve que ser menos inocente y responderle al policía, que llevaba una placa y la mostró como en las películas, que las camisetas no eran para vender”

“…Logramos que muchos de los artistas mostrasen su rechazo hacia (el proyecto de) la Refinería Balboa, algunos de ellos fueron llamados a la atención por la organización, que en lugar de defender la libertad de expresión que aparece en nuestras leyes, prohibieron salir a varios grupos con cualquier cosa que diese a entender que estaban en contra de la Refinería, aunque hubo quien subió con uno de nuestros papeles y lo mostró claramente a toda la plaza”,

“…Hubo quien desplegó alguna de nuestras pancartas o quienes, en algún momento del concierto, dijeron a toda la plaza “Refinería NO” (Incluso un grupo que hablaba en inglés, dijo señalando la pancarta “NOT TO REFINERY”), se nos pusieron los pelos de punta de la emoción”.

“…Nos gustaría agradecer a todo el público su apoyo, muchos nos dejaron pasar hacia delante para que se viesen las pancartas en toda la plaza, incluso hubo gente que, pese a no estar de acuerdo con nuestra opinión, nos cedió sitio para que pudiésemos defender nuestro derecho a expresar las ideas, para ellos sí que sí, mi más grato reconocimiento y agradecimiento.”

HASTA LLEGAR

Tirarle piedras al horizonte
piedras que rebotan.

Dicen
que nadie puede salirse de sus límites
que es cada agonía
otra pasión inútil

dicen que ya se sabe todo
y que toda sabiduría se reduce a palabras
iguales
sin poder y sin magia.

Por eso
porque éstas no son verdades para vivir
por ellas
hay que seguir lanzando
-pelotaris estúpidos en pos del infinito-
lo que se tenga a mano
-palabras piedras conjuros salivazos…-

hay que seguir
lanzándoselas a la cara
tirándoselas al horizonte
lanzándoselas

hasta que no

reboten.

Ana Baliñas
“Ridícula erección de primavera” (1998)

Foto: Luis Hernández A.

EL CONDUCTOR SUICIDA

Por si queda alguna duda de hasta cuándo va a estar conduciendo el piloto suicida el autobús hasta el precipicio, ahí está la perla: Ibarra: “Si los extremeños son buenos españoles para ceder agua también para obtener la capitalidad europea”. Mientras tanto, al otro lado de la calle “Fernández Vara asegura “no tener conocimiento” sobre la concertación de un trasvase Tajo-Segura”. A pesar de lo cual, dice que “los ríos no son de nadie”, hecho cierto y frase destinada al buen entendedor. El pescado ya lo vende el jefe, que está como una cabra y no va a dejar ni una higuera sana. El cambio de cromos que propone no tiene desperdicio. ¿Para cuando volverá a crecer la hierba por estos pagos, me pregunto?

TARDE O TEMPRANO

A lo largo de los años, hemos conocido (en Libre Producciones) situaciones absurdas, esperpénticas, arbitrarias. Pero que nos envíen para su firma un manifiesto en apoyo de Marce Solís (defenestrado de su cargo como director de programas de la radio pública) es lo último que podría pasarse por nuestra imaginación sin que nos echara humo de estupefacción. Desde el año 1991 en que dejó aquellas “Producciones del Oeste”, que compartía con sus socios (chapucero invento, una empresa capitaneada por gestores públicos a mayor gloria de los fastos del año 92 y de la información privilegiada, el contacto predilecto con el dinero público y la “ingeniería financiera” en el ámbito de la gestión cultural: es decir, la regla general) para incorporarse “in pectore” a la “res pública”, sus diecisiete años seguidos como ideólogo y promotor del clientelismo, el escaparatismo, la creación de “cuadras” y el ninguneo de quienes no comulgaban con el afectado autobombo de su gestión (caracterizada por el uso a conveniencia de los medios de comunicación a través del “colegueo” y la inversión en propaganda) provocaron no pocos encontronazos, saldados con las innumerables trabas a nuestros proyectos (algunos de los cuales hemos visto llevados a cabo en olor de multitud y mediocridad bajo otras firmas) y la nula promoción -antes lo contrario- de nuestros trabajos desde cualquiera que fuera su responsabilidad.

A título personal, solo diré que quien ha pertenecido a esa secta durante tanto tiempo, no ha de quejarse del trato recibido por sectarios. Le achacarán el uso de la palabra, la contradicción, lo mismo quizás que a Castro, a Valverde, a las divinidades que van cayendo por el camino, en beneficio de otros aún menos inocentes. A saber lo que pueden imputarle, a él, que ha colocado a media humanidad en su puesto (como al ínclito director de programas de la televisión pública, el patético censor de su corte que acusó a un servidor de “propagandista”, de “pontificar” y de “incapacitado para el diálogo”, con una excelente vista para la paja en el ojo ajeno), ofreciendo oportunidades a diestro y siniestro, con la condición de afianzar el hermetismo y cortejar el caudillismo del régimen. ¿Acaso ha conseguido una estabilidad, un contexto que los propios músicos y profesionales que ahora le apoyan denuncian como meta imposible? No me hagan reír.

No dudo que el Sr. Solís sepa demasiado. Dudo que haya movido un solo dedo en apoyo de personas o colectivos sin que haya mediado previamente su interés personal, o el de su socio, sostén y mentor, que también firma el manifiesto en su apoyo, no en vano también tiene su programita en la radio, caprichoso que es. Argumento del cual no sólo estoy convencido, sino que viene a ser sinónimo de su gestión pública, absolutamente contaminada por su inercia imitativa y la de las personas afines a su onda, como buena parte de aquellos que incluyen su firma en la, sin duda tan extensa como ilustrativa, lista de firmantes. No falta ni dios: desde Acetre hasta Trigoso y Miguel Murillo, pasando por el resto de la anestesia (con las excepciones de turno). No le faltará trabajo, es de suponer, al interfecto, cómplice e impulsor privilegiado de la cultura clientelista que nos asola, si de lo que se trata es de devolver favores. Lo más recomendable es una productora de televisión, por supuesto. Ahí está el futuro.

Aún recuerdo dos o tres “conversaciones” con este “artista y obrero”; en una, recién nombrado para un cargo, se dignó mirarme secamente para llamarme “resentido”, ignoro el porqué, aunque lo imagino: se lo habían soplado ya. En otra, muchos años después, para decirme, junto a su director, que en la “radio pública” se trabaja “por prestigio”, no por dinero. Maruchi León y nosotros no estuvimos demasiado por la labor, visto el precio de los bocadillos de prestigio que nos estamos comiendo. Sería, aunque es dudoso, su propio caso el de trabajar por amor al arte habiendo dinero (público) por medio. Entre medias, recuerdo también a quien me apuntó el proverbio, recomendándome que me sentará en el umbral de la puerta de casa. “Tarde o temprano”, me dijo. Y no será el último, apunto yo.