Mes: agosto 2008

AL FINAL

Y al final de los 1.800 kilómetros, a solo dieciocho de casa, el guardia civil sin chaleco reflectante en medio de la carretera, haciendo gestos con el rostro desencajado; las ambulancias en el arcén; la furgoneta, con el faro izquierdo roto, aparcada y musitando su inocencia de máquina. La lentitud con que se observa desde la ventanilla el ajetreo de personas asombradas, vaciándose mientras se pone el sol. El sol no sale hoy para esa mujer nacida en plena guerra y ese inocente chaval nacido después incluso del 2001, el año en que algunos pensamos que a partir de entonces nada podría ser lo mismo y, sin embargo, todo fue a peor.
Por ese tramo de carretera que atraviesa Aliseda, ese pueblo con tan hermoso nombre como mala suerte para la infancia, por esas travesías que nosotros recorremos un día sí y otro también, muy pocos conductores respetan el límite de velocidad. 50 kilómetros a la hora. Incluso te adelantan sin rubor, como tanques oscuros. Las gentes, ancianos sobre todo, no han perdido la costumbre de pasear por una ruta tranquila por dónde pasamos cuatro gatos y, aún así, demasiado ajetreados, al parecer. Pero sí, incluso, a los residentes, les colocan los parques y ocios al otro lado de la carretera, lejos de las casas, sin paso alguno para atravesar. Les atraen. Los tristes burócratas de hoy deberían reír sus ocurrencias de ayer, que solo despiertan la necesidad del llanto, tal es el desprecio por el sentido común a la hora del urbanismo. ¡Tantas veces lo comentamos, viendo venir de frente al personal, con el sol cayendo! ¡Qué absurdo! El pueblo crece absurdamente, como absurdo es nuestro andar a bordo del progreso. ¿Qué prisa merece la vida de alguien que nació en la guerra, sobreviviría al hambre y a otros demonios, y qué vértigo la de alguien tan joven que poco antes de morir preguntaba a su abuela por qué no nieva nunca en Aliseda? ¿Dónde quedaron los alisos, se preguntaría años después? ¿Porqué no nos planteamos que ya está bien, que es absurdo, absurdo, que no podemos seguir sumando desdichas, torpezas, crímenes y que todo siga igual, pensando sólo en evitarlo dando más facilidades al tráfico, y no a los mamíferos, entre quienes nos incluimos? Todo se justifica, la velocidad, la venta, la muerte. Paremos. Paremos. Ha llegado la hora de frenar. Es de justicia.

Diez minutos más y hubiéramos llegado nosotros primero. Con nuestra costumbre, quizás hubiéramos podido frenar al vehículo siguiente. En ese caso, acaso fuéramos nosotros quienes los encontráramos, abuela y nieto frente al sol, atravesando una carretera de mierda para buscar el campo, la vía del tren oxidándose, el fresco de una tarde de agosto que sumó dos líneas más de tragedia en nuestra triste historia de caballitos metálicos, que alimentamos de sangre humana, de sangre animal. No puede merecer la pena. Ya está bien de esperar a que no nos toque a nosotros, que no sea víctima nadie nuestro, que seamos siempre parte de aquellos que a la mañana siguiente se acercan al cruce para mirar, al borde de la carretera, como se limpia nuestra indiferencia, a la espera de una carretera más ancha, más rápida, más aislada, más mortal. Paremos. Un respeto por quienes solo pueden, o querían, andar.

LA PLAYA

Estaremos lejos y vivos. Vivos y cerca. Dejaremos caer la arena entre nuestros dedos. Nadie puede contarla. Investigaremos el confín de las playas. Pasan los días, y me dice Juanjo, colega, que nunca me había visto tan redondito. Tan burgués. Mar y playa, pues. Mañana…Au revoir!

EL LEGADO DE ALPHONSE MUCHA

Casi sin querer, topamos con una lustrosa exposición de buen número de los trabajos de Alphonse Mucha, en Caixa Forum, Madrid. Pionero de la ilustración publicitaria, el diseño gráfico y la fotografía, la brillantez del artista moravio, también pintor, es tal que fue capaz de dominar tanto la inclinación a la exhuberancia como la exigencia de austeridad, talento genial que a muchos condena a ser inmortales ya en este mundo. Su legado ha estado presente durante el último siglo en todas las esquinas, no siendo en cualquier caso excesiva su notoriedad y mucho menos aún la expresión de la deuda contraída con su obra. La colección de sus fotografías restauradas que se puede ver es Madrid es como contemplar los esponsales entre la luz y el espíritu, por lo menos.

Azarosamente, la exposición nos halla leyendo la trilogía “Lost girls” de Alan Moore y la dibujante Melinda Gebbie -cortesía del amigo Rafa-,  dónde las referencias a Mucha llegan hasta la cita textual. Un relato gráfico que, además de su mecanismo absorbente, “sacaría un diez en cualquier pijómetro”, como decía un diálogo de Melanie Griffith en “Doble cuerpo”, (“Body double”, 1984) de Brian de Palma.

ALTO SECRETO

“X. CONFIDENCIALIDAD

La propiedad de los trabajos objetos del presente pliego, pertenecerá en plena y exclusiva
propiedad a la Comunidad Autónoma que será la única que podrá hacer uso de ellos en la
forma que estime conveniente.
En consecuencia, la empresas licitadoras se compromete a que cualquier información
obtenida o facilitada por Sociedad de Gestión de la Imagen de Extremadura, S.A.U. durante
el procedimiento administrativo de la licitación, no sea utilizada, publicada, ni facilitada a
terceros, tanto por ella como por los técnicos que participen en la presentación de la
propuesta, de los que se responsabiliza, sin el expreso consentimiento por escrito de la
Comunidad Autónoma.
Por lo que, el contratista deberá respetar el carácter confidencial de aquella información a la
que tenga acceso con ocasión de la ejecución del contrato a la que se le hubiese dado el
referido carácter en los pliegos o en el contrato, o que por su propia naturaleza deba ser
tratada como tal. Este deber se mantendrá durante un plazo de cinco años desde el
conocimiento de esa información, salvo que los pliegos o el contrato establezcan un plazo
mayor.”

Cláusula décima y textual del Pliego de CONDICIONES DE CONTRATACIÓN DE PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL Y DE FOTOGRAFÍA PARA LA CAMPAÑA DE PUBLICIDAD A NIVEL NACIONAL “SOMOS EXTREMADURA” (900.000 Euros). Los ¿errores? gramaticales figuran en el pliego. La referencia a informaciones que “por su propia naturaleza” sean confidenciales (los datos personales ya eran confidenciales sin la cláusula, según me apuntan) asombra incluso menos que el hecho de que las empresas licitadoras deban responsabilizarse del silencio de los “técnicos” durante cinco años o más . O el dato de que se convierta en confidencial incluso la información obtenida por el propio licitador, sin la aportación de la empresa pública: ¿y si se halla alguna flagrante infracción? Me apuntan más: toda la información que se obtenga como consecuencia de una licitación pública no puede ser confidencial. Y las medidas que se tomen para atajar la quiebra de esa supuesta confidencialidad deberán partir, en todo caso, de la propia empresa pública. Cabe sospechar que esta exigente (y absurda) cláusula se impone no precisamente por criterios de orden mercantil o institucional -particularmente, es la primera vez que lo veo-, sino más bien obedecen a un exaltado deseo de contener a la concurrencia, mediante una incomprensible mordaza previa. Cabe pensar además que gestionar una empresa pública como si fuera privada es el primer y definitivo mal de este personal. Una apropiación indebida, vamos.

QUIERO TU ALMA

Copio y pego un excelente artículo titulado “Lenguaje publicitario en los medios de comunicación de masas”, aparentemente sin firma y colgado en un portal educativo…argentino. Realmente espléndido. Las referencias al “falso tiempo libre”, como fórmula de preservación del sistema, hablan por sí solas de nuestro contexto, en conexión con las campañas institucionales de, por ejemplo, la sociedad pública de gestión de la imagen de Extremadura, consagradas a la “sublimación represiva”.

A partir de las ideas de Marcuse analizamos el lenguaje publicitario en los medios de comunicación de masas como otra expresión más de la ideología y del consenso. Como un factor de cohesión social que gracias a las manipulaciones psicoanáliticas de representación y volición que sufren los individuos a nivel de la “conciencia social”, es capaz de producir nuevas formas de alienaciones, especialmente en ese universo del espacio público en donde la estructura de “mercado-consumo” violenta el mundo de nuestras necesidades e intereses.

A manera de introducción: la imposición de una Historia

Estamos atravesando una época en la que el desarrollo de la producción industrial, vinculado al de la tecnología, produce cambios vertiginosos en los modos de consumo y satisfacción de necesidades en la vida de los seres humanos. Pero observamos que los beneficios de estos cambios siempre terminan por adecuarse, lógicamente, a las exigencias de los países desarrollados que controlan el nuevo orden productivo, promoviéndolo, además, como la alternativa más deseable en términos de globalización. Tal alternativa es propuesta como la “Historia universal” del momento histórico, y quienes rechacen esta Historia serán excluidos del cada vez más inmenso corifeo hemisférico que ha aceptado como suya la voz oficial de la ideología del capitalismo neoliberal.

La conciencia burguesa nos proyecta un mundo histórico pre-codificado a través de los medios de comunicación de masas, gracias a los cuales las condiciones de producción y reproducción de las necesidades del colectivo social están siendo orientadas por una cultura fetichista, cuya práctica ideológica es capaz de crear “(…) representaciones (que) gobiernan el modo de ser, del lenguaje, de los individuos, de la sociedad e inclusive de la naturaleza.” Y uno de los procesos del que se vale los mass-media para propagar de una manera, si se quiere, más directa los intereses de la cultura burguesa, es el de la publicidad. Sobre todo cuando el medio publicitario, cualquiera que éste sea, forma parte de la misma propiedad privada de quienes poseen los otros medios de producción, y que hace suficientemente evidente al servicio de quién estará finalmente orientado el consenso que organiza el medio publicitario. Entonces, el medio (o los medios-) publicitario termina convirtiéndose en uno de los espacios de publicitación (es decir, capaz de crear lo público), donde los sistemas de representación de intereses y necesidades del mundo burgués, por medio de un lenguaje audiovisual estereotipado, unidimensionaliza las conductas humanas. Es en este sentido que el lenguaje publicitario -que es un lenguaje ideológico- “(…) establece lo que es correcto y lo equivocado sin permitir dudas(…) Se mueve por medio de tautologías (…) terriblemente efectivas”. De esta manera, las formas dialécticas del pensamiento, “bidimensionales”, se fracturan, cediendo paso a la unidimensionalidad del ser, en donde no existe la pregunta sobre un deber-ser. Trayendo como consecuencia, según A. Márquez, que “el individuo no se encuentra en libertad de utilizar su lengua como un verdadero sistema de expresión para decir lo que él quiere y en el sentido en el que lo quiere”. La realidad social queda impregna por esa imagen con la que el mundo burgués se autorrepresenta a través del lenguaje publicitario, absorbiendo cualquier objeción que pueda plantearle otro deber-ser incompatible con el sistema establecido. Este proceso de sometimiento se logra gracias, principalmente, a los mecanismos de control sicológicos que se utilizan en el lenguaje publicitario para canalizar, de acuerdo a los intereses de clase, los sentimientos reprimidos de un grueso grupo de marginados sociales, cuyas vidas giran en torno a una sociedad cada vez más mediática.

Algunas reflexiones sobre el lenguaje publicitario y las pasiones humanas

La mayoría de estos grupos sociales marginales se encuentran absorbidos por la “cultura del consumo”. Limitados en su dimensión sensible más auténtica y original por un orden industrial mecánico, monótono, donde se privilegia una forma de vida exclusivamente sobredeterminada por las variables que establece la economía de mercado. Aun el momento más subjetivo que haga posible el rescate de la individuación parece quedar cancelado por el poder simbólico del lenguaje publicitario creador de esas vivencias subliminales con las que se quiere modelar de manera muy artificial la concreta convivencia de unos seres humanos desnaturalizados por el conflicto y la violencia social. Los mensajes ideológicos de felicidad y deber-ser-burgués prometen esperanzas ilusorias a estos desposeídos que mayoritariamente aspiran, como única razón de vida, reproducir el status de los burgueses. Fenómeno que pudiera explicarnos algo de lo que decía Freud: “No podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece”.
En efecto, el discurso publicitario legitima “cánones falsos” de conductas, originando así una especie de conductismo motivacional que tiende a reprimir las auténticas necesidades y pasiones humanas. Desde el mensaje publicitario se nos dice que todo es posible; la realidad social, empero, nos niega de plano su efectiva posibilidad. Al entrar los individuos en un contacto humano con el espacio público “re-constituido” por la racionalidad del poder sufre una especie de colapso represivo, produciéndose el hundimiento de las pasiones insatisfechas en el inconsciente. El colapso represivo se torna en la sociedad industrial capitalista tan redundante como el mismo discurso publicitario. Mientras más promete el mensaje de la publicidad, más actúan los mecanismo represores sobre el individuo. La secuencia deber-querer-no-poder que impulsa el lenguaje audiovisual de la publicidad tiende ha hacerse circular y estático, eliminado todo principio de dialecticidad en el sujeto receptor del mensaje inducido. Como respuesta a la acción represiva del orden social, el individuo construye una “estructura caracterológica” refleja, donde su yo alienado, fundado por una conciencia falsa de la realidad, termina acentuando mucho más el sistema de consumo de mercancías.
Las pasiones reprimidas confluyen, entonces, deformadas (sadismo, codicia, envidia, odio, lascivia y todo tipo de perversiones) en una dimensión de “la totalidad humana” completamente desproporcionada, con una degradante carencia de valores, tipificada por la confusión y las compulsiones psicóticas de una sociedad cada vez más anarquizada volitivamente, consecuencia de la relación nada armoniosa entre el yo y el ello; siendo éste el momento que aprovecha la ideología publicitaria para encauzar, mediante sus códigos de conductas, muy bien arbitrados, aquellos estereotipos y roles sociales con los cuales se refuerza el sistema de opresión de la competencia laboral y el status adquisitivo que se autolegítima por el fetiche de la mercancía.
En la actualidad (tanto en los países capitalistas, y quizás con mayor fuerza en los latinoamericanos), el discurso generado por los medios publicitarios se encamina a una pseudo liberación de las pasiones reprimidas por medio de la genitalización de la sexualidad “poliformica” de la naturaleza humana. Esta no es más que una treta burguesa de sublimación represiva destinada a estimular el consumo. La presentación del sexo femenino como receptáculo de deseos no satisfechos es una grosera manipulación de la conducta sexual y sus auténticas experiencias de satisfacción de placer y estados de felicidad. Tanto la mujer como el varón son despasionalizados, ocurriendo de esta manera una cosificación del sentir: las pasiones se convierten en objetos de mercado.
Podríamos decir que el afán de poder de la clase dueña de los medios de producción como de los de publicidad, inducen un cierto tipo de querer-ser-burgués en las clases sometidas, pero, por supuesto, y contrariamente a lo propuesto, es casi siempre una aspiración irrealizable e inalcanzable. Son muy pocas las excepciones que puedan justificar los nobles (sic) ideales burgueses. Precisamente, las pasiones que subyacen en la condición humana se hacen mucho más manipulables en estas sociedades altamente desarrolladas, gracias a los complejos procesos de masificación que en ellas se sufren, donde se despersonaliza a los sujetos casi hasta el anonimato. Y la sociedad burguesa capitalista es cada vez más representativa de este modo de vida. Una sociedad cada vez más de clases, difundiendo un mensaje cada vez más de identidades sociales y nacionales totalmente tergiversadas; sin una auténtica exposición de las ideas emancipadoras de la servidumbre y la nueva alienación mediática; sin una concepción humanista y utópica del ser con respecto a sus modos de vida, es tan sólo una sociedad tecnocrática de respuestas pragmáticas.

Una sospechosa “conciencia feliz” es el resultado del “(…) triunfo de la racionalidad de lo irracional. Los individuos estandarizados, inrtercambiables, calibrados, cada vez menos preocupados por su autonomía, tienden a limitarse a la tarea de regular su coordinación con la sociedad”. La repetición controlada del hecho represivo crea un ambiente de conformismo en donde la clase oprimida cede y acepta la división de clases ante la presión psicológica del discurso de los agentes de la publicidad.
Al decir de Marcuse, el sema publicitario en conjunción con la sintaxis de la imagen denota un mundo sin dificultades, un “mundo feliz”. Para Horkheimer y Adorno la diversión significa siempre – en el mundo fantástico de la publicidad- estar de acuerdo, no pensar, olvidar los problemas. Por consiguiente, en la base de la alegría alienada se va a solidificar la impotencia. El fracaso de un querer-ser altamente estilizado y figurado por las idealizaciones de los mass-media, es reconducido casi siempre como un meta-proyecto humano, que las propias estructuras de significación del lenguaje publicitario se encargan de revalorizar continuamente. Los procesos persuasivos que refrenan y marcan límites a las pasiones del individuo también determinan las formas en las que el placer ha de hacerse satisfacible, pero condicionándolas y/o proscribiéndolas del propio acto en el cual se dan. Así el mundo de los sentidos y de las pasiones se vive desde fuera de sus contenidos reales, tan sólo se participa de la “ficción” que produce la hiper-realidad audiovisual de los medios, especialmente cuando se analiza el tratamiento que se le da al sexo. Al respecto, Horkheimer y Adorno señalan que “ofrecer a tales víctimas algo y privarlas de ello es un solo y mismo acto. Ese es el efecto de todo aparato erótico. Todo gira en torno al coito (…). El placer espontáneo del ser humano es controlado por un tipo de “dominio tecno-comunicativo” que asegura y mantiene el monopolio simbólico y la competencia psicológica con la que la burguesía organiza y administra los diversos sistemas de intercambio y representación social. De esta forma la sociedad no equitativa puede ser aceptada por las masas como algo normal, natural, sin mayores altibajos y resistencias agudas. Y la publicidad más que cualquier otro medio está al servicio de esta ideología.

El ser humano -en la sociedad industrial capitalista- no es ni será auténticamente libre. La noción de “tiempo libre” no se agota en la disminución de la jornada laboral; es también “(…) el tiempo cualitativo del desarrollo del hombre”. Pero tal desarrollo cualitativo del ser humano no se cumple debido a los grandes espacios que ocupan los mass-media en los ratos de ocio del individuo. Es así como surge, entonces un “falso tiempo libre” en donde parece imposible escapar del lenguaje de los anunciantes de publicidades. El hombre es atrapado por la alienación durante el trabajo y el no trabajo. La explotación además de ser laboral, también lo es sicológica. El “falso tiempo libre” también funciona como reforzador de la ideología burguesa: fractura toda intencionalidad del ser de enfrentarse -mediante un saber- a la totalidad opresora, como un Otro; y evita con ello la des-unidimensionalización del conjunto societal integrado por deseos de emancipación. Durante el “falso tiempo libre” la sociedad labora sicológicamente para la preservación del sistema, “es el tiempo de la producción de la plusvalía ideológica” y de la persuasión visual producida por la industria cultural de las imágenes.
La posibilidad de que en el “tiempo libre” ocurra una liberación efectiva de las pasiones humanas por medio de saberes adquiridos en el mismo “tiempo libre” pasa desapercibida y hasta desaparece bajo la influencia retórica de los propios medios de la publicidad. La proporción de posibles espacios de disidencia propiciados por saberes críticos o desideologizadores, la mayoría de las veces, por no decir casi siempre, son reasumidos por el propio proceso comunicativo de los medios publicitarios. Es decir, al pasar a formar parte de ellos, pues no pueden darse al exterior, pasan a conformarse en contenidos de su representación, gracias a lo cual se produce una autolegitimación de los medios de ideologización pública. Precisamente, como ya lo había señalado Marcuse, en el lenguaje audiovisual publicitario el significante suele alejarse del significado, originándose así un doble sentido que interfiere en los procesos cognoscitivos del ser. Y es por eso que el lenguaje publicitario -que es el lenguaje de las clases dominantes y que diariamente nos recuerda la situación desventajosa en la que nos encontramos-, que propone un modelo de comunicación y de acuerdo, no nos da la posibilidad de superarlo, pues continuamente nos está remitiendo a las relaciones políticas y económicas con las cuales las clases burguesas ha organizado las leyes del mercado y de los intercambios. Es por ello, precisamente, que el acceso a los medios de publicidad se convierte en otra relación de mercado, pues el capitalismo nos lo presenta como consumidores: el sujeto-consumidor debe indentificarse con el objeto-mercancía, en el sentido de que el primero se entienda económicamente con el segundo. Con lo cual queda suprimida cualquier alternativa, opción, para una verdadera libertad de expresión y de comunicación. A los sujetos carentes de poder-tener económico se les ocultan sus verdaderas pasiones, quedando reprimidos de su poder-saber, compartiendo así -casi inevitablemente- los esquemas de valoraciones ideológicas que impone la clase dominante a través del discurso publicitario.

Conclusión

El lenguaje con el que el hombre puede preguntarse por su situación en la polis, no puede ser sustituido por el discurso de los entes publicitarios que incitan la búsqueda de un placer y una realidad imaginaria, en una organización social que se contradice tanto material como espiritualmente. La ” lógica del consumo” de la racionalidad moderna tiene que ser -al decir de Marcuse- cambiada por una genuina comunicación en la que la naturaleza legitima, y sin trucaje de la exaltación del placer, pueda hacerse extensible a todos los quehaceres intelectuales y físicos de los seres humanos sin distingos ni exclusiones. Nuestras actividades fundamentales, principalmente las que nos procuran satisfacción no sólo nos asegurarán un digno desarrollo de nuestras vidas, sino que es necesario que las mismas se den dentro de formas de placer no mediatizadas. Una “sublimación no represiva” que anule la “sublimación represiva” causada por los intereses del poder capitalista, debe guiar las pasiones humanas hacia una praxis de autenticidad axiológica, para que una verdadera emancipación del espacio público pueda acontecer.

LA PINTA

Control de carretera en las cercanías de Cáceres. Medianoche. Una numerosa cohorte de guardias civiles de toda edad y mismo sexo (masculino) mantiene un hacendoso proceso de selección entre los vehículos que llegan hasta su apostadero. Obtenemos una plaza en el sorteo, mientras veo alejarse sin novedad a dos berlinas plateadas, y proceden a un registro de nuestro coche y nuestros objetos personales, tras invitarnos a disfrutar del aire fresco. El aspecto que ofrece el vehículo (nuestro polvoriento Tata, cagado certeramente por la familia de cigüeñas del campanario y una legión de las golondrinas vecinas) viene a sumarse al propio: en mi caso, sólo relativamente alejado de la estampa clásica del magnate audiovisual (extremeños aparte), con melenita, barba de cuatro días, bolso en bandolera, camiseta y calzón corto. En el caso de ella, que conduce desde Madrid, vestido veraniego estampado, con chapa de “Refinería No” y cigarrillo a medias. Cenicero rebosante, que no se dignan en mirar. Como no se ve un carajo y las indicaciones con la linterna se asemejan más al inicio de una masturbación que a una seña decidida, no sabemos donde colocarnos. De ahí que el guardia se pregunte en voz alta “si somos extranjeros…”. En fin, ojalá. Pie a tierra, pues, y las preguntas de rigor (“¿fuman?”, “¿consumen alguna sustancia estupefaciente, además (sic) del tabaco?”,”¿de dónde vienen, adónde van?”, “¿el vehículo es suyo?”). Las respuestas son las que cabe esperar, es decir, como si nos las supiéramos. Proceden al registro, comprobando que no hay indicio de delito o falta alguno, al tiempo que pueden valorar como queda un maletero cuando viajan habitualmente en él tres canes que gustan de bañarse en charcas purulentas, y a los que se les cae el pelo que da gusto. Esta noche no había perro policía, pero, en una ocasión anterior, el pastor alemán que olía aquello quería venirse a vivir con nosotros…Habida cuenta de las bolsas con compras (una tienda de libros de arte, y pan y cerveza de gasolinera, para compensar) y del escaso grosor de las mochilas, dan por válida nuestra coartada y desisten también de abrir el capó: de hecho, no hay dios que lo abra. Es lo que tienen los coches paquistaníes, que ni la Guardia Civil les comprende. Justo entonces aparece un autobús. Los civiles se relamen: “Portugueses -dice el mando-, estos seguro que vienen de la Expo”. Dos o tres guardias se suben al bus pidiendo a diestro y siniestro la documentación. El más joven me devuelve el bolso, después de haber comprobado el ejército de tarjetas de crédito y la ausencia de líquido, como extremeño que es uno. A la vista de los rostros de la gente de Idanha-a-Nova, descarto la posibilidad de un motín: parecen atónitos, como mínimo. Finalmente, nos dejan marchar con amable resignación. Horas antes, en dos tiendas, ya habíamos detectado la “discreta” vigilancia de la seguridad y los empleados. La pinta, que es siempre un excelente argumento, como bien sabe la autoridad y el resto de la humanidad. Menos mal que uno es bisnieto del Cuerpo y se lo aclararon de chico.

CUIDADO

Recientemente, una entrada en el diario de Luis Sanabria (“Salvados de la quema”) se refería a un cartel escocés que exigía lentitud a los automovilistas debido a la presencia de gansos en la calzada… Más cerca, en Portugal, puede obtenerse esta fotografía inspirada por, como dice el propio Luis, el respeto y la educación. Salir de casa es lo que tiene: te das cuenta que, para lo mucho que hoy se viaja, no se acaban de comprender e importar costumbres modélicas. De hecho lo extraño no sería que semejante leyenda pudiera abrirse paso entre nuestros delirantes carteles repletos de prohibiciones y recomendaciones ociosas o impropias, sino que sobreviviera durante meses y años sin ser roto, deteriorado o pintarrajeado. Aún así, al parecer cultivamos atletas, los reyes del mundo en paciencia. No digamos ya las aves.