Mes: octubre 2006

BLANCA Y NEGRO


Los días de Oporto -por fín descansamos- serán recordados en plural por la elegancia de nuestros acompañantes, el descubrimiento del placer de ver a las personas batirse con la distancia del maratón, las escenas flipantes de los animales libres en el parque (patos, liebres, gatos como un ballet encantado), las infames rejas de su presidio-juzgado y el voluptuoso apremio de las comidas. Volviendo de la blanca Portugal, donde pasamos días y noches enfrascados en asirnos a aquellos días en los que ibamos de la mano de nuestra madre a comprar a un mercado de mandiles y colores, una tromba de agua de lluvia no es que nos anuncie, es que nos impone literalmente el otoño. De la misma forma contundente la aterradora literatura de un boticario francés, Olivier Pauvert, me empuja desde “Negro” un metro más allá de mis rencores, no sé si a mejor o a peor. El caso es que el fin de su sobrenatural personaje es otra cima, desbordada, brutal y enigmáticamente conmovedora de aquello que hay en común en mis ficciones preferidas, y véte a ver si en mi vida original: la redención. Cuando llegue lo sabré. Hasta entonces no cejaré en guardarme y recomendar el país de al lado y la novela del boticario

NI ARTISTAS NI OBREROS: POLICIAS DEL FUEGO

“Una sabia institución la del Estado, que prefiere que sus ciudadanos sean buenas máquinas útiles antes que espíritus intrépidos, que azota al zorro hasta que obtiene su pellejo, que valora mucho más las manos y pies de sus paisanos, inagotables instrumentos de girar y pisar, que sus cabezas. Los antiguos hacían de barro cocido a sus humanos, como Prometeo, pero introducían en la masa un rayo de sol: a nosotros no nos gusta jugar con fuego, por miedo al peligro, y por ello omitimos el rayo: ¿acaso no existe hoy una policía del fuego,como existe la censura, que ahoga con suficiente rapidez cualquier llama que quiera asecnder ardiendo?”.
Esto se escribió en la Europa del siglo 18.
“Artistas” y “obreros” se hacen llamar, agrediendo a unos y a otros, pero es uno que manda, quien desde su pedestal -público, por supuesto- enladrillado de décadas de pesebrismo, sueldazo, arrogancia y manipulación pretende con sus triviales, demagógicas y escaparatistas “intervenciones” seguir asociando su nombre a lo alternativo, a lo crítico, cuando es él mismo -son ellos mismos- la policía del fuego en su territorio de la erosión, a la que día a día contribuyen con su estrategia de tierra quemada y la consiguiente algarabía de sus clientes, sensibles a la cultura “oficial”: los medios del régimen. Ahora van a por la pobreza con sus bolsillos hinchados

OCULTO


Desde 1983 a 1992 un servidor veía más de 500 películas al año. Semejante empacho, del que aún no me arrepiento, se ha corregido con el transcurrir del tiempo: la última vez que pisé una sala de cine fue hace dos años, me niego a ver ningún filme doblado y en la actualidad me llega con apenas alguno a intervalos irregulares de uno por semana. Me he convertido en un crustáceo, me satisface el pedante eco solitario de mis pasos entre los demás pescados. Las últimas entregas he vuelto a reencontrarme con el placer que estos lujosos cofres soñados llamados películas me dejaron un día y que, entre dichos y hechos, he ido agotando hasta perderlo. En la sala de cine en casa de Geles y Luis, en la calle Caleros, hemos creado un modesto templo para nuestra pequeña cofradía de fugas fugaces. De cómo los deseos pueden convertirse en realidad,pues, incluida la cerveza y las palomitas. Y ver y oír con todo lujo de detalles “Caché” de Michael Haneke, “La chiavi de casa” de Gianni Amélio o “Mon père est ingénieur” de Robert Guediguian ayuda a la reconciliación y, si no me detengo, a explayarse en más verborrea retórica. Películas con todo en común: un arte sensible, honesto, excitante y sincero, imágenes y textos prodigiosos, interpretaciones desarmantes. Cine que te hace ver cómo algunos espíritus disponen de esmaltes y colores con los que retratar la vida sin limitarse al negro y al blanco del pantón que se nos impone. Un cine oculto entre tanta máscara como a diario se cuela en nuestras rendijas y puertas abiertas, queriéndolo o sin querer. Me gustaría recomendarle estas películas a alguno de los miembros de la Comisión de Cultura que, por dos años consecutivos, nos han negado una ayuda para producir un largometraje al calificar sus méritos con 59 puntos y no los 60 necesarios. Me gustaría, pero el caso es que preferiría hacerlos desaparecer, y eso no está bien. Para esto sirve el cine, para darse cuenta de la grandeza y la miseria que habita en nosotros, en particular en uno mismo. En fin, como termina el filme de Guediguian: “On continue”. Seguimos