Mes: agosto 2006

CUATRO MIL QUINIENTOS COLEGAS


4.500 personas han descargado de Internet
“LA PULGA DE AGUA” Y
“CIELO E INFIERNO”

En apenas cinco meses desde que se colgaran en la red para su descarga, más de cuatro mil quinientas personas se han “bajado” “La pulga de agua” y “Cielo e infierno,el concepto de droga y las substancias psicoactivas”, dos de los documentales producidos por Libre Producciones. Pueden descargarse libremente desde la dirección de internet http://www.p2p.kinoki.org.

Libre producciones ha cedido a esta página volcada hacia el mundo del documental y el pensamiento crítico sus programas para que puedan ser libremente distribuidos. En muy pocas fechas podrá descargarse también “Los últimos” y,una vez terminado, el documental “Mientras el aire es nuestro” sobre el proyecto de refinería para Tierra de Barros

“La pulga de agua” (2.047 descargas en http://www.kinoki.org) es un documental rodado a lo largo de todo el año 2004 sobre las actuaciones urbanísticas y especulativas alrededor de la Ribera del Marco y la fachada este de la ciudad de Cáceres, que han llevado a ICOMOS Internacional a advertir del riesgo de perder la condición de Patrimonio de la Humanidad por las sucesivas afrentas al catálogo monumental y ambiental cacereño, realizadas además con dinero de fondos europeos. Lamentamos desde Libre producciones que Canal Extremadura TV haya rechazado su emisión, sin coste alguno para esta cadena, cuyos criterios de programación no comparte, dado además el volumen de contenidos frívolos y ajenos a la Comunidad Autónoma extremeña que se acumulan en su parrilla

Por su parte, en “Cielo e infierno, el concepto de droga y las substancias psicoactivas” (2400 descargas), en palabras del crítico Alejo Alberdi “ se abordan cuestiones como la compulsión en tanto que un fenómeno generalizado que no se limitaría a las drogas, sino que afectaría a muchos otros ámbitos (sexo, trabajo, comida, etc.); la ética en el uso de drogas; la perversión del concepto de Salud Pública; las justificaciones de la prohibición por hechos que son consecuencia de esta y los pánicos morales, entre otras y nos ofrecen un panorama de este asunto totalmente alejado de la monocorde propaganda y de la transgresión de baratillo, dos extremos que vician irremediablemente la noción sobre las drogas que tienen nuestras sociedades”, definiciones que suscriben sus autores.

LA ULTIMA ODISEA DE RAMBO DOS

No pongan violencia en la vida de sus hijos. Defiendan la memoria histórica. Critiquen la foto de las Azores, y ubiquen el terrorismo de ETA y AlQuaeda como el mayor de los males. Y después, dediquen el dinero público a comprar y emitir pornografía militarista. Algunos pueden recordar la letra que Celtas Cortos escribió en su día sobre la serie Rambo (“haz turismo invadiendo un país, es barato y te pagan la estancia”), o ser conscientes de que vivimos en un mundo en que ni la ONU (cuyos “observadores” caen impunemente) ni nadie tiene ya poder para frenar el despliegue salvaje de la fuerza. Que Rambo, invasor y asesino, ha ganado, es un hecho. Que ha ganado de Panamá al Líbano, pasando por todas las Numancias. Para celebrarlo, en la misma semana es que los cadáveres de la última matanza están aún calientes en las fotos de la prensa, usen el dinero de los contribuyentes para que nuestra población, buscando conocimientos sobre su propia tierra, puedan ponerse al día en actualidad ideológica: un héroe americano debe y puede matar eficientemente a todo el que se mueva.
En la era Reagan, cuando el gran imperio audiovisual del planeta dio a sus ciudadanos y colonos un Rambo (tres) poniéndose a favor de los talibanes contra el demonio comunista, se coció, en la tuna de la CIA, el caldo de cultivo para las Torres Gemelas. Enseñar a matar y a poner bombas, y producir esa película, es lo mismo. Cara y cruz de una sola moneda. Elegirla voluntariamente para ponerla a la hora de mayor audiencia en un naciente medio público de comunicación es una decisión que se me escapa y me aterroriza al mismo tiempo. ¿Y saben qué es lo que más miedo me da? Que se ve como algo totalmente irrelevante. Es la victoria ideológica evidente del imperio audiovisual al que me refería: que los responsables de contenidos escojan consumir la peor propaganda parafascista, y que los responsables políticos y el público en general lo acaten sin hallar motivo de protesta, porque es normal y carece de importancia.
Y sin embargo, ¿creen ustedes de verdad que esas películas son y han sido inútiles a la hora de crear opinión en las últimas décadas? Y me refiero a esa opinión difusa basada en la costumbre de ver repetirse los mismos iconos, como el de la muerte bajo la enseña triunfante de las barras y estrellas. Crear una opinión que no consiste en razones, argumentos o datos, sino en el más básico adoctrinamiento de acostumbrarse a verlo y pasar un buen rato mientras te inoculan. Los perros de Paulov babeaban con un timbre, y los ciudadanos occidentales contemplan sin inmutarse los telediarios, porque han aprendido que la guerra real es sólo una burbujita rara y lejana en una gran nube de violencia irreal. No se engañen: si no sirvieran muy bien para eso, para nublar el sentido común y drogar la sensibilidad humana, esas producciones ni siquiera existirían, y EEUU no sería el imperio que es. Casualmente, la cinematografía es su mayor industria. Después siguen las armas y la aeronátucia
El llamado Canal Sur Extremadura fue criticado, entre otros motivos, porque supuestamente significaba una “colonización cultural” por parte de nuestra peligrosa vecina, Andalucía. ¿Cómo deberíamos interpretar que Canal Sur Andalucía fuera una amenaza para nuestra identidad, pero el modelo audiovisual estadounidense sea consagrada como parte de la cultura extremeña? Por no hablar de los escasos conocimientos que el presentador del programa “estrella” de nuestra televisión autonómica parece necesitar para hacer su trabajo. ¿Ayuda a nuestro desarrollo poder ver a unos vecinos pasarlo mal en un feo plató ? A mi lo que me da es vergüenza ajena y propia.
Volviendo al tema: en aras del entretenimiento, ¿debemos creer que una tv pública no está para lo que justifica su gasto según la ley, sino para ofrecer a niños y adultos la fábula moral de la violencia obscena? Me parece escupir sobre los muertos. Alentar a los asesinos. Favorecer las guerras. Apoyar verdadero terrorismo.

Ana Baliñas.

.
CANAL EXTREMADURA TV EMITIÓ “RAMBO II” Y “RAMBO III” EN HORA PUNTA EN AGOSTO DE 2006

LA MALA ORILLA

I – LA GEOLOGÍA DEL PAISAJE
Hay tres o cuatro hilos. Éste es el primero. La geología del paisaje. Un relieve antiguo, con diferentes tipos de rocas. Unas, más duras, forman un anillo no totalmente cerrado de elevaciones cuarcíticas. Dentro de él, más bajo, el afloramiento de calizas, rocas más “blandas”, que se remonta a un ciento y pico de millones de años atrás. Hay también pizarras y grandes depósitos de fósiles. Un conjunto casi circular cuyo diámetro recorreríais hoy caminando apenas unos kilómetros.
Antaño, en su interior había agua. No cualquier agua, sino un resto del océano primigenio. Un golfo, un gran lago, que se había formado ni más ni menos que cuando esta zona del mundo se levantó naciendo la tierra firme, sin arcas de Noé ni pájaros, pero ya con cielo y tierra y vida bajo la superficie rizada.
Después siguieron pasando cosas. Las mismas fuerzas inician otra etapa. Aparecen fracturas, rompimientos, grietas que llevan la dirección Nordeste-Sudoeste. El antiguo lago hierve, se convierte en escenario de una intensa actividad hidrotermal. Entre los elementos químicos así revueltos, algunos se evaporan y otros se fijan a las rocas del suelo. Surgen, unidas a los cuarzos, vetas de un mineral llamado fosforita, en una red de diques que se cruza entre las calizas y las pizarras. Dedos y brazos de fosforita, de diferentes formas, longitudes y grosores.
Por otra parte, las calizas. Se dice que son rocas blandas, entre otras cosas, porque se disuelven con cierta facilidad. No de cualquier forma, sino de un modo llamado “karstificación”: creando túneles y cuevas, surcos y oquedades a distintos niveles, por los que fluyen corrientes de aguas subterráneas.
No es sólo un terreno geológicamente inestable. En este paisaje, bajo la zona llamada “Calerizo” o “Las Minas”, lo que hay es una especie de gran esponja mojada.

II – LA CIUDAD PRESENTE
Hay tres o cuatro hilos. Éste es el tercero. La ciudad presente en que acontece… El hilo aparente que aquí me trajo.
En primer lugar, un casco histórico del cual descuido y aislamiento convierten aquí y allá en triste a la belleza. Algo que se considera de mal gusto decir.
(Alaban sus palacios feudales los paladines de lo políticamente correcto. Se hacen lenguas de la belleza de sus murallas. Miran hacia otro lado mientras las palas excavadoras actúan en sus bases, que ya no son tan fuertes. Miran hacia otro lado cuando su entorno de antes se promociona entre alusiones a las bellas vistas de los apartamentos nuevos, de los chalés adosados.)
En segundo lugar las construcciones nuevas, alcorcónicas y leganésicas en la carencia de alma.
(Alaban sus acerados los paladines de lo políticamente correcto, los mismos que consideran de mal gusto hablar mal de la ciudad de la yo que, bien o mal, os hablo. Alaban sus acerados que se extienden a lo largo y a lo ancho, como si la ciudad pudiese crecer continuamente feliz en su propio, y lucrativo, cáncer. Alaban sus acerados mientras cruzan en sus coches el collar de rotondas, y admiran palacios de ocho plantas con balcones de nata.)
La veis como visitantes ocasionales y no lo percibís; yo mismo tardé en percatarme de que ocurre.
Un mes en una calle, otro trimestre en aquel barrio, y la semana que viene en las afueras, las demoliciones no paran. Y así, como una serie de goteras tontas que a nadie parecen lluvia, rascan las garras de las máquinas el terreno sin pausa, y esta ciudad de la que os hablo, abandonada de todos en las manos de los adalides de lo políticamente correcto, y de los especuladores inmobiliarios, se desintegra poco a poco… Como un rostro de arena bajo la ola.
Según me contaron, cayeron calles enteras de chalés novecentistas. Cayeron las fachadas y los árboles de los jardines en pro de los bloques de ladrillo y hormigón. Y aquí y allá, cada vez más, en calles que son de cal y balconadas de dos o tres plantas, con portales de granito y escaleras de mármol, con bóvedas casi planas y columnas de las que ya no se hacen, con suelos pintados bajo las prensas hidráulicas, desaparecen también los edificios, como se fue extinguiendo el comercio de la villa con la llegada, a terrenos “cedidos” por el ayuntamiento, de las grandes superficies para comprar a las que se va en coche.
(Calles empobrecidas que fueron centros de comercio y servicios en los siglos modernos. Justo hasta que llegó, si alguna vez lo ha hecho, la edad contemporánea a la ciudad de la que os hablo. La edad contemporánea, y, con ella, la igualdad de oportunidades. La ciudad se parió a sí misma, casi como es ahora, en tiempos de los señores del ganado: en tiempos de negocios, en tiempos de grandes beneficios y consensos sociales.
Los que viven hoy aquí de sus private lege, admiran, como no, cuanto de señorial ha habido en las construcciones históricas de su muy noble casco. Responden a los iconos del poder como siempre lo han hecho: con identificación y obediencia, con deseo de más y de lo mismo; en algunos casos, con la sutil superioridad del propietario que arregla, por caridad, el más despreciado de sus establos.
Lo que no fue de ellos, de los privilegiados de antaño, merece y recibe muy otro trato.)
En fin, no os voy a hablar de todos los desaparecidos, de las fincas y de las huertas y de las fuentes y de los lavaderos y de las casetas de peones camineros, y de los palomares y de las cuadras y de las chimeneas y de los molinos y de las cercas de piedra y hierro y adobe y teja árabe, y de los olivares que tenían cada uno nombre propio, y de las fábricas de chocolate y de los hornos de cal y pan y de las cañadas y cordeles y de las veredas y de los caminos que surcaban la ciudad para que llegaran por ellos ganados y arrieros, sal y frutos, jabón y tantas otras cosas.
(Son cosas que a nadie importan: ni al noble historiador, ni al sensible propietario. Caminos y mojones que recorrieron las familias de jornaleros de la ciudad que iban a sembrar y cosechar a los campos de las fincas cercanas. Huertas que diseñaron los esclavos del norte de África, y sus descendientes cristianizados. Acequias, acueductos, calles, escalones, arandeles, pilones, canterías labradas. Trabajo de las manos, construcciones sin planos. Caminos afirmados por las plantas. Zonches. Corrales. Fuentes. Albercas. Aljibes. Patios.)
Resumiendo, que todo eso cayó y pronto, por poneros un caso de tantos, las Riberas de una de las Comunidades de Regantes con más solera de la península (pues se remonta a los tiempos de aquellos mismísimos reyes católicos que desmochaban los palacios, y a mucho antes, a aquellos tiempos en que Córdoba era capital de médicos y aún no existía la toma de Granada, y mucho antes, a aquellos tiempos en que los latinos edificaban sus teatros, o mucho antes, a aquellos miles de años de los que ya no tenemos memoria, sino pecios del tiempo y manos de cuatro dedos y semillas y árboles) serán al este de la población un cinturón de rotondas y de carriles para correr bicicletas y motores, y de ella nada quedará, como nada queda del resto, ni un membrillo o una ciruela claudia o una cala o una reina de mayo o un segmento de tapia con un cartel al lado para explicar a los viandantes (que tampoco habrá ya, pues evidentemente en el futuro próximo, aunque no haya petróleo, sólo se necesitará asfalto para los coches, no adoquines ni parques ni peatones ni asnos ni mulos ni mulas ni burros ni vacas ni caballos) como era que vivía aquí la gente antes de que la ciudad presente fuera, abandonada de todos, gobernada por un desgobierno que, tras privatizar para mayor comodidad propia todos los servicios públicos, conservó para el ayuntamiento como única gestión, vaya por Dios, precisamente la del tráfico de sus terrenos y creced y reproduciros…
Y no os creáis que exagero, que la ciudad es pequeña y no tiene industria ni desarrollo que lo justifique, y sin embargo se edifica en ella tanta obra nueva como en los lugares más ricos y dinámicos del continente, aunque alrededor de un tercio de las casas preexistentes a esta fiebre constructiva están sin habitar.
Una cifra, podéis creerme, que aumenta cada año.

III. LAS OBRAS
En fin, nada de eso sabía yo que iba a acabar sabiendo cuando llegué. Hay tres o cuatro hilos, y éste es el cuarto: mi propia historia. Ciego como vosotros recuerdo haber deambulado hasta topar con mi destino. Era diciembre y los movimientos de tierra iban ya bastante avanzados en los terrenos de la nueva urbanización. Hacía frío y yo no tenía a esa hora porqué estar allí, mirando sin atención la maniobra de las máquinas, que ya habían desbrozado la antigua finca rústica, abierto las enormes hendiduras para los primeros cimientos, destruido el viejísimo rodal que surcaba como una sierpe marrón el pasto espeso, arrancado árboles y arbustos, colmatado los desniveles, colocado los tubos de los saneamientos en lo que iban a ser calles y, en fin, ejecutado casi toda la labor precisa para empezar a edificar los nuevos adosados.
Sin embargo, como yo bien sabía, faltaba casi un año para que los edificios empezaran a crecer a golpes de mallazo y encofrado.
A la derecha, como un espejo inverso, el trozo de campo que había quedado fuera de la última recalificación de terrenos, una estrecha franja verde y pajarera de unas docenas de metros hasta la vía del tren. Tras ella, todavía campo abierto, ovejas, apariencia de paz y naturaleza. Delante, cruzando la carretera del oeste, un altísimo desmonte le hacía carantoña brutal de piedra viva a una loma suburbial.
Me sentía extranjero, pues llevaba tres días de soledad y trabajo alojado en un hotel. Miraba sin ver allí enfrente, en la periferia de esa ciudad extraña, el humo de la quema de neumáticos que trepaba el cielo gris, y, detrás de lo que parecía enorme escombrera tras las ruinas de una antigua explotación agrícola (palos rotos, y morteros de cal que se van desprendiendo como lágrimas), asomar como hongos rojos las altas cabezotas de unos bloques de pisos elevados, aparentemente, allá por los sesenta o los setenta de la pasada centuria.

IV. EL HOMBRE DE LA GORRA
Hacía frío, es verdad, pero nada me permitió comprender porqué percibí en aquel mismo instante un aire de fuerza extraña y aliento perturbador que me llegó de aquella zona muerta que miraba yo a lo lejos. Procesión de las sombras. La vi de súbito, imagen totalmente nítida y significante. Oí, como si de allí me alcanzara el eco de muchas voces, una cadencia rítmica que hablaba de algo terrible y pasado.
¿Vi? ¿Imaginé? Poco importa. Aquella como música hablaba y se me imponía como un encantamiento, aún comprendiendo yo desde el principio que no era real, que si venía de alguna parte y no de mí mismo, con toda certeza no eran mis oídos los que recogían la vibración. Y justo desde que calló, me fijé en el hombre que me escrutaba desde abajo, tras los alambres del cierre de las obras.
Llevaba una vieja gorra, y ni siquiera presté atención o me pregunté entonces por su edad. Noté apenas la barbilla saliente y pronunciada bajo el trazo muy recto de los labios, los arcos apuntados de las cejas bajo la frente igualmente saliente y pronunciada. Tenía aquel hombre rasgos casi pétreos de accidente geográfico, ojos desoladoramente apasionados, complexión enflaquecida sobre una caja torácica mayor de lo normal, como si cobijara pulmones de atleta o de ciclista viejo, pecho de hombre que había sido capaz de esfuerzos desmesurados, de esos que dicen que antiguamente realizaban los titanes.
Incómodo, le hice sin saber por qué un signo de reconocimiento, y salté desde lo alto del montón de tierra al que estaba subido hasta el otro lado, hasta el barrizal reciente que iba a ser avenida principal, casi huyendo de la intensidad de esa mirada. El resto de la tarde transcurrió de modo tan monótono como las jornadas precedentes, con la salvedad de que antes de retirarme a mi inmensa habitación tras la cena solitaria, me hice servir en la barra del hotel dos hondas copas de coñac en las que ahogué el rumor interior y la frialdad húmeda que me había dejado el paseo. Quizás por eso el sueño fue traqueteante como un tren averiado, y desperté de golpe a las cinco de la mañana en la oscuridad enmoquetada pensando algo que hasta entonces había olvidado. Me acordé de que mi abuelo por parte de padre, a quien no llegué nunca a conocer, había hecho en esta misma ciudad su no modesta fortuna, con la que volvió a su norte natal, a la capital de brumas donde se casaría y tendría cinco hijos antes de morir.

V – HAY TRES O CUATRO HILOS
Hay tres o cuatro hilos. Éste es el segundo. El de la historia “reciente” del lugar del que os hablo. Por poner un prólogo cualquiera, las respuestas del geógrafo Tomás López, que allá a finales del siglo XVIII llegó a la que no era aún ciudad, inquiriendo, como le habían encomendado, sobre aguas, canteras, cultivos y riquezas de cualquier tipo.
Tras informarse, afirmó de las fuentes que eran innumerables en todo el territorio, minerales y medicinales. Describió la situación de aquella población, “en extremidad de una sierra”, que forma “casi un círculo”. En sus alrededores… “dehesas de pastos y tierras de labor”… Además, “el mineral más útil y abundante es el calizo, del cual se surte la mayor parte de la provincia por su exquisita calidad y variedad de especies para diferentes usos y fábricas”.
De tal yacimiento explicó: “su extensión es de tres leguas desde poniente a mediodía del pueblo, principiando a pocos pasos de distancia; el terreno que ocupa tiene hondas cavernas, unas ocultas y otras manifiestas”…
Un terreno que, con sus hornos de cal y otras pequeñas “industrias”, como almazaras de aceite y tahonas de pan, no vio alterado hasta el siguiente siglo el paisaje armonioso que los tiempos le dieran.

VI. LA PESADILLA
Que te compre quien te entienda, acostumbraba decir mi madre cuando era yo muy joven, antes de hacerme ingeniero en las aulas de una universidad británica y cambiar tanto de modus vivendi como de lugar de residencia habitual. Dos cambios que coincidieron al morir ella y perder yo, poco a poco, contacto con la familia que por su lado me quedó, la única que traté durante mi infancia. Mi padre… Supe de su dinero lo que acordaron tras una separación de la que no tengo memoria (pues sucedió en algún momento impreciso entre mi nacimiento y mis primeras palabras) y poco me impresionaron los contados encuentros, más o menos ceremoniosos, que pudieron producirse desde entonces hasta que desapareció del mundo (más concretamente, de la carísima clínica privada donde reinaba, en batín, sobre la pequeña corte de empleados, abogado personal, parientes propios y parientes de secretario que le habían acompañado, como vulgarmente se dice, en sus últimos años). En el funeral tuve ocasión de conocer o reconocer a varios de mis tíos, uno de los cuales insistió durante diez largos minutos, pese al desagrado evidente de mi madre (o quizás precisamente por él) en la extremada semejanza física que me hacía, a su entender, digno heredero de la saga de mi familia paterna. Acabó todo delante de un panteón oscuro, donde ya se pudrían los restos mortales de varios miembros de aquella misma saga. Entre otros, los de ese abuelo desconocido: un nombre sobre la piedra, un esquema biográfico de tres o cuatro frases (restos de lo poco que sobre él me hablaron a veces), un retrato fantasmal que nunca llegué a relacionar conmigo mismo.
Y sin embargo, me desperté a la mañana siguiente sudado, como después de una pesadilla.

VII. LA FOSFORITA
Contaba a finales del XVIII la población, cuando sobre ella escribió el ilustrado Tomás López, con unos seis mil setecientos vecinos. Hasta unos cien años más tarde, en unos años ochenta de un mundo decimonónico que no queda tan lejos, no sería ciudad.
Tal cambio de status no se debió a los hornos de cal o al aprovechamiento agrícola, ni siquiera a la actividad comercial y ganadera o a las pequeñas industrias que bordeaban casas y murallas (en lo que era en aquellos tiempos Ribera de molienda, de huerta y tenería, en el extremo nordeste del círculo de sierras), sino a un quehacer nuevo que se extendió desde mediados del XIX por los campos extensos. (“Vei-li esa piedra. Trae la cesta. Vamos a darle…” La cuadrilla camina y otea como antaño hicieron tantos, deteniéndose horas o días en ciertos lugares, pero no busca espárragos u otros comestibles entre las rocas porosas, cerca de cuevas que ya conocieron ancestros paleolíticos. Busca, en la superficie del Calerizo, algo que hasta ese momento de la historia no tenía valor de cambio.)
Empieza así, con pico y pala, en pequeñas explotaciones familiares a cielo abierto, la extracción de fosforita. Un producto que en el siglo XIX adquirían, para hacer los primeros abonos químicos, países como Inglaterra y Francia. El mineral del lugar concurre a exposiciones internacionales como las de París y Filadelfia, saliendo en carros de bueyes por la única carretera y por la indeterminada red de senderos que para este fin se amplía o reutiliza. La dirección es la del puerto de Lisboa.
En esa etapa, todo es familiar y atomizado, desde las altas de las explotaciones hasta los sistemas de transporte. Se ponen grandes esperanzas en esa fuente de riqueza, y empieza a crearse una nueva barriada al sudoeste de la villa, entre fincas agrícolas, cerca del que antes era triángulo de ermitas donde paraban los viajeros y se hacían romerías. Los inmigrantes que acuden son, en su mayor parte, jornaleros de un campo latifundista con grandes excedentes humanos, generados en siglos anteriores. El mineral de superficie se va agotando y, como no podía dejar de pasar, en pocas décadas el asunto pasa a manos de un industrial de origen foráneo, ministro por más señas, que importa los primeros ingenieros franceses, construye la primera urbanización para los trabajadores (una aldea de casas que bautiza con su propio apellido, el resto son chozos y casetas que cada uno se hace como puede, para unos meses o para unos años a pie de obra), y consigue del gobierno un ramal de ferrocarril que dé salida a su negocio.
Tras la muerte de ese industrial, que dejó también la primera iglesia de la barriada junto a las casas que llevaron su nombre, es una Sociedad la que se hace cargo de la explotación de fosforita, instalando las primeras máquinas de vapor a principios del siglo XX. Sigue una historia de bandazos, expropiaciones, cambios de dueños, hundimientos de pozos, chabolismo creciente, descubrimientos de nuevas minas y abandono de otras… Un pueblo minero crece como puede.

VIII. EL DÍA SIGUIENTE
Desperté por la mañana sudado, como después de una pesadilla. Arreglé, siguiendo los pasos de la agenda que viaja conmigo, lo que debía hacer ese día. Por la tarde me encontré otra vez paseando cerca de las obras. Como quien dice, sólo para matar el tiempo. Miré con tranquilidad aquellos alrededores que el día anterior me habían causado una impresión tan fuerte, sin percibir nada más extraño que la amenaza de una tormenta.
Mañana haría las últimas gestiones, guardaría mis aperos profesionales y personales en el maletín de cuero, y a la hora prevista me dirigiría a la estación de tren a alcanzar el vagón nocturno que me devolvería a mi apartamento en la capital del país. Mis conclusiones sobre el estudio demandado estaban tomadas. Suponía, con bastante tino, que mis contratadores las considerarían inaceptables, lo cual me ponía en la tesitura inmediata de plantearme un cambio de trabajo.
Quizás era el momento de tomarse unas vacaciones forzosas. Miré hacia poniente, allí donde el sol de la última hora de luz diurna traspasaba dificultosamente las nubes blancas y grisáceas. Al hacerlo, levanté la cara al aire fresco.

IX. EL PUEBLO MINERO
Un pueblo minero crece como puede… Corrían más o menos los mil novecientos cuarenta y tantos… Los primeros calores de marzo alargaban el esfuerzo en las pedreras (más de sesenta anos más tarde, aún muchos de esos montones –sumando toneladas de roca hecha añicos – permanecerían aquí y allá, tomados por el verde y por los líquenes, sorprendiendo a los excursionistas curiosos con su aparente sinsentido). En la solana del Castillo brotaban cabecitas malvas y amarillas a ver el viento del sur. Pese a notar perfectamente la llegada del encargado a sus espaldas, ninguno de los cuatro trabajadores del grupo levantó la frente o alteró el ritmo de los golpes.
– Esta tarde no vengáis aquí. Vais al horno.
Ahora sí se detuvieron los brazos.
– Tú… y tú.
Los dos interpelados cruzaron miradas. Antes de hablar, el más joven de ellos miró también hacia su hermano mayor, que a un par de pasos le empujaba con la vista.
– No. –Le salió la voz muy baja, pero el tono estaba bien. A su lado notó dudar al pasmarote de Paco.
– ¿Y por qué no, si se puede saber?
El encargado estaba sobre aviso. Eso se notaba. Además, la segunda pregunta se la dirigió al mayor:
– ¿Éste es el Fatelero segundo? Pues dile que no se ponga tan bravío.
¿Qué hacer? A los diecisiete años, el segundo hijo de la Fatelera aprendió algo que ya sabían otros miembros de la familia. Algo que no llegarían a saber muchos en las Minas. Miró hacia el cielo que se acababa de nublar, anunciando frío, y habló entre dientes:
– Se está poniendo mala la orilla…
Luego, como si el Cristino ya se hubiera ido, aunque estaba allí mismo, escupió en las manos y movió la herramienta, para acercarle a Paco la siguiente piedra.

X. EL ENCUENTRO REPETIDO
Una forma de hablar. Un modo de expresar que el tiempo –meteorológico- cambia a peor.
Entonces no lo sabía, y escuché como quien oye un idioma extranjero que cree comprender, aunque no tan a la perfección como para entender inmediatamente la frase que pronuncia a su lado un desconocido:
– Se está poniendo mala la orilla…
Sin duda todos los idiomas que conocemos pueden parecernos a veces extraños. Era el hombre de la gorra que había visto ayer. El contexto me ayudó a contestar:
– Eso parece.
Mientras el desconocido permanecía silencioso, observando como yo un espacio cada vez más oscuro, más frío y más azul, pensé: El cielo es como un río. En sus orillas se leen cosas, previsiones de futuro.
Y me gustó pensarlo. Además, llevaba varios días sin hablar más que con interlocutores de trabajo. Excepto los camareros, era la primera persona que se me dirigía motu propio desde que había llegado a la ciudad.

XI. LA PREGUNTA
-¿Qué pasa con el facultativo nuevo?…
La pregunta llevaba semanas haciéndose. Formulándose o no explícitamente, según uno estuviera dispuesto a callar o a hablar en tiempos malos. Insistiendo en ella hasta enterarse o dejándola estar, porque en determinados tiempos más vale la pena aprender a no saber nada sobre determinada gente.

XII. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
Fue él quien continuó la conversación:
– ¿Usted no es de aquí, no…?
Incapaz de explicarle de donde me sentía, solo supe decir:
– No.

XIII. LOS MALOS TIEMPOS
En este caso, eran esos tiempos. En el verano de un mil novecientos cuarenta y tantos, corrían tiempos de ponerse mala, en general, la orilla. (La expresión hizo estragos y durante algún tiempo, en la historia del habla de esa comarca humana de la que os hablo, significó algo más que un cambio de tiempo. -Historia, que también las hablas y las lenguas tienen la suya, como los seres humanos y todos sus quehaceres-).
Sin embargo, la situación no era la misma que en semanas anteriores. Entonces, escuchada en una taberna, por ejemplo, la pregunta podía llevar a largas conversaciones. Se hablaba, como no, de los hechos del nuevo directivo de las Minas, y también de los detalles de su biografía previa que los trabajadores llegaron de él a conocer. Después, las conversaciones callarían, imponiéndose la costumbre del silencio.

XIV. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
Siguió un silencio tranquilo que se llenó para mí, por el conjuro de la expresión, con la memoria de los ríos que conocía. Desde los de mi tierra natal a los que había visto pasar al norte y sur de la península ibérica. Recordé el viejo Támesis, el viento sobre el Danubio y también corrientes menores del Alentejo portugués y de las tierras manchegas. Me vino a la cabeza una tarde de otoño-invierno, como ésta, a la orilla de un agua blanca como el cielo, entre hierbas secas humedecidas en el frío sin lloviznas. Y creí llegado el momento de apresar otra vez la mano de la palabra, y disponer entre ambos, ya no tan desconocidos, un hilo de intercambios sobre el que tender, como si fuese cuerda de ropa, el fantasma de mi pequeña soledad.
– ¿Y usted?…
Me enteré así de que el hombre de la gorra y del rostro viejo y apasionado, de pecho grande como bestia de carga y viejos jersey y pantalón, había nacido en la misma barriada que teníamos enfrente, allí donde se levantaban los bloques de ladrillo barato en los que me había fijado ayer por la tarde. Se habían construido estos, según me dijo, no hacía cuarenta o cincuenta, sino hacía poco más de diez años atrás, sobre los años 90. Eran viviendas de protección oficial, donde se realojó a buena parte de la población marginal de la provincia e incluso de la comunidad, en un supuesto intento de integración social.

XV. LAS MINAS
Un pueblo minero crece o se va a pique como puede… Cuando acaba el mil ochocientos noventa y nueve, cuando entra el mil novecientos, ya muchos habían envejecido picando piedra y barrenando, bien en las canteras a cielo abierto, bien en los primeros pozos, bien en la durísima obra del camino de hierro. Sin embargo, la gente va y viene, pues todavía no se había estabilizado realmente la población. El comienzo de siglo vio casi desierto el lugar, tras una breve “crisis de producción”. Eran tiempos más nómadas, y ningún relato cuenta donde iba la gente cuando acababan los trabajos. Quizás volvían a sus pueblos. Quizás deambulaban por los caminos. Quizás se iban a Portugal. Quizás se extinguían como hierbas del campo, o sobrevivían de la caridad pública, o vivían del aire. No eran grandes cantidades de gente, pues ésta no ha sido nunca una comunidad superpoblada…
Las Minas… Hablo de ellas en plural porque no me cabrían todos los nombres que llegarían a tener… La No la necesito, la Perla, la Abundancia, la mina del Cuco, la Bienvenida, las minas del Valdeflores, la Esmeralda… Cada hallazgo se convertiría en los decenios siguientes en una pequeña o gran ceremonia, con su propio bautizo…
En aquella historia a punto de recomenzar se mezclarían de nuevo, después del temporal abandono, las de docenas y cientos de individuos y familias. Hechos al mismo tiempo plurales y singulares, generales y concretos, reales e imaginarios porque ya son pasado, y por tanto no existen.
Hechos… Uno bien concreto: en el año mil novecientos diez llega (no era éste su verdadero nombre) un tal Pedro Rosas, atraído como tantos por la promesa renovada de un jornal.

XVI. EL FACULTATIVO NUEVO
Del facultativo nuevo se contaba que era comunista. O que lo había sido allá en la región de donde venía. Se contaba también (pero eso fue después) que en unas fechas que coincidían, al compararlas, exactamente con la semana siguiente a su llegada a la ciudad (nombrado para el cargo ejecutivo de más responsabilidad directa sobre la gestión del trabajo en el complejo fabril y minero), en esa región de donde venía había pasado algo. No se sabe bien qué. Según se contaba, habían matado a muchos. Fusilados unos, y con pistola otros. Eso ocurrió allí. A éste no lo mataron, por lo visto. Se decía también, pero esto podían ser las malas lenguas, que robaba.
Noticias o cuanto menos rumores de los que se habló en otro tiempo en la ciudad pasada de la que hoy os hablo, tres décadas después de que se estableciera en las Minas Pedro Rosas. Se comentaron tales nuevas en diferentes momentos, aunque aquí se presenten unidas.

XVII. MIL NOVECIENTOS DIEZ
(1910: había nuevos amos e iba a haber nuevas máquinas, movidas en aquel tiempo con la fuerza del vapor, porque sin ellas no podría extraerse mineral suficiente del terreno… Mineral suficiente, es de entender, para que produjera beneficios con su venta y transformación. Como seguramente los beneficios -aunque los beneficios lo hicieran en otros lugares-, y mucho más lentamente, a ritmo de muchas horas en días de trabajo, se acumularían también las labores: extraer agua de los pozos, buscar fosforita en el terreno, ahondar más, apuntalar los túneles, romper y mover rocas, manejar explosivos, acarrear cestos llenos y cestos vacíos… Las Minas crecerían hacia abajo en el suelo del Calerizo, mes a mes y lustro a lustro, según los trabajadores fueran horadando piedra caliza como lo habrían hecho docenas de gigantescas lombrices de tierra enloquecidas bajo sus pies, conectándose a menudo esos túneles artificiales con pozos de agua subterránea, quebrándose a menudo el terreno inestable.)

XVIII. LAS NOTICIAS
Primero, en los días que siguieron a unas muertes lejanas, se habló de ellas. Eran fusilamientos en otra región, una región del norte, pero tan cercanos como cualquier violencia en los epígonos de la guerra civil. Muertes cercanas también, porque de comunistas sabían todos en aquellos tiempos aquí.
Los que luego empezaron a decir que el facultativo nuevo robaba, llegaron a pensar que su nombramiento no era ajeno a aquellos sucesos. Pero esto fueron pocos, y no lo dijeron en voz alta.

XIX. LA FAMILIA (1910-1920)
A los pocos meses de trabajo, el tal Rosas conoce a una muchacha empleada en la “Residencia de los Franceses”, apodada “la Fatelera” por el gentilicio de su pueblo de origen. Los primeros hijos de la pareja (llegarían a tener ocho, seis varones y dos mujeres) nacen allí mismo, en las habitaciones destinadas al servicio doméstico de los ingenieros extranjeros y de sus familias, en una Residencia que conservó el nombre cuando los franceses se fueron.

XX. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
– ¿Una tierra sin ríos…?
Ahora fui yo quien hablé primero, casi para mí solo. La luz se ocultaba en alguna parte, tras el manto de nubes que no son en estos campos tan oscuras casi nunca, si no es a esta hora imprecisa en que el sol se pone sobre la tierra. Otra tierra nos rodeaba. La que pisábamos. Probaba yo, como quien dice, a reiniciar la conversación tras un breve silencio. El tono interrogativo era claro, aunque la reflexión podía no serlo.

XXI. SERVIR
(Servir… Barrer… Arrodillarse… Restregar… Trasportar baldes… Mover muebles… Encender fuegos… Subir el picón… Vaciar cenizas… Preparar braseros… Mojar sábanas… Mojar manteles y paños… Mojar el resto de la ropa… Frotar con jabón en agua fría… Remover… Escurrir prendas a fuerza de brazos… Tender… Doblar… Recoger… Limpiar, subir, bajar, enderezarse… Entrar y salir… Servir cuando no había electrodomésticos, escasos o nulos “sanitarios”, vehículos a motor, calentadores de agua… – Agua sí había. Mucha, por el nivel freático. Por el acuífero subterráneo de la ciudad de la que os hablo, rica entonces en lavaderos y fuentes, como hoy lo es en saneamientos, empresas de construcción, inmobiliarias y coches-.)

XXII. LA VOX POPULI
Luego, cuando ya se había acallado la noticia de los fusilamientos en aquella provincia de la que venía el facultativo (aunque no se olvidara, como otras informaciones recientes o lejanas, del país o locales), las conversaciones centradas en el trabajo de las Minas y sus condiciones se volvieron, como solía ocurrir, a la rutina de conocer y juzgar una gestión que les tocaba tan de cerca a la gente de la barriada: la organización de éstas, todavía no situadas en un extremo de la ciudad de la que os hablo, las minas de una ciudad tan de ficción como cualquier otra de la que pueda uno hablar. Se comentaron así los datos que pudieron, por diferentes medios, acceder a la vox populi desde lo que se escapa a ella: datos privados sobre la vida de personas que cabe considerar, por los puestos y funciones sociales que desempeñan a lo largo de su vida, importantes. Era el caso del facultativo nuevo, pero las lenguas no corrieron tanto como se podía esperar.

XXIII. LAS CUENTAS
Servir era bueno por un importante motivo: por el jornal o por la comida o por otros “beneficios” que dejara, cuando realmente los dejaba. La operación para calcular si había o no beneficio era bastante sencilla (¿qué necesitamos para sobrevivir?, ¿qué nos queda después de hacerlo?) y se podía realizar en cualquier momento de la vida. Quizás la Fatelera hizo ese cálculo, sola o acompañada, en varios momentos de la suya. (Cuando dejó el pueblo. Cuando entró en aquella casa. Cuando la dejó. Cuando se fueron los dueños y hubo que atender a otros. Cuando el marido estaba en la mina. Cuando los hijos estaban en la mina. Cuando le dolían las rodillas. Cuando cerraron las Minas.. Cuando…) Cómo le salieran a ella las cuentas durante su vida, ya no se puede saber.

XXIV. AQUELLA CASA
Con todo, es cierto que la mujer que lavaba para aquella casa supo por el hombre que llevaba el carbón a aquella casa de dónde procedía su principal residente, aunque no exactamente en qué lugar había nacido.
Un hombre que no sólo era amo en la suya (no una casa cualquiera, sino aquella casa) sino también amo, en cierto sentido, de mucha gente… (Esto no lo decía ni uno ni otra, porque era un dato de todos bien sabido).
Ellos solamente hablaron de su lugar de origen, igual que otros lo hicieron de las propiedades que, además de su sueldo, empezaron a formar parte de un creciente patrimonio. Adquisiciones. Y modos de explotarlas que a algunas personas no les parecieron lícitos.

XXV. LA GENTE GRANDE
(Servir… Como quizás queda dicho, físicamente el esfuerzo no dejaba de ser semejante a cualquier otro que emplee los mismos nervios, músculos y articulaciones.
Dijo uno de mujeres como la Fatelera, como podía haberlo dicho de tantas otras, que estaban “hartas de lavar”. No la ropa suya o la de sus familias, -que eso podía reportar casi un placer en comparación, como a un minero cualquiera de las muchas actividades que, además del trabajo a jornal, son precisas para vivir a quien sólo cuenta consigo mismo, con sus allegados, si hay suerte con sus vecinos, paisanos, compañeros, amigos o parientes, igualmente atareados, para tener a fin de cuentas… ¿qué?… Para tener hogar y comer y dormir y beber sobre todo agua y menos veces vino los días todos de todos los años, año tras año, hasta morir cansada, como cansadas estarían luego las dos hijas que tuvo, de servir en lavar en casa ajena.
Dijo uno de mujeres como la Fatelera, como podía haberlo dicho de tantas otras, que se hartaran de lavar la ropa de la “gente grande”.
De la “gente grande” de una ciudad pasada de la que hoy, desde la actualidad, os hablo.)

XXVI. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
– ¿Una tierra sin ríos..?
Fui yo quien lo dije, casi para mi solo. El sol se ponía en alguna parte, tras el manto de nubes que no son aquí tan oscuras a menudo, si no a esta hora imprecisa en que el sol se acuesta sobre la tierra. Probaba, como quien dice, a reiniciar la conversación tras un breve silencio.

XXVII. LA FAMILIA (1920-1940)
Servir es trabajar (y a menudo vivir) en cosa y casa ajena. Cabe suponer que el traslado, acontecido unos años después de formarse la pareja y tener los primeros hijos, de la familia Rosas-Fatelera a una de las casitas pegadas a la iglesia fue una mejora de status.
El lugar sería durante mucha tiempo uno de los centros neurálgicos de las Minas, por su posición entre y al lado de varios de los pozos más importantes, de las instalaciones para transformar el mineral, del andén ferroviario donde se recibía la pirita de otra provincia, de la fábrica de abonos… Hasta del campo de fútbol y de la escuela que habría en una barriada que hirvió de actividad durante los decenios siguientes.
A las horas punta, cuando sonaban las sirenas del día llamando por los brazos, y también a otras horas, aquellas casitas significaban algo… No lejos de ellas tampoco, esparcidas por el paisaje, otras “industrias” hoy también desaparecidas, como la alta fábrica de aceite, chimeneas de blanca cal, obradores de pan y harina… A sus espaldas, un par de cerros más allá, una pequeña presa con molino de hierro y viento para remontar el agua sería durante algún tiempo hito equidistante con la ciudad que al final se iría, físicamente, acercando…
Por otra parte, hasta que el ayuntamiento intervino en los años treinta del siglo pasado, para hacer el segundo intento urbanizador en la barriada de las Minas, aquellas casitas blancas pegadas a la iglesia que habían heredado el nombre de un propietario antiguo (pegadas también a la bocamina de uno de los primeros pozos explotados, con torre de mampostería y remate cerámico) formarían las únicas calles dignas, por sus condiciones, de tal consideración urbana.

XXVIII. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
El hombre me miraba, y en sus ojos (los tenía azules y blancos, pese a la edad) no leí más que reconocimiento. Los tenía como es aquí generalmente el cielo, y se los veía bien porque estábamos los dos muy cerca, uno de pie al lado del otro, casi hombro con hombro frente al cielo poniente. Con los míos, que son oscuros, no leí más que reconocimiento, como ayer era eso lo que podía haber en ellos cuando me encontró en la cima de uno de los montones de tierra de la obra que aquí me trajo, donde un círculo de diminutas sierras se abre al Calerizo.
Pensé que me iba a contestar.

XXIX. EL FIN DEL PUEBLO MINERO
Un pueblo minero crece como puede. Desde aquel año en que fue declarada ciudad el casco urbano que acabaría engulléndolas, hasta su cierre, las Minas llegaron a congregar a más de tres mil personas, entre los trabajadores y sus familias.
Una masa humana que se reconvirtió a sí misma como pudo, traumáticamente, cuando entre el 1964 y el 1970 del siglo pasado finalizó la extracción de fosforita. Al parecer, el mineral no podía competir con el que se empezó a traer al país procedente de yacimientos del norte de África, donde en canteras a cielo abierto se lo encontraba, no sólo en grandes cantidades, sino mucho más puro, y la Sociedad que las gestionaba, deseosa de abrir una nueva planta en una ciudad costera en la otra punta del país, fue convencida por el gobierno de dar a esta explotación el definitivo carpetazo. Cerraron también las instalaciones de procesamiento y la gran fábrica que a pie de mina y de ramal ferroviario se habían construido. Los documentos, las propiedades, los dineros cobrados de quien fuera o del estado, las ventas y cesiones, los movimientos de cuentas, todo eso desapareció igualmente, engullido por el entresijo administrativo de una dictadura que dejó, para la democracia que la sucedería, fortunas bien consagradas que se rebautizaron con los cambios de empresas y de manos.
El cierre fue arruinando (mientras se transformaban, muy deprisa, sus materiales en aquellos que emplea la arqueología industrial) las enormes naves de ladrillo y cemento, las altas chimeneas, las profundas bocaminas, la mampostería de rocas y mortero, las canalizaciones, las cubetas, el metal, los vagones, las cajas de barrenos, las herramientas manuales, los manuales si llegó a haberlos, la red de túneles y pozos, las cuevas que quedaron, los arroyos que medran como otrora en invierno, la misma vía férrea… Y se llevó a cabo por parte de los gestores de entonces, que operaban a nivel estatal, en pro de otros centros mineros e industriales del país. Entre los documentos o en las memorias de la época, no consta que en ningún momento se les demandara opinión ni se establecieran convenios con los obreros que de las Minas vivían. Las mismas fábricas se reabrieron en otros lugares, o los mismos dineros que en éstas se hubieran ocupado sirvieron en otros lugares para fines distintos. No era aquélla una década de conquistas sociales, sino de dictadura, y nadie consideró preciso contabilizar el coste humano que la operación entrañara.
Entre los habitantes de aquella comunidad de vecinos que vería casi sin dar crédito como instalaciones, pozos, fábricas y andenes sufrían un perfecto abandono, emigraron algunos inmediatamente. El resto buscó nuevas fuentes de jornales: las mujeres, mayoritariamente en el servicio doméstico de barrios más afortunados en la ciudad que en aquella década ya quedaba tan cerca, a la que se desplazaron primero andando y luego en autobuses; los hombres en lo que pudieron: las peonadas en la construcción, el negocio naciente, fue seguramente el recurso más fácil.
También, según se superaba el trauma, empezó dificultosamente la nueva historia de una barriada que aún hoy los habitantes de otros barrios consideran marginal: talleres mecánicos, cerrajerías, pequeños negocios comerciales, un par de concesionarios de vehículos atraídos por el precio de los terrenos, algunos bares…
Cuentan quienes las vieron la belleza del agua enterrada en cavernas cuyas paredes brillaban levemente, auténticas piscinas y lagunas subterráneas donde los mineros se bañaban a veces en verano, el juego entre la naturaleza kárstica y la obra humana, la profundidad inenarrable de los últimos pozos… Hoy son, algunos, vertederos cegados donde acumular escombros o donde quemar neumáticos sin que nadie lo impida, pese a contaminar con ello el acuífero que riega a pocos cientos de metros un campo de golf verdísimo en verano sobre la tierra seca, que surte las piscinas y jardines de la lujosa urbanización ligada a éste, que ha cercado de casas y encerrado en su propio alambre la antigua hospedería renacentista y arañado para siempre el frondoso bosque ibérico que antaño la rodeara… (Más allá de las parcelas, melancólicamente, vuela siempre un milano.) Otros, recibieron toneladas de hormigón para asentar cimientos. Encima, como hongos rojos, se alzaron las viviendas sociales, y se produjo la prometida reinserción de colectivos marginados. (Quizás no era el lugar ideal. Quizás nunca lo había sido. Quizás ya había tenido bastante. Quizás no sea cierto que los niños del barrio se quedan en sus casas, algunos, hasta que los padres les llevan, los domingos, de paseo hasta el centro. Quizás no sea cierto que los profesores de los institutos de barrios cercanos, algunos, rehúsan admitirlos, negociando con las instancias superiores las cifras de esos alumnos que caben en sus aulas. Quizás no sea cierto que los autobuses de la ciudad de la que os hablo pasan por allí cada media hora, una única línea a menudo abarrotada, y que los sueldos de las mujeres del servicio doméstico que siguen yendo en ellos a trabajar sirven algunas horas a la semana sólo para pagar su coste, que está entre los más altos del país. Quizás todo esto sea falso, y también que el barrio conserva su inhóspita belleza de algunas calles, y que en otras ha logrado, pese a todo, habitar con el corazón los desafueros urbanísticos, y sea igualmente falso que, como algunos se quejan, los políticos y otros oportunistas locales se acerquen por allí sólo en fechas de mítines, en que no dejan de hablar de su amor al barrio y a sus gentes, o en fechas señaladas en que quepa ganarse un dinero o unas fotos a cuenta de su existencia. Quizás sea falso todo ello, y también lo demás. Pero en lo hondo, allí donde se esconde el agua, entre paredes que brillarían a la luz si la luz les llegase, y también en la superficie, allí donde las persianas de verde desteñido reniegan en agosto y lloran en invierno goterones oscuros de aire ácido, hay un alma que no se vende, y que crece en la oscuridad con dendritas de ilusiones y con obstinación de óxido callado.

XXX. EN LA COCINA
Como suele pasar, cuando las noticias se juntaron y algunos las pensaron juntas, podían haber surgido más conversaciones. Que lo hicieran o no, eso estaba por ver, porque el futuro sólo es claro cuando se hace pasado. En el momento preciso en que la pregunta se formula, en nuestra ficción de pasado corría más o menos los años cuarenta del triste siglo XX, allá en un extremo del círculo de sierras, allá donde se abre ese círculo, allí donde el Calerizo fue fosforita escondida en el subsuelo durante millones de años antes de que nadie excavara honda o superficialmente la tierra con nuevas máquinas de industriales revoluciones importadas. En las Minas de la ciudad de la que os hablo. En una cocina:
– ¿Qué pasa con el facultativo nuevo?
Pedro Rosas (hijo) cogió la cántara. Padre y madre callaban. En la mesa estaba ya casi vacío el puchero del que aún comían, metiendo la cuchara por turnos, la Nena y el menor. Respondió:
– ¡No seas perro de las carrancas!
La expresión no era buena. Estuvo a punto de protestar, como cuando era más niño y se lo empezaron a decir. Pero no era un niño, sino tendría aún la cuchara en la mano. Como hombre que ganaba y trabajaba, él también tenía derecho a hablar. En otras circunstancias, eso podría ser aceptado por todos, y de hecho lo era. “Perro de las carrancas”, en este contexto familiar y humano que le rodeaba –estaba también Paco, además de la Cuquiña, a la que siempre llamó tía y vivía con ellos– tenía varios sentidos. Los indirectos, humillantes. El más directo era sólo: “¡cállate!”. Y el tono fue el mismo que si eso le dijera el mayor delante de los hermanos mudos. Pero él no iba a callar.

XXXI. LOS MUERTOS
Muertes. No exactamente homicidios. No exactamente muertes por causas naturales. Quizás una categoría intermedia, que yo no sabría nombrar. Empobrecimiento. No exactamente robo. Quizás una categoría intermedia. Una que no sabría nombrar.
De los hijos varones de la familia Rosas-Fatelera, por ejemplo, sólo uno llegaría a ver el nuevo siglo. Los que no murieron por accidente, lo hicieron por enfermedad laboral.
Ellos, entre otros de las Minas, de los que no hay más nombres verdaderos o falsos. ¿Para qué?

XXXII. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
No entendía nada. En los últimos momentos había pasado algo. No sabía qué. Volví a mirar al viejo de la gorra, que hizo un gesto extraño, como quien deja algo que lleva en las manos sobre el suelo. Como quien se descarga de un peso.

XXXIII. LA MORTANDAD
Un pueblo minero crece como puede… No hay muchos datos, pues especialmente tras la guerra las estadísticas son escasamente fiables hasta bien pasada la primera mitad del siglo XX, pero todo apunta a unas cifras altas de mortandad, tanto infantil como de adultos. Al parecer, además del decurso de la vida humana, que nos conduce a todos inevitablemente a la muerte antes o después de nuestra supuesta “esperanza de vida”, factores como desnutrición, accidentes, males y padecimientos vinculados en gran medida a las condiciones de trabajo fueron algunos de los que, al parecer, hacen o hicieron de esas cifras algo “alto”. Cifras de muertes pasadas.
A falta de más estudios, la impresión que aportan los pocos datos a disposición del público es que las inversiones hechas a lo largo de las décadas del siglo XX en las Minas de la ciudad de la que os hablo nunca tuvieron especialmente en cuenta la salud o la vida de la mano de obra.
No parece que se hiciera nada por mecanizar la dureza del esfuerzo, o por convertir determinados trabajos en algo un poco más salubre o un poco menos peligroso. Quizás la expresión “capitalismo salvaje” cobra todo su sentido suponiendo sencillamente que, para los sucesivos responsables, los recursos humanos de trabajadores en las Minas fueron siempre excedentes. Excipientes, si así lo preferís, en cantidad suficiente.

XXXIV. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
No entendía nada. En los últimos momentos estaba pasando algo. No sabía qué. Volví a mirar al viejo de la gorra, que hacía un gesto extraño, como quien deja algo que lleva en las manos sobre el suelo. Como quien se descarga de un peso.

XXXV. LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN
Por otra parte… Trascribo como puedo fragmentos de una conversación con el Rosas superviviente, con algunos incisos de lo poco que pude saber a posteriori:
P – ¿Todos trabajando… ?
R – Sí. Seis varones y dos hembras. Murieron cinco. Aquí dejamos la pellica toda.

XXXVI. EN LA COCINA
En la mesa faltaba uno. El primero de varios huecos que en ella se producirían hasta convertir los huecos en vacío. Defunciones los harían, no casamientos o mudanzas u otras razones de no estar a la mesa un domingo.
En la mesa faltaba uno. Él era un hombre ya, y la muerte de su hermano no había sido tal, sino matanza.
– ¿Pero fue él o no quien los mando allí?
Eran tiempos muy malos. Tiempos de injusticia y miedo. De pobreza. Tiempos en los que muchos, varones y mujeres, dejaron de responder a preguntas como ésa y tiempos en que muchos, varones o mujeres, aprendieron, sobre todo, a no hacerlas.
Sin embargo, Paco mismo, como la Cuquiña, pensaron en decir algo. Paco no lo hizo porque se sabía demasiado joven, más que Pedro padre y más que el fatelero mayor. Calló porque, como esa familia que conocía de siempre, él también acababa de perder a alguien. Si aquí estuviese, su padre habría hablado ahora, habría dicho algo. Él no sabía qué.
Por eso, no por miedo, se calló Paco entonces. Con el tiempo…
Pedro Rosas, hijo, dejó la cántara. Él era el mayor. Padre y madre callaban aún. No era el momento de hablar. Su hermano debería darse cuenta. El Segundo lo habría hecho. Pero este muchacho… Recordó cuando habían ido juntos los tres, hacía ya dos años, a hablar con Cristino, recién nombrado encargado, entonces un amigo de siempre y del fútbol.
Eran buenos tiempos. Pese a todo. Buenos tiempos… Ahora todo había cambiado.
La Cuquiña no vio el titubeo de Paco. Ni las manos del hijo mayor cuando dejó la cántara. Calló simplemente porque no podía mirar a la Fatelera y a su marido sin tener gana de llorar. Pedro Rosas, padre, se ensimismaba en un silencio total desde hacía tres días y dos noches. Ella…
Ojalá, por lo menos, no hubieran perdido de golpe al hijo y al amigo. La Cuquiña sólo pensó en hablar cuando escuchó como callaban los críos. Callaban, como quien dice, por riguroso turno.
Pero no pudo.

XXXVII. LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN
Por otra parte… Transcribo como puedo el diálogo con un superviviente, con algunos incisos de lo que pude saber tras consultar la escasa documentación que a esta historia de la ciudad de que os hablo se refiere. No forma parte de las historias locales. No se trabaja sobre ella en las aulas o en los centros de estudio. No hay expertos desglosando su sentido pasado ni su repercusión presente. Seguramente no hace falta.
P -¿Y usted en qué trabajó?
R – Yo en todo, no siendo oficinas. Ahí sólo entraban los enchufados.
– Eso no tenía nada que ver con la mina. Eso es aparte: ingeniero, administrador, cura, maestro… Después de la Guerra los “dicanes” que se arrimaron a ellos fusilaron veinticinco, treinta hombres (1). Y todos esos que entonces se cantearon la chaqueta tenían derecho a estar de encargados.
(1) – El hecho del fusilamiento ocurrido en tales fechas parece ser histórico, aunque que las cifras bailen según las fuentes consultadas. Respecto al binomio delación-recompensa, cabe considerarlo normal en el contexto de la época. Sin embargo, no existe ninguna asunción pública de culpa ni conciencia al respecto. No interesa, quizás, precisamente ésa recuperación de lo pasado. El olvido está tan lleno de memoria… Quizás los fantasmas dormirían más tranquilos sino fuesen tantos y tantas respetables individuos y familias, e incluso instituciones, sus deudores.
P – (silencio)
R – ¿Entiende? Yo entré en el 46 a ciento ochenta y cinco metros bajo tierra, ganando 13 pesetas. Era un chaval.
P – ¿Trabajo duro?
R – Sobre todo los que no tenían recomendación de nadie. Te tiraban a matar. Sólo había un médico (2). Caía un accidentado y las más de las veces no había nadie para atenderlo. Era de pena. Entre que venía o no venía, se desangraba allí mismo.
P – (silencio)
R – Los que enfermaban duraban dos o tres años. El seguro de enfermedad duraba exactamente seis meses.
P – (silencio)
R – Y luego el reconocimiento que hacían para saber si podías trabajar. El médico te hacía desnudar y luego toser. Eso era todo. Luego no había más que volver o morir de hambre la familia… Y los hombres volvían. Los ponían a picar piedra.
– Gente con el pulmón enfermo. Murieron más de eso que de hambre.
(2) – AL parecer, durante décadas y hasta el cierre de las instalaciones en los años 60 y 70 no hobo nunca más que una persona para atender en accidentes o enfermedades a la mano de obra de las Minas. No creemos que las familias estuvieran incluidas en esa “cobertura sanitaria”.

XXXIII. EN LA COCINA
Eran tiempos muy malos. Sin embargo, Pedro Rosas padre sabía que su amigo habría respondido bien a la pregunta por el facultativo nuevo. El facultativo nuevo… No, Antonio no se habría callado ante esa pregunta. Ni Segundo, a quien le habían puesto el nombre por el santo del día, y también por el chiste. Él era su hijo, el fatelero segundo, y ya no estaba en la mesa. Antonio era su amigo, y un hombre cabal, y ya no volvería con su hijo Paco a la mesa los domingos. Ninguno de los dos callaría si pudiese volver a hablar, y contar como pasaron las cosas. Pero no podían.
(Y eso fue lo que le ató, hasta el día de su muerte, hasta la mismísima tos en la garganta. No el miedo, que jamás le habría hecho callar como, casi sin querer, hicieron otros. Vecinos, conocidos, compañeros, paisanos… hasta parientes. Todos callaron. Gente sin ley que nunca le preguntaron: “Oye, por qué murió tu hijo?” Y después de saberlo, nunca le preguntaron: “Oye, ¿y entonces qué hacemos?”. Gente sin ley con la que no merecía la pena hablar.
Muerto el amigo, Pedro Rosas padre llegó a pensar que no quedaban hombres en el mundo.)

XXXIX. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
Antes de iniciar el golpe, el hombre me miraba. Pero no fue eso lo que me impactó. Ni la bofetada conmovedoramente débil que me llegó a dar, casi una caricia o un roce amistoso sobre la mejilla, antes de empezar a temblar aparatosamente sobre sus pies.

XL. EN LA COCINA
El hijo se le parecía. Paco era hijo de Antonio, así que era normal que se parecieran, pero ella no se había dado cuenta hasta hoy que le vio entrar a comer, como todos los domingos. De algún modo, le agradeció que viniera.
Ella, la Fatelera, hablaría en otro momento. No ahora, por Pedro. Por su marido callado. Para acompañarlo.

XLI. EN LA COCINA
– ¿Fue él o no quien les mandó que fueran?
La pregunta ya no era general. Venía sólo para él. El tono, desafiante.
Pero Pedro Rosas, hijo mayor, sabía que no era el momento de hablar. Ya tendrían muchas conversaciones todos. Recordó cómo Segundo se había enfrentado por primera vez a Cristino en primavera, mirándole, y como él mismo le había incitado con la mirada. Eso fue en primavera. Ahora era verano y se había acabado el agua. Miró hacia los hermanos que ya habían terminado de comer. Golpeó en la mesa con la mano antes de levantarse. No tan fuerte como lo habría hecho su padre. Sólo lo suficiente para que el hermano entendiera. Y para los chicos, volvió a decir:
-¡Perro de las carrancas, calla-tí!
El tono era justo. Ni un acento de reconvención. Los fateleros sabían entenderse entre ellos. El tono decía bien a las claras: “No es por la pregunta, sino por otra cosa que ya te explicaré”.
Jesús Rosas, el tercer hijo, calló entonces y cogió a la Nena, que reía con la diversión del apodo repetido. Él podía ser lo que le llamasen, siempre que se lo dijeran con buenos modos. Era una costumbre de los Fateleros de entonces, según se decía. De los del pueblo de su madre, no sabría decir.

XLII. LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN
P – Y… ¿qué es eso de los pulmones?
R – Sí, yo estoy… Casi en tercer grado de silicosis. Los médicos me dicen: “Usted lo que tiene no es de la edad. A usted lo degolló el trabajo”.

XLIII. LA CONTINUACIÓN DEL ENCUENTRO
Eso fue quizás lo que me impactó. La posibilidad de asistir a la muerte no natural de un desconocido. Me daba igual lo que fuera. No iba a saber qué hacer para evitarlo.
El viejo intentó golpearme, y después trastabilló sobre sus piernas dos veces, mientras se golpeaba el pecho con el antebrazo izquierdo.
Me daba igual lo que fuera. No iba a saber qué hacer para intentar evitarlo. Me alegré enormemente de que se irguiera de nuevo cuando le cogí del brazo. De que pareciese respirar normalmente.
Y sin embargo, yo nunca había relacionado ese retrato fantasmal conmigo mismo. Pese a la insistencia de mi tío. Pese al panteón renegrido donde se pudrían los restos de mi abuelo paterno.
XLIV. LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN
Un pueblo minero crece y se va a pique como puede. Por otra parte… Sigue la transcripción de la conversación con Jesús Rosas:
P – (silencio)
R – Hubo aquí un facultativo, al que tú te pareces, que se hizo socio de un señor que tenía hornos de cal. Luego acabó quedándoselos.
– Mandaba a los obreros a trabajar allí. Al que no quería ir lo metía en un avanzamiento de galería, donde más polvo y gases hay. Con la dinamita… Cuando veía un tío duro, lo mandaba allí. Aunque no tuviera experiencia.
– Aquí hacían lo que querían. Yo intenté denunciar en el Sindicato vertical. Pero no tenías más que decir que venías de las minas y desaparecían (gesto) todos del cuarto.
– No valía la pena. La ciudad no era más que de ellos. Nosotros los obreros no éramos escuchados.
P – (silencio)
R – Por eso yo siempre digo: Si no me mató él, no me mata ni Dios.
El viejo volvió a tocarse el pecho con el antebrazo izquierdo, con el puño cerrado. Llevaba una camiseta. Manos y brazos los tenía como labrados, no en carne, sino en algún material más duro y resistente, rojizo, golpeado.

XLV – LA MALA ORILLA
Estos son los hechos. La primera decisión, en la que tanto había meditado mientras paseaba por la obra, estaba tomada, y perdí efectivamente mi trabajo, conseguido gracias a mi flamante licenciatura en una universidad británica. Luego tomé la segunda. La de quedarme.
Entre ambas, pasaron primero unas semanas y luego también unos meses.
Unas semanas, cuando contraté un abogado para que hiciera una operación parecida a la que narró Larra en uno de sus artículos (contrastar ciertos datos de un pariente difunto y allegado).
Unos meses, mientras se resolvía el segundo encargo que le hice: arreglar una pequeña cuestión de herencia con los bancos.
Ahora llevo años.
Como tal fin, sé que os puede parecer mal o bien, pero sólo yo tengo la facultad de juzgarlo.
En una de las visitas que posteriormente hice al hombre de la gorra, tuve ocasión de tomar ciertas notas. Mi abuelo había sido el facultativo en cuestión, y cada uno tiene derecho a elegir patrimonio.
Al mío, preferí renunciar.

FIN

Ana Baliñas